Sala 2 | ¡Feliz polarización! Lucha de dogmas en las navidades americanas

Que la política se introduzca, como un mal olor, en una cena familiar, no es exclusivo de EEUU. Pero quizás en ningún otro lugar tenga hoy un papel tan incómodo en las relaciones con los seres queridos

Foto: Donald Trump en Acción de Gracias. (Reuters)
Donald Trump en Acción de Gracias. (Reuters)

Mi primera experiencia en la América rural tuvo lugar en las Navidades de 2013, en un pueblecito de Colorado. Pasé la Nochebuena con una familia que había construido su casa como si fuera una iglesia. Sobre nuestras cabezas, en la sala de estar donde cenábamos carne de antílope y decenas de guarniciones, se elevaba el techo alto en forma de pico. La única ventana era grande y circular y sus cuarterones formaban una cruz, de manera que el sol proyectaba el símbolo de Cristo sobre la estancia. En las paredes había paños bordados con frases bíblicas, en el viejo inglés de Saint James, y trofeos de caza. Una escopeta antigua presidía la cocina.

Antes del festín, uno de los múltiples hijos del dueño de la casa, un señor de metro noventa, con camisa de leñador y una botella de Budweiser en la mano, se me acercó, me preguntó de dónde venía y acto seguido dijo: “Obama es un socialista”. Me miraba fijamente, como para estudiar mi reacción. Al ver que yo no decía nada, empezó a desplegar ordenadamente sus argumentos: la sanidad, los rescates económicos, la regulación de industrias, las subidas de impuestos. América, la pura, la trabajadora, la decente, se iba por el barranco en manos de aquel ogro estatalista.

El señor me había tendido una emboscada; no sé si con el noble propósito de informar a un extranjero de lo que sucedía en Estados Unidos o porque simplemente me tenía más a mano. Podría haberle respondido que, para un español, Obama era tan izquierdista como Albert Rivera. Y que por tanto no, no me impresionaban los cuentos de terror sobre una subida de impuestos.

El hecho de que la política se introduzca, como un mal olor, en una cena familiar, no es exclusivo de Estados Unidos. Pero quizás en ningún otro lugar, a día de hoy, tenga la política un papel tan destacado y tan incómodo en las relaciones con los seres queridos. Las grandes distancias norteamericanas, sumadas a los pocos días de vacaciones (menos de la mitad que en España) y a una cultura despegada e individualista, hace que las reuniones familiares queden muy espaciadas en el calendario. Hay personas que ven a sus padres o sus tíos dos días al año y, en los huecos entre medias, pueden haber pasado muchas cosas. Por ejemplo, una pandemia o unas elecciones presidenciales.

Navegar la marejada

“Aceptémoslo: hay mucha mala sangre rondando entre los amigos y miembros de la familia tras cuatro años de presidente Donald Trump”, escribe John Avlon en CNN. En estas fechas no hay ni un solo medio en EEUU que no tenga al menos un artículo con recomendaciones sobre cómo navegar estos reencuentros. La mayoría de ellos escritos por ese grueso de periodistas que vivimos a miles de kilómetros de pueblecitos como el de Colorado, donde si uno mira por la ventana solo hay pinos y nieve y el aeropuerto más cercano queda a cuatro o cinco horas en coche.

John Avlon, buscando formas de evitar el conflicto familiar en torno al pavo o el antílope, ha consultado con Steve Hassan, experto en “desprogramar” a los miembros de sectas y autor del libro 'The Cult of Trump: Leading Cult Expert Explains How the President Uses Mind Control' ('La secta de Trump: Un experto líder en sectas explica cómo el presidente usa el control mental'). Hassan dice que Trump reúne los elementos de jefe de una secta: “Una profunda necesidad de grandiosidad, de ser el centro de atención; son personas que necesitan controlar a otros, carecen de empatía y mienten sin dudarlo”, según explicó Hassan al portal Vox.com.

Steve Hassan lleva más de 40 años trabajando con exmiembros de sectas. Él mismo había sido, de adolescente, uno de los acólitos del coreano Sun Myung Moon, que se consideraba el heredero de Jesucristo y oficiaba bodas masivas de miles de personas a las que consideraba sus hijos. Hassan sostiene que no se puede desprogramar al miembro de una secta en una sola conversación, hay que ir paso a paso.

"Si tuviera un megáfono, le diría a todo el mundo: 'Llama a tus seres queridos que creen en Trump y deja de insultarlos y de intentar ganar discusiones"

“Si tuviera un megáfono, le diría a todo el mundo: 'Llama a tus seres queridos que creen en Trump, a tus amigos y familiares y deja de insultarlos y de intentar ganar discusiones”, recomienda Hassan. “Y recuerda los buenos viejos tiempos e incluso ponte de acuerdo para no hablar de política durante un tiempo, hasta que resucite la calidez en vuestras relaciones”.

¿Secta Trump?

El consejo podría servirle a una amiga neoyorquina que, en estos momentos, libra una batalla con el resto de su familia, especialmente con su prima. Las hostilidades estallaron en Instagram y se han extendido al campo de batalla de las cenas familiares. Las diferencias siempre estuvieron ahí. Mi amiga vive en la ciudad y el resto de su familia en pequeñas poblaciones de la periferia. A veces la simple geografía, con sus perspectivas y modos de vida distintos, basta para cavar una trinchera ideológica.

Casi cualquier demócrata dirá que los votantes de Trump son como los miembros de una secta. Gente envenenada por el odio y la desinformación, que preferiría saltar de un precipicio antes que reconocer que su líder está equivocado. Quizás, quitando a la mayoría de pragmáticos y conservadores de toda la vida, tengan razón. El apoyo y el rechazo de Trump, como hemos visto en otros artículos, apenas fluctúan. Se mantienen firmes como el hormigón, haga lo que haga el presidente saliente.

Llega un momento en el que la polarización hace que pasemos del terreno de la política, donde siempre hay márgenes para el debate, los modales y el raciocinio, al terreno del adoctrinamiento. El campo de las emociones más primitivas: los núcleos de prejuicios por los que se filtran todas nuestras ideas, transformando el mundo en uno de esos feos espejos distorsionados que se ven en las ferias.

El adoctrinamiento también avanza en la izquierda, con su ejemplar del 'New Yorker' sobresaliendo casualmente de una bolsa de tela reciclable

Antes de que la izquierda se dé una palmadita más en la espalda, con un ejemplar del 'New Yorker' sobresaliendo casualmente de una bolsa de tela reciclable, habría que reconocer también el adoctrinamiento que avanza en el otro lado del espectro. No por el vicio de caer en las simetrías espurias o en la equidistancia, sino por el hecho evidente de que un nuevo dogma se consolida en las grandes ciudades, sobre todo en los campus universitarios y, cada vez más, en las redacciones.

Nueva izquierda, viejo puritanismo

El historiador Michael Lind considera que la izquierda identitaria, que percibe el universo a través del género y el color de la piel y considera la historia como una sucesión de abominables crímenes racistas, solo es una reformulación del viejo puritanismo. Una ideología para la que “los conflictos sociales y globales, en lugar de reflejar la naturaleza trágica de la existencia humana, son ‘problemas’ que pueden ser ‘resueltos’ por expertos no partidistas guiados por algo llamado ‘ciencia social".

Igual que el puritanismo, el identitarismo, o 'wokeness', posee un fuerte elemento teológico y milenarista: sus creyentes están “convencidos de que estamos a punto de ver un mundo de paz y prosperidad, siempre que la gente mala en casa y los regímenes malos en el extranjero sean destruidos de una vez y para siempre”. El identitarismo, nacido en las ricas y exclusivas universidades de la Costa Este, se envolvería en los ropajes de un lenguaje escolástico disponible solo para los iniciados: la heteronormatividad, la performatividad, los géneros no binarios. Según Lind, este vocabulario sería como un símbolo de estatus, de superioridad.

"La clase identitaria nacional justifica su iconoclastia cultural en nombre de las minorías oprimidas, aunque ellos son blancos y acaudalados"

“La cada vez más poderosa e intolerante clase identitaria nacional justifica su iconoclastia cultural en nombre de las minorías oprimidas”, escribe el politólogo. “Pero esta es solo una excusa para un programa jerárquico de imperialismo cultural por parte de gestores mayoritariamente blancos y acaudalados, licenciados, profesionales y rentistas”.

Los nuevos creyentes, o “guerreros de la justicia social”, también aprovechan los viajes de Navidad o el Día de Acción de Gracias para evangelizar a sus familias. Seguro que en ellas hay más de un “analfabeto racial” prolongando siglos de opresión sin darse cuenta. En el peor de los casos, miembros del culto trumpista y del dogma identitario chocarían en una conflagración épica por encima de la salsa de arándanos. Ahondando, un poco más si cabe, las hondas trincheras ideológicas de este país. Y, de paso, arruinando las vacaciones de sus seres queridos.

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