Para el 'Donald Trump filipino', matar periodistas está justificado

Rodrigo Duterte, el nuevo Presidente de Filipinas, asegura que aquellos que son asesinados estaban probablemente implicados en sobornos o chantajes

Foto: Soldados filipinos frente a un cartel electoral de Rodrigo Duterte en Davao, Mindanao, en mayo de 2016 (EFE)
Soldados filipinos frente a un cartel electoral de Rodrigo Duterte en Davao, Mindanao, en mayo de 2016 (EFE)

“Ser un periodista no te libra de ser asesinado si eres un hijo de puta”. Las palabras de Rodrigo Duterte han causado polémica pero no sorpresa: el nuevo Presidente de Filipinas, apodado “el Donald Trump de Oriente”, es conocido tanto por sus comentarios incendiarios como por sus vínculos con los escuadrones de la muerte que operan en algunas regiones del país, según admite él mismo (en una ocasión declaró: “No quiero tener que matar gente, así que no me elijáis Presidente”).

Pero es que desde el pasado 10 de mayo, Duterte ocupa el cargo presidencial de su país, por lo que determinadas cuestiones han vuelto a ponerse de actualidad. Por ejemplo, los asesinatos de periodistas: Filipinas es el segundo país más letal del mundo para ejercer esta profesión, con al menos 75 informadores muertos desde principios de los años 90. Tanto, que desde hace más de una década muchos periodistas han optado por armarse y entrenarse en técnicas de disparo (promovidas, incluso, por algunas asociaciones de prensa del país). Desde 2014, los reporteros -junto con los contables, enfermeros, sacerdotes o ingenieros, cuyas profesiones se consideran “de riesgo” en Filipinas- tienen derecho legal a llevar armas.

“Muchos de los asesinados, para ser francos, habían hecho algo”, afirmó Duterte este martes, insinuando que habían cobrado sobornos o criticado a la gente equivocada. “No te matarían si no hubieses hecho nada malo”, aseguró el Presidente, añadiendo que la Constitución “ya no puede proteger” a aquellos periodistas que difaman a otros. “Eso no puede ser simplemente libertad de prensa”, sentenció.

En la misma entrevista, Duterte aseguró que su Gobierno pagará recompensas a las fuerzas de seguridad por aquellos narcotraficantes apartados de las calles, de la forma que sea: “No digo que les maten, pero las órdenes son 'vivos o muertos'”. Una idea muy en la línea de lo que vendió durante su campaña electoral: si durante su época como alcalde de la ciudad de Davao (en la conflictiva isla de Mindanao) se le vinculó a un escuadrón de la muerte responsable de un millar de ejecuciones extrajudiciales, el año pasado prometió que, de llegar a la Presidencia, esa cifra subiría “hasta las 50.000 personas”. “Mataré a todos los que hacen miserables las vidas de los filipinos”, garantizó.

Rodrigo Duterte protegido por sus guardaespaldas durante un acto político en Mindanao (EFE)
Rodrigo Duterte protegido por sus guardaespaldas durante un acto político en Mindanao (EFE)

Del "Papa hijo de puta" a alabar una violación

No ha sido la única 'boutade' de la campaña: en abril, durante un mitin electoral, Duterte provocó ríos de tinta al referirse al crimen de la misionera australiana Jacqueline Hamill, violada y asesinada durante un motín carcelario en 1989. “Vi su cara y pensé: 'Qué pena'. La violaron, se la pasaron entre todos. Me puse como loco cuando fue violada, pero era tan guapa… Pensé: 'el alcalde [Duterte] tendría que haber sido el primero [en abusar de ella]”. Preguntado al respecto, dijo que “no era una broma. No lo dije sonriendo”, subrayó, asegurando que “así hablan los hombres”. También llamó “hijo de puta” al Papa Franciso por haber provocado enormes atascos durante su visita a Filipinas, un comentario que podría haberle costado las elecciones en uno de los países más católicos del mundo.

No fue así: el pasado 10 de mayo, Duterte -a quien también llaman “el Castigador”- fue elegido Presidente con más de un 39% de los votos, casi el doble que sus rivales más cercanos. Su popularidad estimula los paralelismos con el aspirante a la candidatura republicana en EEUU, el magnate Donald Trump, también conocido por su incontinencia verbal y sus polémicas intervenciones públicas, a pesar de lo cual ha logrado ponerse a la cabeza de las encuestas, al menos brevemente.

“Obviamente las comparaciones con Trump son tentadoras, y empieza a ser un poco cansino, pero son muy apropiadas por el hecho de que ha conectado con la rabia y la frustración popular en un amplio sector de la sociedad filipina”, ha declarado Phelim Kine, vicedirector para Asia de la organización de derechos humanos Human Rights Watch. Hay quien considera crucial, sin embargo, el hecho de que, a diferencia de Trump, el filipino ya ha demostrado lo que es capaz de hacer: “La principal diferencia es que ya tenemos cierta idea del aspecto que tiene una sociedad gobernada por Duterte, y lo que es más: aquellos que viven en ella la apoyan en masa”, escribe Charlie Campbell, de la CNN. Los comicios presidenciales de mayo fueron las undécimas elecciones en las que participaba el político filipino, y en cada ocasión ha salido vencedor. “La adoración que le acompaña en Davao es palpable”, indica Campbell. Otros observadores piden que se deje de comparar a ambos personajes, puesto que, pese a toda la retórica incendiaria de Trump, Duterte es muchísimo peor.

Mondo Cane
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