Vida y muerte de Posada Carriles, el agente de la CIA más célebre y odiado de América

Estuvo a punto de acabar con Fidel Castro en cuatro ocasiones. La trayectoria de este militante anticomunista se extiende también por algunas de las páginas más oscuras del continente

Foto: Un periodista mira una entrevista con Luis Posada Carriles en un canal de Miami, en mayo de 2005. (Reuters)
Un periodista mira una entrevista con Luis Posada Carriles en un canal de Miami, en mayo de 2005. (Reuters)

Una serie de bombas estallan en hoteles e instalaciones de recreo en un país turístico. Muere un visitante extranjero que se encontraba de vacaciones, y varias personas resultan heridas. Los responsables de los atentados afirman públicamente que su objetivo es hundir la economía del régimen al que combaten, atacando uno de sus principales pilares. Así en frío, pocos discreparían en que estos hechos encajan de lleno en la definición de terrorismo. Y sin embargo, al explicar el contexto, la cosa cambia para muchos. Los hechos descritos ocurrieron en La Habana, en 1997, y su autor confeso, Luis Posada Carriles, ex agente de la CIA y militante anticastrista durante toda su larga y azarosa trayectoria, acaba de morir en un hospital estadounidense sin haber sido jamás condenado por esos hechos.

Posada Carriles falleció este miércoles, a los 90 años de edad, en el Memorial Regional Hospital de Hollywood (Florida). El cáncer acababa así con la vida de este protagonista de algunos de los episodios más oscuros de la historia de la Guerra Fría en el hemisferio occidental, héroe para una parte del exilio cubano en EEUU y bestia negra de la izquierda del continente, que le calificó de “el Bin Laden de América”.

En el verano de 1998, la periodista estadounidense Anne Louise Bardach se reunió en secreto en la isla de Aruba con Posada Carriles, quien tenía un interés directo en ese encuentro: quería que el New York Times, el diario con el que ella colaboraba, publicase una entrevista con él para dar difusión a la serie de atentados en Cuba, que la prensa internacional estaba ignorando. Sin publicidad, alegaba, las bombas no tenían sentido. La entrevista resultó tan dañina para esta organización que posteriormente Posada Carriles intentó retractarse. Por suerte para Bardach, todo estaba registrado en cintas magnetofónicas. La reportera se obsesionó con Posada, y en la década siguiente escribió dos libros sobre Cuba que, a día de hoy, siguen siendo una auténtica mina de información sobre este caso.

La campaña de bombas de 1997 en La Habana estaba lejos de ser la primera acción de este tipo en la que participaba Posada Carriles. De hecho, había iniciado su militancia política con una serie de operaciones similares contra infraestructuras y objetivos en la isla ya en 1960, justo después del triunfo de la Revolución Cubana: tras romper con su familia, que apoyaba a Fidel Castro, entró al servicio de la CIA y se convirtió en un experto en sabotaje.

En Miami se enroló en la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, aunque no llegó a desembarcar en la isla. Tras la debacle, siguió apoyando las operaciones de inteligencia estadounidenses en Latinoamérica. En 1969 entró al servicio de la futura DISIP, los servicios secretos de Venezuela, donde ayudó a atrapar y a torturar a guerrilleros de izquierda enviados por Cuba. Mientras tanto, seguía trabajando como informante de la CIA.

Lo que le movía era una profunda convicción anticomunista: “Me di cuenta, al cabo de reflexiones y aceptaciones de la realidad mundial, que los cubanos no nos enfrentábamos a una tiranía aislada. ni a un sistema particular de nuestra Patria, sino que teníamos frente a nosotros un colosal enemigo. cuya cabeza principal estaba en Moscú, con sus tentáculos extendidos peligrosamente por todo el planeta”, escribe en su autobiografía, “Los caminos del guerrero”, publicada en 1994. “El campo de batalla, entonces, lo mismo estaba en el territorio cubano que en cualquier punto de la tierra en donde el enemigo estuviera presente o intentase penetrar para enriquecer sus dominios. Sin saberlo ni proponérmelo, me convertí en soldado universal al servicio de cuanto pudiera contribuir a cortar tentáculos del monstruo, empezando, si fuera posible, por el que aprisionaba a mi Patria”, asegura en el libro.

Cartel contra Posada Carriles en La Habana, en 2007. (Reuters)
Cartel contra Posada Carriles en La Habana, en 2007. (Reuters)

Fidel Castro en el punto de mira

En 1971 tuvo su primera oportunidad de acabar con Castro, durante un viaje oficial del mandatario a Santiago de Chile. Posada Carriles diseñó un elaborado plan para asesinarle durante una rueda de prensa, financiado por el ex banquero Antonio Veciana, fundador del grupo paramilitar anticastrista Alfa 66. La tentativa fracasó porque los dos encargados de la ejecución, dos jóvenes venezolanos de ultraderecha, entraron en pánico ante el despliegue de seguridad del cubano y se negaron a utilizar las armas que llevaban ocultas dentro de dos falsas cámaras de televisión.

Poco después, Posada Carriles volvió a intentarlo en Quito, y tras descartar un atentado con bomba, él mismo se apostó en una colina frente al aeropuerto con un rifle de francotirador, para que nada fallase esta vez. Sin embargo, el servicio de seguridad cubano, como medida de precaución, desvió el avión de Castro hasta un aeródromo militar. Posada Carriles hizo una tercera intentona en Caracas al poco tiempo, que también quedó en nada. En 1974, tras la victoria electoral de Carlos Andrés Pérez, fue expulsado de la DISIP, pero, con ayuda de la CIA, montó una lucrativa agencia de seguridad privada.

Mientras tanto, formó parte del operativo destinado a derrocar al Gobierno socialista de Salvador Allende, entre otras misiones. En paralelo, durante casi toda la década, la red de Posada Carriles se mantuvo activa en sus acciones, colocando explosivos contra legaciones diplomáticas y comerciales cubanas en todo el Caribe, de Colombia a Puerto Rico. Pero en 1976 se produjo el hecho más controvertido y sangriento de su carrera: la bomba del avión de Barbados.

El 6 de octubre de ese año, el vuelo 455 de Cubana de Aviación partió desde esa pequeña isla con dirección a Jamaica. Nueve minutos después del despegue, un artefacto colocado en un lavabo del avión estalló; al poco, una segunda bomba explotó en otro compartimento, derribando el avión sobre el océano. Las 73 personas a bordo, en su mayoría atletas cubanos, estudiantes de Guyana y diplomáticos norcoreanos, murieron en el acto. Los dos autores materiales del atentado, dos jóvenes venezolanos llamados Hernán Ricardo y Freddy Lugo, dejaron un rastro de pistas que condujo a su detención, así como a la de los dos supuestos cerebros del atentado: otro militante cubano llamado Orlando Bosch, y el propio Posada Carriles. Ricardo y Lugo se desmoronaron y confesaron, pero no así sus dos presuntos jefes.

A diferencia de la campaña de bombas en La Habana, Posada nunca ha admitido su participación en aquella operación, reivindicada por la organización de Bosch, la Coordinadora de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU). Sin embargo, varios documentos desclasificados por el investigador Peter Kornbluh, del Archivo de Seguridad Nacional de Washington, demuestran que, como mínimo, Posada no solo tenía conocimiento previo de lo que se avecinaba, sino que tanto la CIA como el FBI fueron informados al respecto, sin que interviniesen para impedirlo.

Según algunos agentes implicados en el caso, los analistas no le dieron credibilidad al plan, que les pareció excesivo incluso para el enloquecido Bosch (varios investigadores, de hecho, creen que la idea original de los líderes de la CORU era que las bombas estallasen en tierra, pero la ejecución fue una chapuza de principio a fin). Para el Gobierno cubano, en cambio, lo sucedido demostraba claramente la maldad intrínseca de EEUU y sus servicios de seguridad, una narrativa que mantiene hasta el día de hoy. Sea como fuere, otro integrante de la organización, el “Mono Morales”, informante del FBI, aseguró a sus controladores que Posada acudió a las dos reuniones decisivas en las que se fraguaron los atentados.

La detención de Posada Carriles en Miami, en 2005. (Reuters)
La detención de Posada Carriles en Miami, en 2005. (Reuters)

Del Irán-Contra a Miami

En 1977, otro reportero estadounidense, Blake Fleetwood, de la revista New Times, visitó a los cuatro en la cárcel en Caracas, y, según relató, ninguno de ellos negó su participación. En 1985, todavía a la espera de que se celebrase un juicio que las autoridades venezolanas consideraban una brasa demasiado candente, Posada Carriles sobornó a un guardia de la prisión con fondos recaudados por anticastristas en Miami, y se fugó de la cárcel. Acabó en El Salvador, donde un viejo conocido –el también cubano y agente de la CIA Félix Rodríguez, asimismo veterano de Bahía de Cochinos y hoy una celebridad por haber dirigido la captura del Che Guevara en Bolivia- tenía un nuevo empleo para él: ayudar a coordinar los envíos de armas a la Contra en Nicaragua, que salían de la base militar salvadoreña de Ilopango. Pero no duró mucho allí, y tras el estallido del escándalo Irán-Contra se trasladó a Guatemala.

En ocasiones, cuando se sentía en confianza, Posada Carriles se quitaba la camisa y mostraba a sus interlocutores una serie de cicatrices que recorrían su cuerpo, secuelas de un ataque sufrido en 1990 que casi le costó la vida: varios tiradores le emboscaron mientras se desplazaba con su vehículo por Ciudad de Guatemala, cosiéndole a balazos. Él lo atribuía a agentes cubanos, aunque varios de sus conocidos creían que podía haber sido una represalia de un general guatemalteco a cuya esposa había seducido.

En 2000 tuvo su última oportunidad para matar a Castro, durante una Cumbre Iberoamericana en Panamá. Una pequeña célula de cuatro hombres, incluido él mismo, planificó el magnicidio durante meses, pero fueron traicionados por un colaborador que resultó ser un infiltrado de la inteligencia cubana. Los cuatro fueron detenidos y acabaron entre rejas. En 2004, la presidenta panameña Mireya Moscoso les concedió el perdón, por razones no demasiado explicadas.

Dada su pasada vinculación con la CIA, Posada Carriles cometió el grave error de creerse impune, y en 2005 volvió a Estados Unidos, donde fue detenido por las autoridades migratorias: técnicamente, para Venezuela seguía siendo un fugitivo de la justicia sobre el que pesaba una petición de extradición. Para entonces, en Caracas gobernaba Hugo Chávez, quien convirtió la entrega de Posada en una causa nacional. Pero este contaba no solo con el apoyo del núcleo duro del exilio cubano en Miami, sino también de la Administración Bush y, por tanto, del Departamento de Justicia. Tras un toma y daca judicial que duró varios años, Posada Carriles fue puesto definitivamente en libertad en 2011.

En los mismos días en que se celebraba el juicio, Cuba hizo públicas varias grabaciones incriminatorias hechas por sus servicios de inteligencia durante la campaña de bombas de los años 90, lo que llevó a la periodista Bardach a preguntarse: “Si la inteligencia cubana podía haber capturado a los conspiradores, al parecer, gracias a que conocían su ubicación, ¿por qué no retuvo a esos hombres o previno ataques futuros?”. La respuesta puede estar en las palabras del agente del FBI George Kiszynski: “[Los cubanos] nunca tendrán mejor propaganda que Luis Posada [Carriles]”. Y por buenas razones.

Preguntado si se arrepentía de algo, Posada respondió: “¡De haber hablado con el New York Times!”. El resto de sus días, hasta ayer, los pasó como un hombre libre, asistiendo a eventos y participando en manifestaciones y protestas anticastristas. Una prueba indiscutible de que un terrorista para unos es un luchador por la libertad para otros, y viceversa.

Mondo Cane

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