Trump contra Merkel: el fin de Occidente

La noción de 'Occidente', que aparentemente se basaba en una serie de intereses y valores compartidos, en realidad estaba sustentada por una cooperación entre EEUU y Europa

Foto: La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)
La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)
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“Creo que la Unión Europea es un enemigo. Lo que nos hace con el comercio. Uno no pensaría que la Unión Europea lo es, pero es un enemigo”, dijo Donald Trump, mediado su mandato, cuando se disponía a empezar una guerra comercial con medio mundo. Eso son 'fake news', le respondió el entonces presidente del Consejo de la UE, el polaco Donald Tusk. “Europa nos ha tratado muy mal. En los últimos 10, 12 años, ha habido un tremendo déficit con Europa. Tienen barreras que son increíbles… De modo que nos vamos a poner manos a la obra. Ellos lo saben”, repitió Trump hace solo unos meses. “En términos económicos, estamos empatados”, le respondió Norbert Roettgen, un diputado conservador alemán, después de reunirse con representantes de la Casa Blanca. Y añadió: “Responderemos a los aranceles estadounidenses, sabemos cómo estructurarlos [los aranceles europeos] para que sean efectivos”.

En esencia, durante los últimos 70 años, la idea de 'Occidente' ha sido la suma de Estados Unidos y Europa. A los europeos ha acabado pareciéndonos una idea casi natural. Fumábamos un Marlboro mientras sorbíamos un 'espresso'. Felipe González decía que prefería morir acuchillado en el metro de Nueva York que de aburrimiento en Moscú. Johnny Halliday, que había nacido como Jean-Phillippe Léo Smet en el París ocupado por los nazis, era considerado un tesoro nacional en Francia, un país tendente al solipsismo cultural, por ser algo parecido al Elvis francés. Un adolescente holandés o italiano empezaba a escribir una novela imitando a Hemingway o a Truman Capote. A mediados de los años ochenta, los chavales de Torrejón de Ardoz intentaban recrear en castellano el rap de los discos que compraban en la base aérea estadounidense de la ciudad. Uno de los himnos de la Alemania reunificada fue 'Chimes of Freedom', una canción de Bob Dylan que Bruce Springsteen versionó en 1988 en Berlín Este.

Esto ha sido la cultura occidental en los últimos 70 años. Aparentemente, una simple americanización de Europa, y en parte lo era; fue rechazada una y otra vez por la izquierda europea, mientras se afanaba por copiar a la izquierda estadounidense. Pero, por encima de todo, fue el reflejo de algo más profundo que los teóricos de la política llamaban 'atlantismo': el inusual vínculo económico, político e ideológico entre dos continentes, América del Norte y Europa, sin precedentes en la historia. Existió porque ambas partes decidieron que así fuera. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos quería contener el comunismo del bloque soviético, y sabía que para lograrlo debía reconstruir Europa Occidental y dar argumentos a sus ciudadanos para que no votaran a los partidos comunistas de sus respectivos países. Europa quería salir del abismo de las dos guerras mundiales, y abrazar la forma de vida estadounidense —su pluralismo, el consumo, la mecanización— parecía la forma más razonable de hacerlo.

Este proceso ha durado muchísimo tiempo, y aunque es probable que en el plano cultural siga existiendo, está dejando de hacerlo en el ideológico, el militar y, como señalaba Trump, en el económico. Porque la noción de Occidente que conocimos hasta ahora, que aparentemente se basaba en una serie de intereses y valores compartidos, en realidad estaba sustentada en una cooperación profunda entre las dos partes. Una cooperación que no siempre fue perfecta.

Charles de Gaulle sacaba de quicio a los estadounidenses con su rechazo a coordinarse con la OTAN y su voluntad de ir por libre en materia nuclear. Buena parte de Europa montó en cólera cuando, de manera unilateral, el Gobierno de George Bush decidió invadir Irak —aunque luego acudiera a Naciones Unidas—. En 2004, Robert Kagan ya anunciaba, en un momento de entusiasmo neoconservador, que había “llegado el momento de dejar de simular que los europeos y los estadounidenses comparten una visión del mundo, o siquiera que su mundo es el mismo. En las cuestiones esenciales del poder —su eficacia, moralidad y deseabilidad—, los puntos de vista de los estadounidenses y los europeos divergen (…). Están de acuerdo en pocas cosas y se comprenden mutuamente cada vez menos. Y este estado no es transitorio; no es producto de unas elecciones estadounidenses o un acontecimiento catastrófico. Las razones de la división transatlántica son profundas, se han desarrollado durante mucho tiempo y es probable que perduren”.

Así ha sido. Y con la llegada de Trump al poder, estas divisiones han dado pie a una época en que la coordinación entre las dos partes ha sido la menor en décadas. En parte porque Trump es, seguramente, el presidente estadounidense posterior a la Segunda Guerra Mundial que menos cree en el orden mundial liberal que salió de ella. Pero también porque la UE parece haber ignorado por completo que las nociones del multilateralismo y el atlantismo, y hasta la OTAN tal como la conocíamos, podían tener fecha de caducidad.

Con la llegada de Trump al poder, estas divisiones han dado pie a una época en que la coordinación entre las dos partes ha sido la menor en décadas

Es posible pensar que cuando Trump se vaya, todo volverá a ser normal, sea dentro de unos meses o de cuatro años. Madeleine Schwartz sostuvo en una ocasión que, en estos últimos 70 años, el rasgo principal del atlantismo era que siempre parecía a punto de derrumbarse. Henry Kissinger, cualquier cosa menos un ingenuo, publicó un libro en 1965 en el que afirmaba que este estaba condenado y que el culpable era De Gaulle y su obsesión por oponerse a Estados Unidos. Es tentador pensar que estamos ante otro episodio más de pesimismo. Pero seguramente no lo es. Todo tiene fecha de caducidad.

Los cantantes, escritores y periodistas europeos sin duda seguirán intentando emular a los estadounidenses, nuestra política cada vez se parecerá más a la de Estados Unidos, y seguiremos importando acríticamente su tecnología y sus debates. Pero es probable que desaparezca el proceso que, en la segunda mitad del siglo XX, permitió que todo eso se considerara algo perfectamente normal, un fenómeno casi natural: una estructura de cooperación extraordinariamente fuerte que abarcaba desde la cultura hasta los tanques. Aunque solo sea en ese sentido, es probable que Occidente esté desapareciendo como tal.

Tribuna Internacional
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