Tu partido político te ha traicionado. Sí, a ti también

La urgencia partidista es actualizar la pasión y colocar a los ciudadanos en cajas antagónicas, ofreciéndoles el odio como único refugio

Foto: El ministro de Sanidad, Salvador Illa. (EFE)
El ministro de Sanidad, Salvador Illa. (EFE)

Un país que deja de creer en su propia democracia es un país perdido. Y estamos en ese pantano, metidos en el fango hasta la ingle. El agudo Ignacio Varela reconstruía en su último artículo un dato que el CIS ha despedazado trapaceramente en la gastroteca (por los ácidos gástricos) de Tezanos: lo que más preocupa a los españoles, por encima incluso del coronavirus o la economía, son los políticos. Pero ¿es correcto decir "preocupa"?

A mí me desasosiega. En los últimos meses hemos asistido a los movimientos partidistas del PSOE y el PP con sus socios para convertir Madrid en un tablero del Risk y a los madrileños en piezas sacrificables. Con esto hemos provocado el asombro de la prensa internacional, que empieza a narrar España como lo que es: una aberración política. En Madrid, el bienestar y la seguridad de los ciudadanos se ha sometido al bienestar y la seguridad de los partidos que tratan de mantener su taifa. Se ha jugado con la vida de la gente.

A mí la polarización me ha dejado sin algunos amigos, pero entre los que conservo no hay uno solo que no perciba que los políticos crean problemas en vez de solucionarlos. La trifulca en torno a la memoria histórica es uno de los síntomas. Más allá de la obligación moral de sacar de las cunetas a los fusilados, ¿qué urgencia hay en todo este rollo asqueroso? Está muy claro: la urgencia partidista de actualizar la pasión y colocar a los ciudadanos en cajas antagónicas, ofreciéndoles el odio como único refugio.

Esta batalla de propaganda salvaje produce momentos tan vomitivos como la sesión de control del miércoles pasado. Cada partido rescató de aquella mañana insufrible los fragmentos que dejaban mejor a sus vomitadores, los zascas, y los difundió en redes sociales para alimentar a la tropa de capillitas y bots, ya del todo indistinguibles. Entraron, como adolescentes, en la batalla de los likes y los retuits, y con eso mantuvieron la ilusión de que alguien ha quedado contento con ellos durante aquellas horas repugnantes.

Las heridas abiertas por la clase política provocan gangrena, pudren todo lo que tocan. El CGPJ es un ejemplo palmario. El largo boicot del PP a la elección de los vocales ha sido el prólogo a la destrucción de último escudo contra la partidización (que no politización) del órgano judicial. Un cambio de la ley para introducir una trampa ha sido, por obra y gracia del PSOE y Podemos, la página más negra de la historia de la separación de poderes española hasta la fecha. ¿Por qué? Porque el CGPJ supone para ellos lo mismo que la vida de los madrileños: un tablero donde todo peón es sacrificable.

Mientras tanto, la economía de España se está yendo a tomar por saco, lo cual es paradójicamente muy bueno a corto plazo para la trifulca política: alimento para la propaganda. Yo leo esta mañana en 'El Periódico' la carta al director de un lector, de nombre Lorenzo Carretero, que hasta marzo era administrativo y dice que lleva siete meses sin dinero. Lo mandaron al ERTE y como tantos otros no ha cobrado. Fue a parar a las puertas de un laberinto burocrático en el que nadie encuentra el corredor de salida por la simple razón de que no existe. "No hay fondos", le han dicho al llegar al centro del dédalo.

Leyendo esa carta, me cago en el plan de resiliencia. Resiliencia (la facultad flexible del junco, que se dobla sin quebrarse y recupera su forma) es algo que le falta a la economía chiringuitera española, sí, pero también, y antes que nada, a la clase política. Resiliencia para adaptarse a una situación extrema que exigía grandes acuerdos como los alcanzados en Portugal y otros países civilizados, visión de Estado y visión de futuro.

Así que, ¿cómo es el futuro que han sembrado? Cada época toma decisiones y normaliza situaciones que causan el espanto de las generaciones futuras. ¿Cómo pudieron estar tan locos, ser tan insensibles, crear aquellos monstruos?, se preguntan siempre los lectores de los libros de historia cuando leen sobre la guerra civil, el Apartheid o la esclavitud. Es necesario plantear cuáles son los asuntos del presente que provocarán esa reacción en el futuro.

Los libros de historia hablarán con toda claridad de un momento crítico en el que la clase política se dedicó a exacerbar la discordia

Sospecho que en los libros de historia que estudien nuestros nietos (no sé si en un país llamado España, está por ver si tal cosa existe para entonces) hablarán con toda claridad de un momento crítico en el que la clase política se dedicó a exacerbar la discordia con polémicas irrelevantes mientras demasiadas personas se veían abocadas a la beneficencia.

Contarán que, para entonces, las instituciones del estado liberal ya habían sido carcomidas: que la gente no se fiaba de los jueces, ni de los funcionarios, ni de los rivales, ni de los vecinos, ni de los periodistas, ni de los profesores; que no conocían su propia historia porque les enfadaba, que no consideraban a un hombre por lo que hace sino por lo que detesta; que no encontraban otra cosa que traición a las expectativas después de votar; que votaban siempre a la contra, para que no ganase otro, y al final era siempre lo mismo.

Será muy fácil aprobar un examen que pregunte, en ese futuro al que nos conducen, cómo se jodió la cosa. Y tu partido favorito aparecerá, junto al mío, en la explicación. Todo lo que les hace parecer buenos en las redes sociales o los titulares habrá desaparecido y no habrá Dios que entienda cómo pudieron ser tan insensatos.

España is not Spain
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
40 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios