Los que duermen en la helada

Que tu única pared sea una manta y un cartón es la auténtica tragedia

Foto: Una persona sin hogar. (EFE)
Una persona sin hogar. (EFE)

Estos días unos jugaban con la nieve y otros morían en la calle. Podéis dividir a la gente por las infinitas líneas imaginarias de la ideología, la patria, el credo, el género o la raza como una pajarita de papiroflexia, pero cuando el frío pasa sus dedos por nuestros pescuezos no hay más distinción que entre los que tienen casa y los que no. Las estufas apagadas por la subida del precio de la luz que este Gobierno juró que no permitiría son un drama. Que tu única pared sea una manta y un cartón es la auténtica tragedia.

La calle es un pozo negro. Allí solo duerme quien se ha despeñado hasta el fondo. Muchos, en la caída, quedaron enganchados en la rama de la casa de sus padres o la de un amigo y se salvaron, pero los hay que no tienen nada de esto. Los verás doblando una manta en el portal, apilando cartones o tomando el sol en un banco junto al carrito lleno de bolsas. La acera los recibió con la indiferencia con que acoge las cagadas de los pájaros. Como pasa con los anillos de los troncos, puedes contar los meses de calle en el número de arrugas que tienen debajo de los ojos. Desde ahí ya no se puede caer más bajo a no ser que te tires por un puente.

Mucha gente cree que es tabú aquello que no le dejan hacer o decir, pero tabú es por encima de todo lo que está presente, delante de nuestras narices, y no somos capaces de ver. Por ejemplo, los traumas, o la ideología, o la posibilidad de una pandemia hace un año. Y también los mendigos que viven en nuestra ciudad. Están por todas partes y su condición termina camuflándolos. Naipaul dijo que los intocables de la India defecaban en las aceras sin que nadie escribiera sobre ellos, y por aquí también tenemos castas.

Detestamos mirarlos porque encienden el desprecio o el sentimiento de culpa, la compasión o el asco, o todo a la vez. Buscamos explicaciones tranquilizadoras y sencillas, y los cortamos por el patrón del yonqui para creer que eso no podría pasarnos a nosotros, pero no es cierto. Dame cualquier letra del diccionario y te mostraré caminos que llevan a la mendicidad. Por ejemplo, un divorcio, un desahucio o un despido; una discusión, la depresión, el delirio; la dipsomanía o la dependencia; el desprecio, la droga; el dinero, el dolor, hasta el destino.

Dame cualquier letra del diccionario y te mostraré caminos que llevan a la mendicidad

Pero el terror a terminar como ellos no es el único motivo por el que apartamos la mirada de ellos incluso cuando les hemos dado una moneda. Pienso que lo hacemos porque necesitamos atajos para escapar del efecto que supone su presencia, porque basta verlos para que se tambalee el sistema simbólico de lo que es una ciudad. Los mendigos son como una pieza suelta que encontramos en la mesa justo cuando creíamos que habíamos montado el reloj.

Viven junto a nosotros sin ser vecinos de nadie porque la vecindad es una condición que proporciona el acceso a la vivienda; no participan del comercio, sino que piden dinero; no dan paseos, sino que deambulan; no hacen un descanso, sino que vegetan, y duermen en los portales como el extranjero que se quedó atrapado en la muralla de la ciudad. Habitan en los márgenes y de ahí reciben su condición marginal.

Cuando era un crío, a principios de los noventa, vivía en un pueblo de Murcia y esto significa que no había visto nunca un negro, ni tampoco un mendigo. El primer negro lo vi con 10 o 12 años y me sorprendió que no manchara las cosas que tocaba de pintura como hacía el rey Baltasar. El primer mendigo era un viejo que pedía por la zona de la catedral y al que mi padre nunca le quería dar dinero, porque algo habría hecho.

La impresión infantil crecía después, cuando llegábamos a casa y me metía en la cama, y mucho tiempo después leí la mejor definición del mendigo que se ha hecho en la pintada de una pared que decía “camas para todos”. Supe que el mendigo es una persona sin cama, y no se me ocurre una condición más cruel.

El año pasado murieron en las calles de Barcelona 54 mendigos. En la última ola de frío, que se sepa, han muerto dos.

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