Si Pablo Hasél fuera ultraderechista...
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Juan Soto Ivars

España is not Spain

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Si Pablo Hasél fuera ultraderechista...

Facilitaría mucho las cosas que Pablo Hasél fuera miembro de la ultraderecha. Muy pocos de los que hoy piden su salida del trullo estarían levantando la voz

placeholder Foto: Manifestación en Alicante por la detención de Pablo Hasél. (EFE)
Manifestación en Alicante por la detención de Pablo Hasél. (EFE)

Si Pablo Hasél fuera un ultraderechista, si sus letras y tuits no atacasen al Rey o a las víctimas del terrorismo sino a las feministas, los inmigrantes o los homosexuales; si en vez de hablar de tiros en la nuca a Patxi López pusieran la diana en el cogote, yo qué sé, de Otegi; si se mofase de las víctimas del GAL como se mofó de las de ETA; si la hubiera emprendido a puñetazos con periodistas que intentaban informar no de su encierro okupa en la Universidad de Lleida, sino, yo qué sé, de un aquelarre neonazi lleno de esvásticas; si en vez de fotos con Monedero las tuviera con Ricardo Sáenz de Ynestrillas...

Y más: si en las protestas contra su condena hubieran incendiado contenedores y asaltado comercios no “jóvenes idealistas” sino cabezas rapadas; si aparecieran en 13TV tertulianos justificando esta violencia porque “la gente está muy harta”; si la que ha perdido un ojo en las protestas llevase camisa azul, ¡qué divertidos chistes leeríamos, qué hermosas defensas del civismo, qué condenas unilaterales a esta violencia y no “a todas las violencias”, qué de alertas sobre la deriva nihilista y fascista de la sociedad, qué de estudios de la violencia simbólica del lenguaje, sobre el peligro de la cultura y la apología!

Foto: Asalto a una tienda de ropa durante los disturbios en Barcelona, el pasado 20 de febrero. (Reuters)

Facilitaría mucho las cosas que Pablo Hasél fuera miembro de la ultraderecha. Muy pocos de los que hoy piden su salida del trullo estarían levantando la voz, y el pobre raperillo facha tendría que conformarse con la defensa de cuatro gatos tachados inmediatamente de blanqueadores del fascismo. A mí, en ese caso, también me tendría entre sus defensores. Escribiría arriesgadas columnas intentando justificar que la libertad de expresión es, precisamente, el derecho de quienes nos ofenden a hacerlo sin más riesgo que ser ofendidos por nosotros. Y podéis dar por descontado que me llamarían de todo.

Estos días, sin embargo, sacan listas de represaliados de la libertad de expresión llamativas por sus omisiones. ¿Dónde están los grupos de rock Batallón de Castigo y Más que Palabras, cuyos miembros fueron condenados a un año de cárcel 'por cantar'? ¿Dónde está el colectivo artístico Homo Velamine, al que el Tribunal Supremo condenó a 18 meses de cárcel y una multa de 15.000 euros por el irónico 'tour de la manada', que no era más que una caricatura del amarillismo mediático? ¿Dónde están otros tuiteros y articulistas encarcelados o multados que, en vez de chistes de Carrero Blanco, los hicieron misóginos, xenófobos y demás?

Foto: Detención de Pablo Hasél. (EFE)

Cuánta hipocresía. Si tu defensa de la libertad de expresión cuenta solo a los perseguidos de tu cuerda, entonces es falsa y acomodaticia. Quienes omiten al que no les gusta de sus listas debieran hablar de autodefensa y jamás de su amor por un derecho fundamental. Si quieres pelear por la libertad de expresión, habrás de mancharte las manos de mierda. Tendrás que ponerte de parte de los que no te gustan con la misma pasión que empleas para los tuyos. Repito, ¡qué fácil sería explicar todo esto si a Pablo Hasél lo hubieran condenado por reírse, yo qué sé, de los fusilados de Franco! Y casi nadie lo entendería.

En fin. Llevo suficientes años en esta batalla para haber visto a muchos de estos amantes de la libertad relativizar el linchamiento y lo que hoy se llama cultura de la cancelación. He visto también cómo intentaban poner cómicos en la picota, cómo alentaban quemas de brujas y cómo celebraban que, por ejemplo, a Jorge Cremades le cerrasen las puertas de los teatros públicos 'por machista'. Los he visto justificar toda clase de atropellos siempre que el mensaje ofendiera sus sentimientos, y ahora pretenden hacerse pasar por nuestra única barrera contra la censura. ¿Dónde estaban estos activistas cuando el atropellado les ofendía?

placeholder Manifestantes y Mossos d'Esquadra, en la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, en una nueva manifestación por la libertad de Pablo Hasél. (EFE)
Manifestantes y Mossos d'Esquadra, en la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, en una nueva manifestación por la libertad de Pablo Hasél. (EFE)

Lo que estamos viendo estos días no es una defensa de la libertad de expresión, sino una expresión de la polarización política, que algunos dirigentes sin escrúpulos patrimonializan entre grandes palabras hermosas. Se quejan muchos de que el Código Penal los maltrata más que a los fachas, pero no hablan de relajar los castigos en ambas direcciones sino de que los fachas sean castigados, al menos, con el mismo rigor. Así, vemos a Podemos proponiendo derogar el artículo 578 mientras hablan de convertir en un delito el 'negacionismo de la violencia de género' o la apología del franquismo. ¿En qué quedamos?

Dejadme hablaros otra vez de Martin Garbus, abogado norteamericano octogenario al que la revista 'Time' describe como un personaje legendario en la defensa radical de la libertad de expresión y al que ensalcé aquí. Según Garbus, la defensa de la primera enmienda solo es totalmente sincera cuando peleas para que tus enemigos más viles puedan expresar sus ideas. Así, ha defendido a toda clase de personas en aprietos por haber expresado sus ideas, desde Vaclav Havel a Nelson Mandela, pasando por Andrei Sakharov, Salman Rushdie, Lenny Bruce y Al Pacino. También a otros que, 'a priori', deberían caernos peor.

Este abogado hizo algo más llamativo: defendió a un grupo de neonazis norteamericanos que querían manifestarse en un barrio judío

Sus principios son tan sólidos, tan sinceros, que este abogado hizo algo mucho más llamativo: defendió a un grupo de neonazis norteamericanos que querían manifestarse en un barrio judío. Consiguió ganar el juicio, y los neonazis hicieron su turbio desfile en Skokie, Illinois. Olvidé mencionar algo importante: Martin Garbus es judío. Su familia huyó de los pogromos polacos y se instaló en Estados Unidos. Por este motivo lo considero un héroe, y un verdadero referente en la defensa de la libertad de expresión.

Su postura en el caso de los neonazis despertó críticas furibundas contra él por parte de su propia comunidad: esta es la reacción ineludible cuando defiendes, de verdad, la libertad de expresión. En caso contrario, no eres más que un partidista. Cuando, años después, su hija le preguntó cómo se sentía al defender el derecho de manifestación de esos indeseables, un Garbus lacónico y tranquilo dio una respuesta elocuente: “Me utilizan para causas que no comparto, pero también para causas que son importantes para mí”. En HBO, hay un documental sobre él: 'Shouting Fire: Stories from the Edge of Free Speech'. Más de uno debería verlo.

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