El día en que mi padre me dejó gritar “hijos de puta”
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Juan Soto Ivars

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El día en que mi padre me dejó gritar “hijos de puta”

Dieron la noticia de la muerte de Blanco en el telediario y mi yaya se puso a llorar. Mis padres y mis tíos se llevaron las manos a la cabeza. Alguno de ellos, no recuerdo quién, levantó la voz para decir “¡hijos de puta!”

placeholder Foto: Mural dedicado al edil del PP asesinado por ETA en 1997. (Fundación Miguel Ángel Blanco)
Mural dedicado al edil del PP asesinado por ETA en 1997. (Fundación Miguel Ángel Blanco)

Hay momentos trágicos en la historia de tu país que tú recuerdas, sin embargo, como días de incongruente alegría. Lo fue para mí la tarde del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Era verano, como ahora, y tenía 12 años. Para el final del curso habíamos hecho una concentración silenciosa en el patio de mi colegio, en Murcia, para que soltasen a Ortega Lara. Los niños con camisetas blancas y tejanos dibujamos carteles y pancartas sin prestar demasiada atención. En realidad creo que nos la sudaba. Si entonces era así, no es difícil comprender que hoy cueste tanto transmitir a los chicos lo que suponía vivir en un país donde un grupo de desalmados mataba a troche y moche, con pistolas y bombas. Entonces, al menos, ETA era la cantinela de siempre en casa.

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Ya de vacaciones secuestraron a Miguel Ángel Blanco y se puso en marcha esa cuenta atrás agonizante. En mi familia no se habló de otra cosa hasta que se lo cargaron. Un día, por ejemplo, estábamos en la playa, alguien pasó oyendo un transistor y mis padres le preguntaron. “Todavía nada”, dijo. Los boletines informativos habían sustituido al carrusel deportivo. Cuando llegó por fin el día marcado por los terroristas, estábamos donde mis yayos con la televisión puesta. De pronto dijeron que habían encontrado a Miguel Ángel Blanco en un bosque con dos tiros detrás de la cabeza. Entonces no había, como hoy, corrección política. El concejal de Ermua apareció inconsciente en la pantalla. No tardaron en anunciar que estaba muerto.

Recuerdo lo que pensé durante los días de su secuestro: que alguien que tenía en su nombre las palabras “Ángel” y “Blanco” tenía que ser, por lógica, de naturaleza bondadosa. Contribuía a esta impresión infantil también la imagen de su rostro, entre la somnolencia y la determinación, que aparecía por todas partes y se multiplicó hasta el infinito después del asesinato. Años después me he preguntado muchas veces si estas circunstancias, el nombre y la expresión apacible de las fotos, tuvieron algo que ver con los efectos demoledores para ETA que supuso el despertar de la sociedad vasca en torno a este crimen abominable. ¿Hubiera ocurrido lo mismo con un concejal más feo y con otro nombre? Puede que parezca una frivolidad, pero de verdad que me lo he preguntado mucho.

Foto: Ciudadanos portan carteles en apoyo a Miguel Ángel Blanco durante su secuestro en julio de 1997. (EFE)

De cualquier manera, ETA mató a Miguel Ángel Blanco y, a la larga, Miguel Ángel Blanco se vengó aislando a ETA hasta su destrucción. La energía desatada por la crueldad sin límites de los terroristas sacó del estupor y la cobardía a muchos vascos que se habían mantenido callados por el terror, la extorsión y el cotilleo pueblerino. Las calles de Euskadi y del resto de España se llenaron de marchas, de manos pringadas de pintura blanca y de reproducciones de la cara soñolienta y determinada de un hombre joven que se había atrevido a ser concejal del PP en un pueblo donde los tiranos encapuchados lo habían prohibido. Esta es la historia, contada por los vencedores, que en el caso de ETA ha sido toda la sociedad, incluida una parte de la izquierda 'abertzale' mucho más digna que Arnaldo Otegi.

Pero no es lo que quería contar. Quería contar el motivo extraño por el que yo recuerdo aquella tarde como un momento de alegría incongruente: dieron la noticia de la muerte de Blanco en el telediario y mi yaya se puso a llorar. Mis padres y mis tíos se llevaron las manos a la cabeza. Alguno de ellos, no recuerdo quién, levantó la voz para decir “¡hijos de puta!”, y entonces, como activados por un resorte, mi prima pequeña y yo salimos al patio y empezamos a gritar “¡hijos de puta!”. Mi padre fue detrás de nosotros. Mi prima volvió a gritar “¡hijos de puta!” delante de él, yo me temí un castigo o una reprimenda, pero mi padre se nos quedó mirando, sonrió con algo entre la tristeza y el orgullo y se volvió para adentro.

Foto: Imagen promocional de 'El instante decisivo'. (Atresmedia)

¡Había sonreído! Así que mi prima y yo seguimos gritando “¡hijos de puta!” en el patio, primero conmocionados, luego enfadados, después histéricos, colorados, roncos, confundidos y, al final, aguantándonos la risa, o directamente muertos de risa, dando zancadas, moviendo los brazos, mirándonos y riéndonos por decir semejante taco. Y, cuando volvimos adentro, mi yaya no solo no nos echó la bronca por chillar eso delante de todos los vecinos, sino que nos ofreció una merienda de tortas fritas que nosotros devoramos, entre confundidos, excitados y contentos de haber podido gritar esas palabras prohibidas sin peligro.

Creo que hay momentos en la historia de un país que suspenden las reglas elementales y, cuando vuelve a establecerse el orden, todo se ha dado la vuelta. Esto es exactamente lo que pasó aquel día en el País Vasco, como pasó, en una escala diferente, en el patio de casa de mi yaya. En los años siguientes fui aprendiendo algo: mi prima y yo no habíamos sido los únicos seres inocentes que se atrevieron a levantar la voz con palabras que, solo unos meses antes, acarreaban castigos temibles.

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