El dolor del adiós

Hoy se despedía Alberto Aguilar y, evocando el sentimiento de pérdida de lo que más quieres en el mundo, me quise sentar a verle para poder disfrutar un poco más su toreo

Foto: El diestro mexicano Sergio Flores, durante el sexto festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro mexicano Sergio Flores, durante el sexto festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)

Domingo, 13 de mayo de 2018

6ª de feria.

Algo más de media plaza, en tarde fresca y con viento frío y molesto para los toreros.

Seis toros de Baltasar Ibán de entre 484 y 560 kilos, muy bien presentados, serios y astifinos. Una corrida preciosa y con poder y movilidad. Gran corrida en forma y fondo. Con toros importantes, en especial el tercero. Tres toros fuertemente ovacionados en el arrastre.

Alberto Aguilar, de marfil y azabache, silencio y silencio.

Sergio Flores, de verde botella y oro, ovación y silencio.

Francisco José Espada, de azul perla claro y oro, oreja y silencio tras dos avisos.

A Dios me gustaría preguntarle qué decidió conectar entre la mente, el corazón y el estómago del enamorado para que la angustia de una despedida pueda doler tanto y tan profundo. Qué presión crean los recuerdos, los anhelos destruidos, los proyectos mal frustrados de un amor en esa misteriosa e invisible conexión divina para que el dolor viaje a la velocidad de la luz del corazón al pensamiento y del pensamiento al estómago... Y sin solución de continuidad y en misteriosa y tortuosa ubicuidad sientas el dolor inmenso agarrándose a tu cuerpo hasta hacerte vomitar. Esa precisa y aplastante presión que es angustia, que es agobio, que es casi no poder respirar, que te invade con la ausencia de lo que más quieres en el mundo, de lo que no quieres dejar. Ese adiós de lo que amas, necesitas y a lo que volverías sin dudar... A entregarle tu vida entera, tu alma y todas tus horas de paz. Eso que tanto has querido aun cuando te hizo pensar, con tanto fracaso entre medias, que mejor abandonarlo que quedarse a esperar que un día de repente todo encaje, todo fluya y todo sea felicidad.

Todos sabemos que Alberto, antes que nada en el mundo, ha querido ser torero y, no cabe mayor tormento, querría en el fondo de su alma poder seguir siéndolo

Hoy se despedía Alberto Aguilar de la plaza de Madrid. Y evocando el sentimiento de pérdida de lo que más quieres en el mundo, me quise sentar a verle para poder disfrutar un poco más su toreo y su corrida final. Y empezó muy bien la cosa, cuando Madrid le aplaudió al acabar el paseíllo en lo que pareció, quise suponer, empatía y reconocimiento de su entendible dolor. Porque sé, todos sabemos, que Alberto, antes que nada en el mundo, ha querido ser torero y, no cabe mayor tormento, querría en el fondo de su alma poder seguir siéndolo. Y eso aumenta el desconsuelo y la aflicción. Eso amplifica el pesar y la congoja de las despedidas, cuando dices adiós aun no queriendo. Que quería ser torero, que lo ha sido e importante, lo ha demostrado con sangre, con sudor y hasta con nervio, que fue un nervio de la pierna lo que le arrancó un toro en aquella fatídica tarde de Cali de 2013 desde la que no puede ni siquiera mover el pie izquierdo.

El diestro Alberto Aguilar, durante el sexto festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro Alberto Aguilar, durante el sexto festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)

Ha sido una despedida dolorosa, plagada de silencios, sin segunda oportunidad ni en esta plaza ni en el resto. Última tarde programada de su temporada de despedida que empezó con tibios aplausos de los que sienten la vida y acabó con los pitos, mientras trataba de matar al cuarto, de los que nunca han amado, ni han sentido, ni han besado, ni han querido, ni siquiera han toreado...

Suerte, Alberto, con tu recuperación física, suerte para pasar el dolor y sobrevivir a la ausencia de poder vestirse de luces, suerte en tu nueva vida. Que resalten los recuerdos de las tardes de alegría sobre los baches o las broncas de los días de movida, que es lo que intentamos todos cuando parece que, sin remedio, se despide el amor de nuestra vida.

Sergio Flores también tendrá que despedirse, pero vistas sus condiciones y si el toro le es fiel y no lo hiere en exceso, afortunadamente le quedan muchos años de idilio con el toreo. Tiene condiciones y valor para consolidar una buena relación con el escalafón y los aficionados. Partidarios mexicanos le jaleaban hoy más conocedores de sus condiciones que la mayoría de los espectadores que se acurrucaban en el tendido buscando calor en el de al lado. Hubo tandas jaleadas y parones entre los pitones cálida y acurrucadamente reconocidos. Con algún pase por la espalda, con circulares con ritmo, armó una buena faena en el muy serio segundo y mantuvo un nivel más que digno con el complicado quinto.

El diestro Francisco José Espada durante el sexto festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)
El diestro Francisco José Espada durante el sexto festejo de la Feria de San Isidro. (EFE)

Francisco José Espada está empezando la fase de enamoramiento con esta plaza. No porque haya cortado una oreja, protestada por muy pocos y que creo que ha sido justísima, sino porque el comentario general es que ese cuerpo delicado y frágil, ese ritmo suave y sincero, ese temple exquisito y alargado que requiere Madrid para los grandes oles se le han visto más claro que ese azul y plata que hoy lucía. Me ha encantado este torero y me han impresionado sus cualidades. Con más bagaje y otros toros, tendremos toreo importante. No se me van de la cabeza ni mi enamorada ni sus naturales.

Pero no puedo despedirme sin homenajear a los toros. Los Ibán que tanto aprecio. De mi encaste preferido, de pitones hacia el cielo. Serios y muy astifinos, ajustados a su peso, se movieron sin complejos, empujaron los caballos, complicaron a toreros y apuraron en los palos. Toros con casta y cuerpo justo. Justo para dar mucho miedo y justo para no rodar furibundos por los suelos.

Gran corrida hoy de Baltasar Ibán, que va volviendo por sus fueros. Con menos viento, más público y más bagaje, que merecen los toreros, estaríamos toreando todos camino de su hotel Wellington.

Feria de San Isidro

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