Si queremos salvar a la humanidad, hay que destruir Facebook

Cuando fallan el pensamiento crítico y la educación, es difícil que las nuevas generaciones se enfrenten a la desinformación y la propaganda

Foto: El fundador y consejero delegado de Facebook, Mark Zuckerberg. (Reuters)
El fundador y consejero delegado de Facebook, Mark Zuckerberg. (Reuters)

Hay que destruir Facebook. Ni desmantelarla para venderla por partes en Wallapop, ni regularla como si fuera una cajetilla de tabaco. Si el tabaco mata a ocho millones de personas al año, Facebook se ha convertido en un cáncer terminal en el hipotálamo de 2.700 millones de tolilis.

Ha pasado de red social para primos carnales a otra para primos a secas, de los de película de Tony Leblanc. Un pozo sin fondo en el que da lo mismo transmitir en directo una matanza terrorista que incitar y organizar un genocidio. O publicar información falsa que amenaza la salud pública, como denunciaba hace poco Avaaz, una asociación global de ciudadanos independiente dedicada a denunciar la corrupción.

Zuckerberg, que nos prometió hace meses que Facebook solo iba a promocionar información fiable durante la pandemia del covid-19, mintió. Como siempre. Según Avaaz, la realidad es que el algoritmo de Facebook ya ha facilitado 3.800 millones de visualizaciones de mentiras sobre la pandemia. De la conspiranoia covid, los incautos saltan para comerse cruda la de las máscaras, y tiran porque les toca hasta llegar a los antivacunas, ese grupo terrorista socialmente tolerado que se empeña en poner en peligro la vida de sus hijos, de tus hijos y la de toda la humanidad. Todos estaban en aquella 'manifa' negacionista de Colón, donde los chalecos fachosos y los tragamusgos rojos unieron fuerzas en contra de posibles vacunas, el 5G y el pobre de Bill Gates.

El algoritmo también promueve otras mentiras aparentemente inconsecuentes. Como la de los cerebroplanos terraplanistas, que niegan a Eratóstenes, a Elon Musk y hasta las fotos del satélite Meteosat, aunque sigan aprovechándose de que la Tierra sea un elipsoide irregular usando su ‘gepeése’ y el ‘Guguelmaps’. Y no me olvido de los payasos —con perdón de Gaby, Fofito y Miliki— que creen que los aviones fumigan con química para controlarlos. Cráneos privilegiados.

Foto: Reuters.
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Y luego están los bulos clásicos cada vez más peligrosos, como la negación del Holocausto promovida por decenas de miles de páginas en Facebook antes de que fueran prohibidas el pasado 20 de octubre. Al parecer, hasta ese día, Zuckerberg defendió su publicación y promoción porque cree que hay que presentar “ambos lados de la historia”, igual que Donald Trump dijo aquello de “hay buena gente en los dos lados” después de las manifestaciones neonazis en Charlottesville, Virginia. Excepto que no siempre hay buena gente en ambos lados, igual que no siempre hay dos lados de una historia. Hay veces en que en un lado está la verdad, aunque sea imperfecta, y en el otro están los putos nazis. O los comunistas soviéticos, los jemeres rojos, los norcoreanos y el sádico homófobo del Che Guevara, todos los mismos, unos con uniforme verde chungo de tergal y otros vestiditos de gris Hugo Boss.

Tal para cual

Pero, como al patán de Trump, al zorro de Zuck la mentira le da igual. Para los dos es solo un medio para hacer caja. Y las mentiras siempre hacen más caja que las verdades porque la gente las cree más fácilmente y se propagan con mayor facilidad. Los dos lo saben y se aprovechan el uno del otro. El último y más grotesco ejemplo han sido las elecciones ganadas limpiamente por Biden pero perdidas por los demócratas de Congreso y Senado.

Trump sigue sin reconocer a Biden. Y los republicanos tampoco lo reconocen, dando pábulo a los supuestos votos falsos mientras dan la bienvenida a nuevos senadores y congresistas elegidos usando exactamente la misma hoja de papel que han llevado a Joe 'James Stewart' Biden a la presidencia (en EEUU, no hay varias papeletas como en España, sino una única en la que se marcan simultáneamente presidente, congresistas, senadores y leyes estatales sometidas a referéndum). Es igual de surrealista que indefendible. Igual que la promoción brutal que el algoritmo de Facebook está haciendo con los 'trumperos' y sus mentiras.

Foto: Reuters.
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No importa que los seis 'casos' presentados por el pirado de Rudy Giuliani hayan sido rechazados por los tribunales por falta de pruebas, con jueces que se han partido la caja escuchando los argumentos de los abogados de Trump. No importa que “miles de casos de votos falsos” hayan acabado en dos votos, uno de ellos firmado por error por la hija de una persona muerta creyendo que era el suyo (la hija no votó) y otro que todavía no se ha aclarado y del que ni siquiera se sabe si ha sido a favor de Trump o Biden. Y tampoco importa que el último "escándalo electoral" denunciado por un trabajador postal de Pensilvania también haya sido falso.

Según el pajillero Rudy, el testimonio de este trabajador demostraba que su jefe había ordenado la manipulación de la fecha de los franqueos de miles de votos. Pero según se descubrió a las pocas horas, el trabajador admitió que todo era rotundamente falso e inventado para joder al jefe. Eso sí, ahora va a cobrar algo más de 130.000 dólares donados por personas afines a la campaña de Trump. Vaya. Qué coincidencia, la misma cantidad que Trump pagó a la actriz porno Stormy Daniels para que no le denunciara. Aún así, la mentira siguió volando en Facebook y hasta le ha dado la excusa a William Barr, fiscal general y mamporrero mayor del Don, para ordenar una investigación aunque el caso esté resuelto y las autoridades bipartidistas que vigilan el proceso electoral han dicho que no hay fraude. La realidad es que no hay prueba de fraude alguno se pongan como se pongan El Trumpo y su Pajillero Torero. La victoria de Biden no va a cambiar.

Facebook y el resto de tecnológicas están siendo cómplices activos de los extremistas, los conspiranoicos y los charlatanes

Visto desde fuera, todo esto parece un episodio cutre de House of Cards protagonizado por un fantoche y sus palmeros en Fox News, que hace dos años acusaban a los demócratas de mal perder. Trumpy Dumpty sólo busca sembrar dudas con mentiras demostradas y mantener a su base excitada durante los próximos años para sacar pasta. Hasta que termine en la cárcel, como es probable que pase.

La libertad de expresión no es de transmisión

Todas estas bolas, de las inconsecuentes a las más graves, son igual de peligrosas. Es el infame “tú miente que algo queda”. Y mientras que compartir verdades es la base de la democracia, la mentira es el cimiento de la autocracia, como apuntaba el actor y director Sascha Baron Cohen en su reciente discurso ante la Liga Antidifamación, una organización norteamericana que comenzó como respuesta al odio antisemita y que ha terminado siendo una organización anti-odio en defensa de cualquier grupo acosado en cualquier parte del mundo. El discurso son 20 minutos de imprescindible visionado en los que el actor —famoso por exponer el racismo con sus personajes de Borat y Ali G— destroza durante 20 minutos todas las excusas de Zuckerberg para transmitir mentiras a cambio de conseguir visualizaciones, usuarios y hacer caja.

La frase clave es que “la libertad de expresión no es libertad de transmisión”. Igual que no les damos una red a los pedófilos para que abusen de los niños, afirma Baron Cohen, no podemos permitir que un algoritmo promueva las mentiras de unos impresentables que mienten impunemente poniendo en peligro la vida de millones de personas y de la misma democracia. Como me cuenta la verdulera de mi barrio mientras lee las noticias sobre las patrañas electorales en su iPhone 12 con cincojé: “Si yo vendo las manzanas de la madrastra de Blancanieves, me enchironan”. Pues Borat dice que lo mismo tenían que hacer con Zuck, Maribel.

Como apunta Baron Cohen, el problema es que han tenido oportunidad de solucionarlo, pero siguen sin corregir el rumbo. Zuckerberg y su COO —la impresentable Sheryl Shandberg, otra apologista del terrorismo informativo en el nombre del dólar disfrazado de libertad de expresión— no remedian esta situación porque les es rentable y les sale gratis.

Baron Cohen afirma que éste es un momento clave en la historia de los Estados Unidos y de la humanidad. No le falta razón. Facebook y el resto de tecnológicas está siendo cómplice activo de los extremistas, los conspiranoicos y los charlatanes, todos criminales de medio pelo que buscan acabar con los valores básicos de la condición humana y negar el método científico para engordar la cuenta corriente y tener la sartén por el mango.

Muchos dirán que todo esto es una exageración. Pues vale. El péndulo de la historia no para. Como decía el difunto congresista afroamericano John Lewis, “la democracia no es un estado [de la materia], sino un acto, y cada generación debe poner su parte”. Cuando fallan el pensamiento crítico y la educación —que personajes como la ministra Celaá se empeñan en seguir destrozando—, es difícil que las nuevas generaciones se enfrenten a la desinformación y la propaganda.

No puede ser que todos los medios, las películas y los anuncios en la tele estén regulados, pero que a Facebook las trolas le salgan gratis

Baron Cohen argumenta que, igual que se reguló la Revolución industrial para parar los pies a los magnates sin escrúpulos, hay que hacer lo mismo con la revolución digital. No puede ser que los medios, las películas y los anuncios en la tele estén todos regulados —y expuestos a multas o demandas judiciales—, pero que a Facebook las trolas que promociona cada segundo le salgan gratis gracias a la impunidad que le ofrece la Communications Decency Act. Una ley sobre la 'decencia en la comunicación' que exonera a Facebook y el resto de plataformas sociales de cualquier responsabilidad sobre el contenido publicado en sus redes.

No sé si Baron Cohen está en lo cierto o no. Lo que sé seguro es que esta vez quizás no podamos esperar para que el mercado haga su trabajo y acabe con Facebook como acabó con MySpace (qué tiempos de inocencia). Esta lacra planetaria está realmente a un tris de destruir el alma de la democracia y no tenemos ni una década ni dos meses más para cambiar el rumbo antes de que sea demasiado tarde. Toca hacerle un 'format c:' al disco duro de Mark Zuckerberg. Y luego seguir con YouTube y Twitter. Más de lo mismo.

Hasta los diodos
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