Hay que acabar con la democracia e instaurar Skynet
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Jesús Díaz

Hasta los diodos

Hay que acabar con la democracia e instaurar Skynet

Es imposible que el ser humano supere sus peores instintos, producto de millones de años de evolución. Es hora de darle el mando a la inteligencia artificial

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(Paramount Pictures)

La democracia, esa idea de que los seres humanos tenemos algo que decir en el gobierno de nuestras propias vidas a través de la elección de un grupo de mangurrianes, es el mayor timo de la historia. Un tocomocho marginalmente mejor que el resto de formas de gobierno, ya sean dictaduras comunistas, autocracias fascistas, teocracias o monarquías absolutistas. Hay que acabar con ella e instaurar algo radicalmente diferente o nos vamos todos al carajo. Y ya que estamos, cargarse el capitalismo, el socialismo y el resto de sistemas socioeconómicos.

“Todavía no hemos probado la anarquía,” me responde la estanquera del barrio mientras jugamos al tute con Paco y Doña Manolita en el bar. Dolores — que es manchega de las que espera fumando, gambitera como su amante "secreto" y libertaria como el Punset — tiene toda la razón: la anarquía nunca se ha instaurado a gran escala. Pero da igual. Sería otro fracaso porque sigue basándose en el mayor error de la humanidad: creer que somos unos animales capaces de superar nuestros instintos primitivos, marcados a fuego por miles de millones de años de evolución biológica. Un asteroide se cargó a los dinosaurios de un sopapo planetario, pero siguen viviendo en nuestro hipotálamo. Esos tres mil quinientos millones de años de darwinismo no se pueden cambiar con 5000 años de civilización.

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Jesús Díaz Opinión

Ya lo decía Carl Sagan en el tercer capítulo de su obra maestra The Pale Blue Dot: los seres humanos nos creemos que somos la hostia, pero en realidad somos todos unos hijos de la gran puta. A lo mejor la cita no es exactamente así, entendedme, pero básicamente es eso. Los humanos somos capaces de hacer maravillas increíbles, pero ni somos el centro de la naturaleza, ni el centro del sistema solar, ni el centro de la galaxia, ni el centro del universo. Al final, sólo somos unos miserables programados biológicamente para hacer dos cosas: comer y follar. O en finolis: sobrevivir y perpetuar la especie. Igual que los trilobites, pero con el ocasional destello de grandeza que nos da un Cervantes, un Einstein o uno que se mete en un edificio en llamas para rescatar tres niños y un perro.

En el día a día, Cervantes, Einstein y el del incendio estaban a lo mismo que el resto. Si Cervantes hubiera escrito el Quijote en marzo de 2020, hubiera dejado al hidalgo camino de Barcelona para salir echando leches a cargar el carrito del Mercadona de papel higiénico, presa del pánico de no poder limpiarse el culo con la mano buena. Einstein quizás hubiera comprado acciones de GameStop para demostrar que los mercados de valores son una especulación relativista supeditada a la manipulación de las emociones más primitivas. Y el del incendio se pasa el día en casa viendo el Xhamster, dándole leña al mono.

placeholder Carl Sagan junto a un modelo de la sonda Viking. (NASA)
Carl Sagan junto a un modelo de la sonda Viking. (NASA)

Unas emociones que nos dominan porque acabamos de salir del charco hace cuatro días y así no se puede organizar una sociedad de forma eficiente ni tomar decisiones que lleven al bien común. Sobre todo cuando los que ansían el poder combinan esos instintos reptilianos con tendencias narcisistas, sociopatías varias y mentiras diseñadas para manipular a la población que, inexplicablemente, sigue votando aunque los datos demuestren de forma irrefutable que todos, todos sin excepción, son unos botarates incapaces o unos fantoches maquiavélicos, se llamen Trump, Sánchez, Iglesias, Casado, Abascal, Arrimadas, Puigdemont, Merkel, Macron, Trudeau o poned aquí el cretino que os salga de los diodos porque me da absolutamente lo mismo.

Dolores, como yo y la mayor parte del planeta, está hasta las bobinas del descontrol de la pandemia y la vacuna, de la economía y el NASDAQ, de todo los saraos democráticos, teocráticos o autocráticos que nos controlan en todos los rincones del globo. Esto es un tinglado que lleva casi inmutable desde los sumerios y que, como decía Sagan, ha llevado a miles de millones de personas a matarse unas a otras por el control temporal de una parte insignificante de este punto azul, pequeño e infinitesimal, colgado en la inmensidad del espacio. Todo en nombre de los gángsters de turno que estuvieran al mando en ese momento.

Es hora de plantarse. Hay que probar algo que no dependa de esa incapacidad demostrada del ser humano para tomar decisiones sin dejarse llevar por prejuicios, emociones irracionales o intereses personales. Hay que sacar al ser humano de la ecuación de la toma de decisiones para salvaguardar a la humanidad y la libertad del individuo.

Yo propongo un Skynet.

No para que controle los sistemas de armamento nuclear sino para instaurar un sistema de gobierno mundial que tome decisiones en tiempo real. Toma. Hasta rima. Este Skynet sería un sistema conectado continuamente a trillones de puntos de recogida de datos, desde satélites a pulseras de salud en las muñecas de todos los habitantes del planeta, evaluando y afinando soluciones de forma constante.

placeholder Mark Zuckerberg, fundador y CEO de Facebook. (Reuters)
Mark Zuckerberg, fundador y CEO de Facebook. (Reuters)

Sería una inteligencia que tome decisiones con el único objetivo de proteger el bienestar de todos los individuos, no de unos pocos, basándose exclusivamente en el método científico y con los derechos humanos como marco fundamental e inviolable de actuación. Un sistema de organización socioeconómica dedicado al bien común. “The greater good”, que dicen los americanos.

No sería un camino fácil ni inmediato. En su estado actual, la inteligencia artificial tiene que dejar atrás muchos problemas, incluyendo nuestros propios prejuicios. Pero es un camino factible y la recompensa podría ser la utopía. La de verdad. No las chorradas prometidas por los mamporreros del comunismo, el fascismo o el libre mercado salvaje, no. Me refiero a la de Star Trek: optimización total de recursos, eliminación absoluta del desperdicio, los impuestos y la injusticia (a los de las puñetas hay que darles de comer aparte). Derechos vitales garantizados, en definitiva. Bienestar y paz social. Sin intermediarios ni autoproclamados mesías.

Y si no resulta en la utopía, seguro que será un sistema notablemente mejor que esta distopía que vivimos ahora mismo.

Alguno dirá que esto es una barbaridad. Son los que se empeñan en pensar que conducen mejor que el piloto automático o los que decían que una máquina nunca nos ganaría al ajedrez. Cómo nos van a reemplazar a nosotros, los humanos, bramarán.

Pues no os queda otra, chavalada: la inteligencia artificial es un paso más de la evolución, el homo silicium, y dominará la tierra. Lo único que depende de nosotros es poner en marcha la cadena de eventos que nos lleve a una Skynet que sostenga “como evidentes estas verdades: que los [humanos] son creados iguales; que son dotados por [el monstruo de espagueti volador] de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Y el reto está en cómo conseguirlo usando nuestras instituciones fallidas. Toma nudo gordiano.

placeholder Elon Musk, fundador de Tesla. (Reuters)
Elon Musk, fundador de Tesla. (Reuters)

La alternativa siempre será peor: seguir con esta democracia fallida en la que vivimos, con sus gobernantes manifiestamente ineptos y sus magnates mangantes. Y cientos de Skynets diseñadas por Mark Zuckerberg, Tim Cook, Elon Musk, Sundar Pichai y sus compadres chinos para hacer que todo este pifostio siga perpetuándose hasta que llegue la autodestrucción total, que no será necesariamente una confrontación termonuclear, sino otra pandemia más mortífera que el Covid-19, una cadena de desastres climáticos, otro asteroide o un nuevo disco de Bertín Osborne.

Dolores me miraba acojonada después de toda esta brasa que la había soltado. Se quedó callada un momento. Miró a Paco. Y me volvió a mirar a mí. Se levantó dejando las cartas sobre la mesa y dijo sin más: “las cuarenta en bastos”. Cogió a Paco de la mano y se lo llevó a paso ligero a la trastienda del bar. Doña Manolita me miró enarcando una ceja y, acercándose, me soltó por lo bajini: “los instintos primitivos, Don Jesús. Los instintos primitivos”.

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