El tamaño importa: somos el Torrente de las 'startups'

El problema en un ecosistema inmaduro y huérfano de referencias es el sesgo del superviviente, malinterpretar la realidad y pensar que la mediocridad es el camino del éxito

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Las 'startups' son empresas específicamente diseñadas para crecer. Crear una 'startup' para crecer poco a poco, tener cuentas saneadas, apuntar a un mercado pequeño y no hacer rondas de inversión no es sinónimo de eficiencia y sentido común, es sinónimo de incapacidad. Las limitaciones del ecosistema español de 'startups' son algo a superar, no un camino a seguir.

El problema es que en España hay demasiado orgullo paleto herido y superado por la realidad. Demasiado inversor y emprendedor que cree que crecer a lo grande y tener números rojos año a año es la perdición. Son como los Torrentes de las 'startups'. Si España no es precisamente un país puntero en la creación de empresas tecnológicas es porque muchas cosas, actitudes y conocimientos fallan estrepitosamente.

Pero sin comprender los errores, es difícil corregirlos, y el primer paso es definir de qué estamos hablando y de qué no estamos hablando. Hablamos de empresas genuinamente tecnológicas cuya ventaja es la 'escalabilidad suprema'. Si pensamos que una 'startup' tecnológica es una tintorería con una 'app', fin de la cita.

La escalabilidad suprema conlleva un 'superpoder', convertirse en un gigante en muy poco tiempo. Pero seamos justos, las 'startups' tecnológicas tampoco tienen otra alternativa. En un entorno donde lo nuevo envejece rápidamente y la competencia es feroz, crecer despacio es un riesgo mortal. Por otra parte, la innovación real en tecnología es carísima. Coger tamaño rápido no es solo deseable para una 'startup', es imprescindible.

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¿Qué sentido tiene entonces hacer tecnología y apuntar a un mercado pequeño? Una 'startup' está obligada a apuntar a un gran mercado y convertirse en una apuesta arriesgada a la búsqueda de la 'dominación global', levantar ronda tras ronda de inversión y estar en números rojos muchos años, porque esa es la mejor manera de crecer, generar valor y riqueza en este mundo tecnológico en el que, digan lo que digan, el tamaño importa.

No estamos descubriendo la pólvora. Es el modelo del 'venture capital' (VC) que ha convertido Silicon Valley en una máquina engrasada de generar 'startups' exitosas. Es un modelo probabilístico y requiere de un volumen suficientemente grande de apuestas arriesgadas para que estadísticamente aparezcan empresas descomunales y con capacidad de transformación de sectores enteros. Los VC saben a lo que juegan, pierden dinero con naturalidad y no se lo toman mal. Rápidamente, vuelven a financiar al emprendedor que ha enterrado unos cuantos de sus millones. El modelo gustará más o menos, pero funciona.

Por el contrario, el ecosistema español solo es capaz de producir mirlos blancos, casos de éxito con características únicas, irreplicables y con taras variadas: repartos accionariales aberrantes, inversores que jamás debieron serlo, financiación nula, escasa o insuficiente, pactos de socios inexistentes o berlanguianos… En definitiva, casos de éxito que han requerido no solo una, sino múltiples apariciones marianas y alineaciones de planetas. Nos alegramos por ellos, son nuestros héroes, pero constituyen una fase a superar, no un modelo a seguir. La prueba del algodón: ningún caso de éxito local se ha convertido en un semillero relevante de nuevas 'startups'.

El ecosistema español solo es capaz de producir mirlos blancos con repartos accionariales aberrantes, pactos de socios inexistentes...

El problema en un ecosistema inmaduro y huérfano de referencias es el sesgo del superviviente, malinterpretar la realidad y pensar que las limitaciones, la escasez de recursos y la mediocridad son el camino del éxito. Ver a Torrente salir vencedor de una aventura y admirar su buen hacer. El paletismo saca pecho y se autoafirma en un delirio localista. Torrente se ríe de los “detectives americanos que viven en Hollywood de las rentas” y otros acusan a las 'startups' ronderas de vivir a costa de sus inversores. En Silicon Valley, no saben nada de inversión en 'startups', el modelo bueno es el nuestro ¡y olé! Mortadelo, Superlópez y la cabra de la legión como referentes de excelencia.

Una oficina de 'coworking' para 'startups' en Madrid.
Una oficina de 'coworking' para 'startups' en Madrid.

Pero la realidad siempre golpea de vuelta y en los negocios no existen los duros a cuatro pesetas. A mayor riesgo, mayor beneficio, y viceversa. Quien propone un modelo de empresas tecnológicas con eficiencia de capital, poca financiación externa y rentables, debería también explicar que el resultado será crecimiento lento y bajos retornos, por no hablar del factor tiempo como riesgo mortal. Tampoco está clara la contribución de los inversores a la creación de valor de una empresa que en realidad jamás necesitó su dinero. Ciertamente ha habido mirlos blancos que han sobrevivido a un crecimiento lento, se han vendido bien y cuyos fundadores, por inexperiencia, tomaron de inversores un dinero que no necesitaban, pero no constituyen modelos replicables, son accidentes.

El crecimiento basado en 'venture capital' no es un modelo perfecto, en ocasiones genera aberraciones y de él se puede decir casi de todo, excepto que no funciona. Sin embargo, cambiar el modelo productivo de un país cuesta dinero, mucho dinero. Pretender mejores salarios y llamar despectivamente especulador a quien está dispuesto a asumir un riesgo tan enorme es llamativo, especialmente cuando se hace desde el mundo de las 'startups' que se benefician de esta entrada de capital. Siempre es mejor tener un modelo que no tener ninguno, pero aún peor es tener antimodelos que nos convierten en caricaturas de nosotros mismos.

En los últimos años, las cosas están cambiando y madurando, empiezan a abundar los grandes profesionales y los 'venture capital' españoles han tomado un tamaño respetable. Guste o no, ellos y las empresas ronderas serán elementos esenciales para el cambio de modelo productivo de nuestro país.

Tribuna