'Patria' salva la novela española en 2016, el año en que brilló el ensayo

Leímos buenos libros en este año que termina, pero pocos de ellos fueron novelas, género que parece haberse quedado viejo para contar historias comparado con las series de TV

Foto: Fernando Aramburu, autor de 'Patria' (Efe)
Fernando Aramburu, autor de 'Patria' (Efe)

La agradable sensación de haber leído este año un montón de buenos libros me llega acompañada de cierta amargura: la de no poder señalar entre ellos demasiadas novelas.

Es evidente que el siglo XXI está enterrando la ficción narrativa pura, esa que depende de la suspensión de la credulidad según el cliché de Coleridge, y privilegiando géneros y subgéneros y amancebamientos que tengan, al menos, un pie en la realidad. Se requeriría un ensayo, y un francés que lo firmara, para explicar por qué el lector medio (digamos, el que lee algo que no sean 'best sellers') ha instaurado “lo real” como su género favorito, ya sea en forma de autobiografía (Knausgaard), de autoficción (Carrère, Cercas), de crónica (Caparrós, Weiner), de ensayo (como veremos) o de un engendro que mezcle con gracia un poco de todo lo anterior.

Inventarse una historia es ahora mismo lo menos apasionante que puede hacer un escritor. Al menos si lo comparamos con investigar y narrar la historia real de otros, o con entrar abrasivamente en la propia intimidad para ofrecer al mundo algo parecido a una verdad dolorosa (James Rhodes).

Ficción en español

'Patria', de Fernando Aramburu
'Patria', de Fernando Aramburu

Así las cosas, los libros de narrativa española que a lo largo de 2016 han satisfecho el paladar de este lector abnegado han sido estos pocos: 'Fosa común' (Random House), de Javier Pastor; 'Magistral' (Jekyll&Jill), de Rubén Martín Giráldez; 'Érase una vez el fin' (Anagrama), de Pablo Rivero; y 'Estrómboli' (Impedimenta), de Jon Bilbao, que seguramente es el mejor libro del año en lo que a “inventar historias” se refiere.

Por otro lado, visto el general cese de la ambición, es obvio que 'Patria', de Fernando Aramburu, ha sido la novela del año, y que dentro de 12 meses -noticia adelantada- ganará el Premio Nacional de Narrativa. Poca gente se pone ya a escribir la Gran Novela sobre algo; pa' qué.

En narrativa latinoamericana, dentro de ese colapso que supone que cualquier manuscrito encontrado de Bolaño escrito cuando tenía 13 años sea más interesante que lo que tú publiques, y de esa resaca interminable encarnada en los imitadores argentinos del legendario chileno, yo creo que 'Nefando' (Candaya), de Mónica Ojeda, es una impresionante novela. Y también 'La casa y la isla', de Ronaldo Menéndez, que quizá es el único autor nacido al otro lado del Atlántico que todavía prefiere estar influido por el boom que por el autor de 2666.

El género de “lo real”

Pocas cosas se nos antojan hoy más reales que todo lo virtual y digital y, no en vano, la búsqueda de Diana Quer parece empezar y terminar por la búsqueda de su telefóno móvil, y por su exploración y despiece. Le pedimos a la tecnología que nos diga algo, que nos cuente la verdad.

Dos ensayos fascinantes aparecieron este año sobre tecnología e imagen: 'Cómo ver el mundo' (Paidós), de Nicholas Mirzoeff, y 'La furia de las imágenes' (Galaxia Gutenberg), de Joan Fontcuberta. Es notable que ambos dediquen decenas de páginas únicamente a analizar el fenómeno del selfie. Hacerse una foto a uno mismo es para nuestro tiempo como para Hamlet agarrar la calavera y sopesarse el alma: el momento crucial.

Todo lo que cuentan Mirzoeff y Fontcuberta nos interesa, está en la calle y necesita de estudio y de teoría. Por eso estos ensayos ya se leen como la historia que queríamos que nos contaran, la historia de nosotros mismos. La fórmula que siguen -amenidad, implicación del autor, actualidad y unas gotas de pensamiento duro: Foucault, Bourdieu, etc.- la encontramos también en 'Música de mierda', de Carl Wilson, que viene a hablarnos de cómo la crisis de los cuarenta nos despoja de snobismo, y ya no nos parece tan grave que la gente se emocione -de eso va el ensayo- con Céline Dion.

El género de “lo real” muestra alguna piedad con la literatura tal y como la conocimos: ahí están las biografías, los ensayos y los artefactos de identificación confusa.

Entre los primeros, qué gran libro ha escrito Manuel Alberca sobre Valle-Inclán: 'La espada y la palabra' (Tusquets). Entre los segundos, siempre nos queda JM Coetzee en dos volúmenes: 'Las manos de los maestros' (Random House), así como esa reivindicación del traductor que hace Javier Calvo en 'El fantasma en el libro' (Seix Barral). Y entre los terceros, Rafael Reig culmina la que quizá es su gran obra: 'La cadena trófica' (Tusquets; también en dos volúmenes: 'Manual de literatura para caníbales' y 'Señales de humo'), una relectura político-festiva de la historia de la literatura española, desde las jarchas a Pérez-Reverte.

Finalmente, también se salvan los diarios. Los de Ricardo Piglia, 'Emilio Renzi II', fundamentales.

Feminismo

A pesar de alguna tonta del bote que no sabe lo que dice (en todas partes cuecen habas, no se me vengan arriba), el feminismo sigue intelectualmente a la cabeza de la generación de ideas estimulantes y avisos de futuro. 'Papi' (Melusina), de Madison Young, nos presenta ese asunto tan complejo de declararse feminista ejerciendo oficios (actriz porno, prostituta) que podríamos entender como, paradójicamente, máxima expresión de la dominación machista sobre las mujeres. Feminismo old school encontramos en las crónicas y artículos de Grace Paley reunidas en 'La importancia de no entenderlo todo' (Círculo de Tiza).

Carmen G. de la Cueva, ya en España, agita el asunto con constancia desde su blog y gracias a diversos encuentros y mesas redondas (ha acabado publicando un libro: 'Mamá, quiero ser feminista', en Lumen). María Folguera lleva la reivindicación a la guerrilla callejera en su novela 'Los primeros días de Pompeya' (Caballo de Troya).

La gran Virginie Despentes demostró en 'Vernon Subutex 1' (Random House) que una autora también puede hacer narrativa a la manera de Houellebecq; es decir, narrativa radical pesimista. Y encontrarán pocos libros con más dolor intrínsecamente femenino (abortos, maltrato, trabajo humillante...) que el que desvelan los cuentos de Lucia Berlin: 'Manual para señoras de la limpieza' (Alfaguara).

Finalmente, 'Los últimos días de Adelaida García Morales' (Random House), de Elvira Navarro, me parece que practica el feminismo más inteligente de todos: el que no lo parece. Reivindicar a una autora casi olvidada y señalar el oportunismo con el que a veces las instituciones públicas se ponen del lado de una artista, para dejarla tirada cuando ya no interesa, es el gran acierto de esta obra. Lamentablemente, voces de peso han entendido la novela precisamente al revés, lo cual es casi un aval de lo acertado de su tesis.

Mala Fama

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