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Obsesión por el trabajo: el problema no son los vagos, sino los que trabajan demasiado

Dejarse la piel, haberlo intentado con todas las fuerzas, se considera una atenuante en el fracaso, pero pensándolo mejor, quizá debería ser una agravante

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Hay gente en este mundo que cree que el sufrimiento es requisito indispensable para llegar a un nivel superior. Algunos se fustigan y se ponen cilicios hasta sangrar, otros se aíslan del mundo o ayunan, pero también los hay que echan más horas que un reloj en el trabajo. A diferencia del resto de sufridores, estos últimos aún no han pasado de moda.

La obsesión por el trabajo genera problemas graves precisamente porque no se considera un problema y, al contrario, se interpreta como una cualidad positiva y una indicación de compromiso con la empresa.

La realidad es bien distinta. La épica del trabajo duro es la excusa perfecta para justificar errores e incumplir objetivos. Dejarse la piel, haberlo intentado con todas las fuerzas, se considera un atenuante en el fracaso, pero pensándolo mejor, quizá debería ser un agravante. Si tras realizar un esfuerzo sobrehumano no se obtiene un buen resultado, es indicativo de un fallo de base garrafal. La épica del trabajo duro disfraza al fracasado de héroe y sirve de justificación para los sacrificios del exitoso. No hay nada que moleste más a un obseso del trabajo que sugerir que quizás había un camino al éxito menos agotador.

Los problemas de los locos por el trabajo son variados. En general, son gente que entra demasiado rápido en faena, lo que con frecuencia significa invertir horas en una mala idea, obtener resultados subóptimos o a un coste mayor. Trabajar mucho también puede ser perder mucho el tiempo.

La mayoría de obsesos carecen de foco y disparan a todo lo que se mueve, típicamente actúan de bomberos centrados en los fuegos más humeantes. Otros se vanaglorian de ser extremadamente focalizados, ignorando que la atención humana tiene límites. Ser capaz de focalizarse en algo concreto es positivo, pero un foco excesivo no es otra cosa que una obsesión patológica y las patologías siempre dan malos resultados.

La persistencia es otra de las cualidades admiradas por los 'workaholics', pero es un arma de doble filo. No siempre la solución a todo es echar más horas, agachar la cabeza y seguir intentándolo. En tareas complejas, raramente la solución es insistir, sino pararse a pensar, hablar con terceros que tengan visiones distintas o desconectar y hacer algo tan poco profesional como dar un paseo. Cuando el coste de la tarea acaba siendo mayor que el beneficio del resultado, estamos confundiendo persistencia con pura cabezonería.

Foto: Reuters.

A nivel organizacional, la obsesión por el trabajo es cultivada por muchos directivos que creen a pies juntillas en la frase “el jefe debe ser el primero en llegar y el último en salir”. Sin embargo, el exceso de trabajo es especialmente pernicioso en los roles directivos, quienes deberían dedicar más tiempo a pensar que a ejecutar. Pero ¿acaso una persona con una agenda desbordada por reuniones continuas, llamadas a deshoras y que acaba el día agotada puede pensar con claridad? Tampoco hay que pasar por alto la gran cantidad de responsables que aseguran dejarse la piel, pero en realidad padecen de una desorganización crónica que les impide planificar nada, ni aquellos que no trabajan la mitad de lo que dicen trabajar y tratan de dar ejemplo con 'e-mails' a deshoras.

Si a nivel organizacional todos tenemos claro que si todo es urgente, nada es urgente, que definir prioridades significa escoger y renunciar, que el tiempo y recursos son limitados, etc., a nivel individual se considera positivo quien ignora todo eso porque 'es un máquina'. Nadie es un máquina, pero incluso si admitimos el caso hipotético de un trabajador compulsivo genuinamente productivo y organizado, a medio plazo nunca será sostenible.

Ningún exceso es sostenible en el tiempo. Aunque nos neguemos a verlo, existe una cuenta atrás hasta que se queme, agote sus fuerzas, se sienta injustamente tratado o decida renegar de esa vida. El problema es grave, porque un compulsivo por definición abarca más y más funciones, se convierte en irremplazable y el día que todo explote hará un gran agujero en la organización. En ese camino a la autodestrucción, lo más probable es que arrastre a otros compañeros y genere costes de oportunidad catastróficos. Trabajar mucho es frecuentemente una manera de procrastinar, de evitar ciertas tareas críticas, pero que gustan menos o sencillamente son desagradables.

Foto: Reuters.

Y la cosa empeora si tenemos en cuenta que la locura en el trabajo no suele darse en empresas ejemplares, sino en empresas caóticas donde todo es para ayer, organizaciones disfuncionales y culturas tóxicas que sistemáticamente queman personas y generan altos costes de rotación. Y, del mismo modo, el trabajador compulsivo no siempre 'es un máquina' sino que acaba convirtiéndose en un torpe voluntarioso continuo generador de desaguisados.

La locura por el trabajo es fácil de detectar, pero difícil de corregir. Si se ha llegado a ese punto, es porque muchas cosas fallan, roles mal definidos, falta de personal, trabajo oculto, etc. El directivo, con frecuencia, prefiere dejarlo correr que solucionarlo e incurre entonces en lo que se llama 'management debt', es decir, una decisión no tomada se convierte en una deuda no pagada cuyos intereses inevitablemente crecen hasta terminar siendo impagables.

Probablemente, los seres humanos necesitamos trabajar, de algún modo disfrutamos haciendo tareas y recogiendo frutos, pero eso no significa forzosamente trabajar más horas. En muchos casos, lo más productivo es dejar de trabajar y pararse a pensar, lo que curiosamente es más difícil y meritorio que seguir agachando el lomo.

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