Saza, Colau y el astracán franquista que no cesa

Análisis comparativo entre el follón barcelonés de la escultura de Franco y una película española profética de 1982. Guerras culturales celtibéricas de ayer y hoy

Foto: Saza y Colau (Montaje: Carmen Castellón)
Saza y Colau (Montaje: Carmen Castellón)
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Título de la película: 'El fascista, doña Pura y el follón de la escultura' (Joaquín Coll, 1982). Género: comedia política. Sinopsis: 20 de noviembre de 1975, el ayuntamiento franquista de un pueblo —encabezado por José Luis López Vázquez y José Sazatornil ('Saza')— decide redoblar la batalla simbólica encargando una escultura de Franco a caballo para el centro del pueblo. El encargo caerá en las manos de un escultor antifranquista arruinado, interpretado por el cantautor Ovidi Montlor. Pero el clima político ha cambiado y el intento de erigir la estatua muta en quilombo político/cultural/democrático… ¿No les es extrañamente familiar la trama de este filme español de 1982? Sigamos a ver si atan ustedes cabos... 

Saza, Colau y el astracán franquista que no cesa

La película arranca a todo gas cómico: Saza se levanta de madrugada para ir a cazar, coge el coche, pone la radio… y se entera de que Franco acaba de morir. Frena en seco, sale del vehículo blandiendo una escopeta y pega un estremecedor alarido: "NOOOOOOOOOOO. ¡NO PUEDE SER! ¡PERO SI DECÍAN QUE ERA INMORTAL! ¡LOS MOROS DECÍAN QUE ERA INMORTAL!". Saza dispara entonces al aire y realiza una aguda reflexión política. “Dios mío, qué será de nosotros, los franquistas... Claro que todo está atado y bien atado. Nos lo prometió”. Y ríe aliviado… En dos palabras: una maravilla.

Que el astracán simbólico iba a ser el género dominante de nuestra vida cultural y política quedó atado y bien atado durante la TransiciónLo que sin duda quedó atado y bien atado durante la Transición fue lo siguiente: el astracán simbólico iba a ser el género dominante de nuestra vida política. O lo simbólico y lo cultural como límite tanto del conflicto partidista como de lo políticamente posible. Y en esas seguimos en parte: los parecidos entre 'El fascista, doña Pura y el follón de la escultura' y lo que ha pasado estos días en Barcelona son entre cómicos e inquietantes.

Resumiendo: el Ayuntamiento de Barcelona organiza una exposición sobre memoria histórica que incluye una escultura de Franco a caballo. Los nacionalistas montan en cólera y escrachean la muestra: el Caudillo acabó pintarrajeado, con cabeza de cerdo y abrazado a una muñeca hinchable. El éramos pocos y parió la abuela llegó cuando la Fundación Francisco Franco se sumó a las voces críticas con la exposición por considerarla un insulto hacia la memoria del Caudillo (en efecto: ERC y la Fundación Francisco Franco, extraños compañeros de cama en el frente anti-Colau). Finalmente, el Ayuntamiento decidió recular y retirar la estatua.

Cartel del filme
Cartel del filme

Como todo buen vodevil que se precie, el escándalo de la estatua de Francisco Franco partió de un equívoco: acusar a Barcelona en Comú de apología franquista, cuando las intenciones de la exposición eran justo las contrarias, una revisión crítica de la simbología de la época. ¿Ada Colau franquista? Sí, claro, y Millán-Astray rojo peligroso.

Ocurre que este equívoco no es inocente. Lo que ha estado en juego estos días es una guerra de relatos entre la izquierda nacionalista y la nueva izquierda social, dado que el museo que albergó la muestra —Centro de Cultura y Memoria del Born— se dedicaba hasta ahora a exposiciones más ajustadas a los relatos del nacionalismo, como las tribulaciones de la Barcelona asolada por las tropas borbónicas de Felipe V en la guerra de Sucesión (1714).

La periodista Nuria Alabao ha explicado el trasfondo político del culebrón en un artículo en 'CTXT': "Por primera vez en Cataluña se ha roto la unidad del discurso antifranquista que desde la Transición había sido instrumento de construcción nacional compartido... Los artífices del 'processisme'  se han deshecho del antifranquismo como mito común para posicionar el 1714 y reinterpretar así los últimos 300 años en clave de ocupación española de Cataluña…. Al fin y al cabo, a una parte del nacionalismo catalán le incomoda la memoria antifranquista y republicana, que no deja de ser una memoria que se comparte con el resto del Estado español y que muchas veces tiene una interpretación también en clave progresista. Por el contrario, la memoria del 1714, como hecho fundacional de la construcción nacional catalana, es netamente antiespañola y suficientemente ambigua en clave social para ser compartida por todos. La reacción visceral de CDC/PDC responde, además, al pánico porque perciben que van perdiendo capacidad de generar el relato sobre lo que Cataluña es y tiene que ser y que han manejado desde la Transición”.

Lo simbólico y lo material

No obstante, más allá de las trifulcas internas catalanas, el 'francogate' es también el enésimo episodio de la guerra cultural permanente en la que estamos inmersos, también en el Madrid titiritero y cabalgatero. Batalla en la que Colau tampoco es una presencia inocente: su partido ha entrado gustoso al juego al poner sobre la agenda asuntos simbólicos como la retirada de esculturas borbónicas del consistorio.

Hay una escena de 'El fascista, doña Pura y el follón de la escultura' —la de la reunión política en la que se decide encargar la escultura de Franco— que resume con suma precisión los límites de las guerras culturales como herramientas de transformación social. O el precio a pagar cuando se prioriza lo simbólico sobre lo material. Un tecnócrata franquista pone reparos (sensatos) a gastar el dinero del consistorio en una estatua de Franco y choca con Saza:

— Tenemos necesidades más urgentes, faltan muchas calles por asfaltar, hay que ampliar la escuela.

— Nada hay más urgente que inmortalizar al Caudillo, que acaba de morir. Vamos, digo yo, a no ser que seamos unos rojos de mierda.

— La única manera de pagar el monumento será aplazando la ampliación de la escuela.

— No importa, lo primero es lo primero, y lo primero es el Caudillo… Tratándose de Franco nada de baraturas; él con nosotros nunca fue tacaño.

Pues en estos dilemas políticos seguimos 40 años después. Guerras culturales celtibéricas. 'Show must go on'.

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