Acomplejados por Inglaterra y EEUU: del elitismo liberal al elitismo de izquierdas

La excesiva dependencia de lo anglosajón cambia de bando en un giro irónico

Foto: Protesta de Femen contra Albert Rivera (EFE)
Protesta de Femen contra Albert Rivera (EFE)

Desde hace décadas, quizá la crítica más recurrente que hemos recibido muchos miembros de mi generación que nos dedicamos a escribir o a editar es la de tener una excesiva dependencia de lo anglosajón. En discusiones, seminarios o intercambios de artículos, teníamos que asentir mientras nos recriminaban que nuestro liberalismo, basado en pensadores como John Stuart Mill o Isaiah Berlin, no era más que una forma suave del tradicional clasismo británico.

Muchos novelistas de mi generación también tuvieron que responder a la crítica de estar demasiado influidos por los grandes escritores estadounidenses de la posguerra mundial. A otros -o los mismos- se les acusó de dejarse llevar por la frivolidad de lo que aquí se llamó el “Dream Team” británico (Ian McEwan, Martin Amis, Kazuo Ishiguro) y por los experimentos narrativos de los posmodernos norteamericanos.

Más tarde, llegarían los juicios a la pasión por el rock estadounidense o el pop británico frente a las músicas europeas o latinoamericanas. Y además, nos decían que nuestra visión del mundo y sus conflictos estaba formada por la lectura acrítica de medios como 'The Economist' o la 'New York Review of Books', propagadores del peor neoliberalismo, aunque se tratara de un neoliberalismo bien escrito.

Al menos en mi caso, las críticas por el apego a la tradición anglosajona estaban absolutamente fundamentadas. Era una adhesión a su forma de entender la cultura o las ideas que podía ser un poco ingenua; y tan ridícula que durante una parte nada desdeñable de mi juventud mi idea de veranear fue ir a Londres. Como dice Eduardo Mendoza en su última novela, la mía era “una anglofilia tan infundada como irreversible”.

Imperialismo cultural

Estas críticas no eran absurdas. Y se llevaban produciendo, de hecho, desde la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial y lo que, a partir de entonces, muchos izquierdistas consideraron una brutal americanización de la cultura europea. La cual fue un hecho. Ya en los años sesenta, las protestas estudiantiles de izquierdas en países como Alemania, Italia o Francia estuvieron motivadas en parte por la forma -que los jóvenes consideraban peligrosa y acrítica- en que la Europa continental se parecía cada vez más a Estados Unidos o Inglaterra, con su mayor individualismo, una vocación imperial mal disimulada, un racismo evidente y, en el caso estadounidense, un estado del bienestar más débil.

En mi generación, los motivos de la preocupación de la izquierda por la americanización de la cultura fueron más acusados, aunque distintos. Si para muchos españoles la segunda lengua tradicional había sido el francés, para nosotros sin duda era el inglés; ahora, a diferencia de décadas anteriores, la hegemonía del cine estadounidense era atronadora, y en cierto sentido la Unión Europea y su moneda única se identificaban con un intento de copiar aún más a Estados Unidos. Todo esto parecía una evidencia de la derrota de las singularidades culturales de Europa. Intelectualmente, seguíamos en manos de un imperio. “Imperio light”, lo llamaban algunos liberales anglosajones, o una forma de “diplomacia cultural” que Estados Unidos y Gran Bretaña habían cultivado durante la Guerra Fría y que para entonces ya ni siquiera tenía oposición. Ahí seguía su dominio.

En los sesenta, las protestas estudiantiles de izquierdas estuvieron motivadas por la forma en que la Europa se parecía cada vez más a EEUU o Inglaterra en su vocación imperial mal disimulada

Como digo, todas estas críticas tenían cierto sentido, aunque las aborreciéramos porque nos parecían santurronería izquierdista. Por eso ahora veo con una divertida perplejidad cómo, entre la gente más joven y más de izquierdas que yo, la dependencia intelectual de lo anglosajón, la deferencia y el afán de imitación de sus debates, es absolutamente hegemónica.

Porque en gran medida, lo que esa nueva izquierda está aportando al debate español es la importación de las discusiones que la izquierda está manteniendo en el seno de pequeñas y medianas revistas y en departamentos universitarios de Estados Unidos, sobre todo los relacionados con los estudios culturales. Y también en el periódico de izquierdas más global de nuestro tiempo, el londinense The Guardian, y en las secciones de opinión de The New York Times.

La dependencia intelectual de lo anglosajón, la deferencia y el afán de imitación de sus debates, es absolutamente hegemónica

Nuestro debate sobre el feminismo, el racismo, la apropiación cultural, la corrección política, el cisgénero y el transgénero, los límites del humor o hasta las tendencias en nutrición son una traslación, en ocasiones torpe, del debate anglosajón sobre esos temas. No es que no se trate de discusiones importantes: lo son, y debemos mantenerlas. Pero es asombroso contemplar cómo estas pretenden trasladarse directamente a España desde Estados Unidos o Gran Bretaña, países con composiciones étnicas, religiosas y culturales mucho más plurales y complejas que las nuestras, e historiales migratorios mucho más antiguos y con conflictos distintos. Antes del verano, participé en un congreso sobre las consecuencias de los conflictos de 1968 en el pensamiento feminista, organizado por el departamento de estudios de género de una universidad española. Una proporción importante de los participantes -gente joven y muy inteligente- dedicó la mayor parte de las jornadas a discutir cómo debían aplicarse a la realidad española de 2018 las interseccionalidades de chicanas, latinas, negras o asiático-americanas en las grandes urbes depauperadas de la América de Johnson y Nixon.


No solo se trata de la cultura. Los dos referentes políticos más alabados por la izquierda política española más allá de la socialdemocracia son el estadounidense Bernie Sanders y el británico Jeremy Corbyn. Además, la mayoría de los referentes económicos son anglosajones: el británico Paul Mason y su teoría del poscapitalismo, el también británico Guy Standing y su noción de “precariado”, el estadounidense David Graeber y su historia alternativa de la deuda… Hay excepciones: Yanis Varoufakis, uno de los ídolos políticos de la nueva izquierda, es griego, pero estudió en Gran Bretaña y se ha convertido en una celebrity básicamente porque habla y escribe en inglés. Owen Jones -británico, columnista del Guardian, que en España publica en eldiario.es- es el faro de la izquierda en casi cualquier cosa imaginable.

En el pasado, algunos recibimos críticas por apoyar nuestro elitismo liberal -recuerden que esa palabra equivale más o menos a progresista en Estados Unidos y a centrista en Gran Bretaña- en cierta pasión anglosajona. Ahora, es el elitismo de izquierdas el que busca en la cultura anglosajona sus principales argumentos. No tiene nada de malo. Pero sí resulta algo irónico.

El erizo y el zorro

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