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¿Está desapareciendo la clase obrera?
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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¿Está desapareciendo la clase obrera?

'Los usos del alfabetismo' es un retrato social modélico por su cordialidad y la ausencia de paternalismo en una era en que los sociólogos aún se apoyaban más en su intuición que en las encuestas

Foto: Trabajadores del sector de la construcción. (EFE/Serey)
Trabajadores del sector de la construcción. (EFE/Serey)
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¿En qué consiste ser de clase obrera? A mediados de los años cincuenta del siglo pasado, el sociólogo Richard Hoggart, nacido él mismo en una familia trabajadora con muy pocos recursos de la ciudad industrial de Leeds, en el norte de Inglaterra, se propuso responder a esa pregunta. Y plasmó sus impresiones y descubrimientos en 'Los usos del alfabetismo. Un retrato de la vida de la clase obrera', de 1957, que ahora publica en castellano la editorial Capitán Swing. Lo más sorprendente del libro, además de su sensibilidad, su empatía y el talento literario con que reconstruye la vida cotidiana de las familias trabajadoras, es su increíble utilidad para entender lo que les sucede hoy a las clases trabajadoras de los países ricos.

No porque vivan ni mucho menos igual que en los años cincuenta. Entonces, cuenta Hoggart, las condiciones de vida de las familias trabajadoras británicas habían mejorado mucho respecto a las penosas condiciones en que trabajaban las generaciones anteriores. La fuerza del laborismo les había dado “más poder y más posesiones” y ya no se sentían “miembros de la clase baja”.

Foto: Ken Griffin, fundador del fondo Citadel, en la Conferencia Milken. (Lucy Nicholson/Reuters) Opinión

Su vida era dura y austera, pero decente: “Vivíamos con sencillez la mayor parte de la semana”, recuerda Hoggart. Todos los días, el desayuno era pan con manteca y la cena estofado de carne con verdura. Pero los domingos por la noche tenía lugar la comida más importante de la semana: salmón y frutas de lata. Los tíos y tías de 30 o 40 años ya llevaban dentaduras postizas y tenían juanetes “tras años de ir calzados con zapatos que no eran de su número”. La casa olía a la ropa limpia que se secaba junto al fuego y en el retrete había un ejemplar del periódico sensacionalista 'News of the World' que todo el mundo leía cuando se sentaba en la taza. El dinero era muy, muy justo: había hombres que le daban a su mujer una pequeña parte de su sueldo para luego poder gastar ellos sin miramientos en el pub y otros que se lo daban todo para que ella lo administrara. Pero siempre había que ir con cuidado porque el dinero se acababa.

El padre trabajaba mucho, pero en casa disponía de ciertos privilegios; no se esperaba que ayudara con la limpieza o los niños, pero si lo hacía se consideraba una muestra de que era un buen hombre. La madre siempre estaba completamente desbordada por la casa, los niños y la falta de dinero (el retrato que hace Hoggart de las mujeres de las familias obreras está lleno de cariño, detalles y comprensión). “Se trata en muchos aspectos de una vida buena y agradable, una vida basada en el cariño, el afecto (...) Es compleja y desordenada, y sin embargo sobria: ni recargada, ni coqueta, ni caprichosa, ni ‘feminizada”. Sin embargo, afirma Hoggart, no hay que buscar heroísmo en esa vida, como con frecuencia hacen “los intelectuales de clase media”, que influidos por la literatura buscan siempre pequeños héroes y futuros genios entre la clase obrera. “La visión que tiene de la clase obrera un marxista de clase media suele incorporar” toda clase de errores y malentendidos, añade.

placeholder 'Los usos del alfabetismo'. (Capitán Swing)
'Los usos del alfabetismo'. (Capitán Swing)

Sin embargo, dice Hoggart, algo está cambiando en esa vida obrera. Desde el principio del libro deja claro que su estudio pretende no caer en la idealización o la nostalgia, pero en el análisis que hace de ese cambio sí hay cierta añoranza. Porque el cambio, producido en gran medida por el periodismo de masas, las revistas y los periódicos que circulaban por millones en el Reino Unido de la época, está acabando, cree él, con la cultura obrera. Una cultura sencilla, basada en una manera de hablar peculiar, unas relaciones profundas con el vecindario, el pub. Las virtudes reconocidas eran “ir de cara”, “ser buen vecino”, “ver el lado bueno de las cosas” y “mostrar lealtad”. El progreso había permitido que esas clases obreras se emanciparan “física y materialmente”, y eso formaba parte de su orgullo cultural: al igual que un hombre de clase obrera no sabría desenvolverse en una cena de etiqueta, un hombre de clase alta no tendría ni idea de cómo actuar en un entorno obrero, lo cual era una forma extraña pero apreciable de igualdad en la desigualdad.

Foto: Fotograma: 'Las chicas del cable'.

Pero la cultura de masas estaba destruyendo esa singularidad obrera, dice Hoggart. La tele, la radio, las novelas de consumo no solo estaban generando una sociedad “sin clases”, al ser consumidas por todos los estratos sociales, sino que, lo que era aún más peligroso, estaban induciendo a la clase obrera a un “individualismo hedonista”, un espíritu consumista, que podía acabar con ella en tanto que identidad reconocible y distinta. “Nadie puede dejar de alegrarse de que la mayor parte de las personas de clase obrera tengan en casi todos los aspectos mejor situación económica —dice Hoggart—. Lo que he mostrado, si mi diagnóstico no es errado, es que los cambios culturales aparejados no suponen siempre una mejoría, sino que en algunos de los casos más importantes suponen un empeoramiento”.

La cultura de masas estaba induciendo a la clase obrera a un "individualismo hedonista", un espíritu consumista, que podía acabar con ella

Hoy en día, el cambio cultural que Hoggart percibió es total y, casi seguro, irreversible (y quizás hoy lo veamos con mejores ojos que él en su momento). Sin duda, las diferencias de ingresos entre grupos sociales se mantienen, puede que incluso aumenten, pero la situación general de los trabajadores ha mejorado aún más y poco debe quedar de la 'cultura obrera' que caracterizó a toda una clase social. Algunas personas de mi generación siguen reivindicándola con nostalgia y, seguramente, un cierto rechazo moral a saberse 'culturalmente burguesas'. Pero es posible que ya no haya nada que hacer. La pregunta es si se está desarrollando algo parecido a una cultura propia entre las nuevas clases trabajadoras posindustriales que los demás no somos capaces de ver, o que somos incapaces de ver sin malinterpretarla, como denunciaba Hoggart que hacían los “intelectuales de clase media” con los obreros.

La desaparición de la clase obrera puede interpretarse como una universalización de la mentalidad de clase media o como la pérdida de un reducto de dignidad que tenía valor en sí mismo. Sea como sea, 'Los usos del alfabetismo' es un retrato social modélico por su cordialidad y la ausencia de paternalismo en una era en que los sociólogos aún se apoyaban más en su cultura y su intuición que en las encuestas y los estudios de mercado.

¿En qué consiste ser de clase obrera? A mediados de los años cincuenta del siglo pasado, el sociólogo Richard Hoggart, nacido él mismo en una familia trabajadora con muy pocos recursos de la ciudad industrial de Leeds, en el norte de Inglaterra, se propuso responder a esa pregunta. Y plasmó sus impresiones y descubrimientos en 'Los usos del alfabetismo. Un retrato de la vida de la clase obrera', de 1957, que ahora publica en castellano la editorial Capitán Swing. Lo más sorprendente del libro, además de su sensibilidad, su empatía y el talento literario con que reconstruye la vida cotidiana de las familias trabajadoras, es su increíble utilidad para entender lo que les sucede hoy a las clases trabajadoras de los países ricos.

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