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¿Amor romántico, hetero-normativo y doloroso? ¡Sí, por supuesto, dame más!
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Alberto Olmos

Mala Fama

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¿Amor romántico, hetero-normativo y doloroso? ¡Sí, por supuesto, dame más!

​Las relaciones entre hombres y mujeres siguen siendo tan fascinantes como en el principio de los tiempos

Foto: Dabid Muñoz y Cristina Pedroche se besan en fin de año. (RR.SS.)
Dabid Muñoz y Cristina Pedroche se besan en fin de año. (RR.SS.)

Si usted lee la prensa de vez en cuando, habrá notado que regularmente se da por hecho que el amor ha cambiado en estos tiempos y que, en fin, se ha vuelto fluido, no normativo, líquido o, quizá, gaseoso. Es mentira, por supuesto. La apabullante presencia en medios de todo tipo de juegos florales del sentimiento nos lleva a pensar que no estamos en la onda, que debemos mover ficha, follar de forma más moderna o decir por lo menos -por si cuela- que nuestra relación es "no monógama".

Cada vez que escucho a alguien decir que su relación es no monógama, me aburro. Antes nadie decía que su relación era monógama: se daba por hecho que, si podías, ibas a ser infiel. No ha habido nunca relaciones monolíticamente monógamas, lo único que ha habido es más o menos oportunidades de sucumbir a una monotonía.

La gente anda confundida, buscando amor, buscando variedad, pensándose las ingles y los años. Todas las mujeres casadas están aburridísimas. Todos los hombres casados lo saben. En las revistas se habla de un mundo mejor, poliamoroso y de mucha app, y parece que usted se lo está perdiendo. De pronto, el dulce sufrimiento de toda la vida ya no es suficiente.

Todas las mujeres casadas están aburridísimas. Todos los hombres casados lo saben

Digamos cuanto antes que aquí escribe un fan de toda la teoría sexual y amorosa habida y por haber, y de su práctica desatada. Desde el término 'bicurious', cuyo uso se remonta a mediados de los ochenta, hasta los actuales estados fluidos y no binarios y métrico-decimales, la categorización de lo que unos podemos hacer carnalmente con los otros me ha llegado a apasionar. También yo he sido joven; es decir, idiota.

Demasiado etiquetado

Ahora, sin embargo, no puedo más con tanto etiquetado, tanto packaging afectivo, tanta inflación terminológica, y su consecuencia inmediata: un postureo erótico interminable. Sucede que la gente se propone muy complicada porque ha aprendido a simplificarse con cuatro polisílabos seguidos, volcados del inglés. Por ejemplo: “no binario de género fluido”. ¿Así de simple eres? Después de definirte, según el catálogo de 37 identidades sexuales que ha puesto a tu disposición un triste, sales a la calle ¿y ya está? ¿No puede pasar nada nuevo? ¿No puede suceder que te enamores, como tu abuela, de un cabo furriel? Dado que tu carné auto-expedido excluye a los cabos furrieles, no, no puede pasar eso.

Cada vez que alguien me dice lo que es, sexualmente hablando, y además con gran aplomo y cierta altanería, con una pueril confianza en sí mismo, pienso: ¿se lo digo o no? Y no, no se lo digo. No le digo que hay cosas mucho más complicadas que ser no binario de género fluido o “persona de sexo no ajustado”. Por ejemplo, ser normal.

Sí, amigos, amantes, amados, ser hetero es jodidamente complicado

Sí, amigos, amantes, amados, ser hetero es jodidamente complicado. Como de hecho, sabéis todos. Sin embargo, estos listados, estas nomenclaturas, muchas veces explícitamente, dan a entender que hay una, por lo demás, inmensa mayoría de gente aburridísima a la que, siendo hombre, le gustan las mujeres y, siendo mujer, le gustan los hombres, y que eso, tan tradicional, no tiene mayor secreto ni matiz, como las piedras del camino.

Redescubrir la increíble complejidad de la supuestamente tradicional y supuestamente periclitada relación entre un hombre y una mujer es algo que les recomiendo para cuando tengan una tarde libre. No sólo porque las 37 o 77 categorías acuñadas por un triste en alguna parte del mundo donde llueve están todas ahí, en cualquier relación, así llamada, heteronormativa, sino porque, despreocupados de qué nombre dar a lo que uno hace y siente, fluye naturalmente la corriente central del amor y del sexo, que con gran generosidad les voy a revelar: el dolor.

Habría que recordarle a la gente que puede disfrutar de su vida privada un poco más si consigue no subastarla en Instagram

La aplastante teorización sexoafectiva de la que les hablo no es en definitiva sino una forma aparatosamente ridícula de decirle a la gente que no va a sufrir cuando alguien no le haga caso, cuando alguien se acueste con otro, cuando alguien le deje o cuando esté completamente sola. Vas a sufrir todo el tiempo por muy bonito que te llames.

Eva Illouz ('El fin del amor') ha señalado que estos catálogos, lejos de ser revolucionarios, son en realidad la colección otoño-invierno del individualismo mercadotécnicamente propositivo de nuestro tiempo. Simples 'prêt-à-porter' sentimentales. A lo mejor habría que recordarle a la gente que puede disfrutar de su vida privada un poco más si consigue no subastarla en Instagram.

Definirse sexualmente es lo que hace la gente que ha renunciado a la intimidad. Y definir sexualmente la intimidad de los demás (cisgénero o no sé qué) es lo que hace esa misma gente cuando cree que todos somos tan increíblemente simples como ellos.

Nadie es normal, amigos, todos estamos enamorados. ¿Amor romántico hetero-normativo y doloroso? Sí, por supuesto. Dame más.

Si usted lee la prensa de vez en cuando, habrá notado que regularmente se da por hecho que el amor ha cambiado en estos tiempos y que, en fin, se ha vuelto fluido, no normativo, líquido o, quizá, gaseoso. Es mentira, por supuesto. La apabullante presencia en medios de todo tipo de juegos florales del sentimiento nos lleva a pensar que no estamos en la onda, que debemos mover ficha, follar de forma más moderna o decir por lo menos -por si cuela- que nuestra relación es "no monógama".

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