Una mañana en 1900 o cómo aprendí a jugar al croquet
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Ignacio Peyró

Haga usted gimnasia

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Una mañana en 1900 o cómo aprendí a jugar al croquet

Hay un placer contra el mundo en pasar tres o cuatro horas sin medir las calorías quemadas o subir nuestro kilometraje a la red

placeholder Foto: El croquet, uno de los deportes más asociados a la nobleza. (Reuters)
El croquet, uno de los deportes más asociados a la nobleza. (Reuters)

Surbiton es un pueblo con nombre de utopía urbanística o veneno de Putin, pero —en esta mañana de mayo— parece encarnar toda la santidad del domingo inglés: un silencio denso, una primavera un poco tímida, cordadas de adosados con un Hyundai durmiendo en la puerta y una anciana de apariencia dulce que tal vez, en este mismo instante, hornea un pastel de carne humana con los restos del vecino. Los cronistas siempre han reservado sus peores maldiciones para el tedio —¡así lo llaman!— del domingo inglés, pero, hijo del país que inventó las fiestas rocieras, yo solo puedo bendecir todo minuto que pasa sin más decibelios que los causados por el vuelo de un vencejo. Y estos domingos ingleses, cada uno en su casa y el diablo en la de todos, proclaman la bienaventuranza de los mansos, que aún no han heredado la tierra, pero ya tienen un 'chaletito' con jardín.

Casi todo el mundo se mete a periodista con el sueño de ser reportero e ir a la guerra. Sin ninguna batalla a mano, yo este domingo he ido a un club de croquet. Ya vamos teniendo una edad, y me atraía la idea de un deporte que requiere, de modo expreso, no correr. Un amigo inglés lleva jugando desde niño y siente por el croquet todo el entusiasmo que el croquet puede provocar. Quizá no hay que insistir mucho en que esta afición no genera fenómenos de forofismo; no hay un Jesús Gil del croquet, pero no por eso deja de ser una pasión abrasiva, siquiera sea bajo las formas civilizadas con que el instinto asesino puede agazaparse en un cruce de miradas en un club de 'petit point'. Por suerte, una de las ventajas del espíritu deportivo —que los ingleses han llevado de la vida al deporte, y no al revés— es su manera de relativizar victorias y derrotas, circunstancias ambas que pueden resolverse en el mismo suspiro de un "oh, dear". Desde luego, mi amigo Jim 53 años, medio judío, medio musulmán, gay, con simpatías anglicanas está mucho mejor en su club de croquet de Surbiton de lo que hubiera estado, qué sé yo, en la Basilea de 1516.

Foto: Blewbury Croquet Club, cerca de Oxford (Inglaterra) Opinión

Hay ruidos que adensan el silencio: la respiración de un niño dormido, por ejemplo, o el pasar de una página en una biblioteca vacía. También, aprendo hoy, un golpe —'clac'— de croquet, que nada más salir del Uber me saluda como la promesa de una paz superior, de una primavera que no es de este mundo. "¡Qué maravilla", me digo en un rapto, "la mañana, el domingo, la vida, cuánta belleza! ¡Y no hay que trabajar!". Tengo que recomponerme pronto del éxtasis, sin embargo, porque ya voy tarde. En la entrada, junto a la caseta del club, hay un pequeño grupo de personas, todas con aspecto de haber sido jóvenes en 1967. Yo entro con paso prudente, no piense nadie que he venido a desvalijar los coches. A lo lejos veo a Jim, que está terminando un partido —¿una partida?— con otro amigo, también con pinta de ir a abrazar al Señor pronto, y que nada más verme se retira como si, en efecto, le acabara de pedir cinco mil pesetas. No hay arte más inglés que el de la indiferencia.

Jim me había dicho que Surbiton era un lugar acogedor y relajado, y no uno de estos clubes en los que, haga uno lo que haga, parece que acaba de hacer algo mal. De pronto, sin que lo sepamos, resulta que llevar zapato marrón es condenarse a la irrisión de las gentes, y pedir un 'gin tonic' después de la comida altera el orden establecido de las cosas. Surbiton no es así. En sus siete pistas, con un césped de manicura perfecta, la única norma es llevar suelas planas. Es tradición vestir de blanco, según refrenda Jim, pero solo es requisito en la competición: a mí me apena porque, dado el estado de decaimiento de mis abdominales, vestido de blanco y desde lejos quizá hubiese tenido un aire a Juan XXIII. En todo caso, celebro que entre las particularidades del croquet esté el que se pueda jugar en teba —del mismo modo que también celebro que, ¡por fin!, la teba justifique, si bien 'in extremis', su condición de prenda de 'sport'—. Al final del día no he dejado de plantearme si vestir de blanco quiere ser una rima visual con las canas de los jugadores: parece haber, en el croquet, un problema de reclutamiento de jóvenes, o acaso sea de los pocos ejercicios recomendables cuando ya has superado la tercera angina de pecho. Es halagador, a los cuarenta años, ser todavía una joven promesa para algo que no sea la jubilación anticipada o la diabetes.

placeholder Miembros del club de croquet de  Bamburgh, en mitad de una sesión deportiva. (Reuters)
Miembros del club de croquet de Bamburgh, en mitad de una sesión deportiva. (Reuters)

En la pista no podría haber tenido un maestro más amable, un tutor más dulce, un instructor más paciente que mi amigo Jim, capaz de encontrar un motivo para el ánimo cada vez que, tras el golpeo, mi bola salía del término municipal de Surbiton para ingresar en el de Parla. Y cuando, por puro agotamiento de la estadística, o por el 'digitus Dei' que guiaba el mazo, daba en acertar con una bola, Jim componía el gesto para quedarse parado, boquiabierto del pasmo, como no lo hubiera hecho un profesor de la Comédie Française: "Ignacio, that was so good!". De haberle creído —y estas cosas a la vanidad le gustan; a la vanidad le gustan más las cosas cuanto más tontas son—, parece que yo ya tenía que haber dejado todo otro propósito mundano, centrarme en pulir mi 'stop-shot' y, en unos años, qué sé yo, llegar a campeón del condado de Wiltshire. ¡El cielo es el límite!

Con más realismo, hay que confesarlo: el croquet es adictivo como una serie mala. Sí, casi siempre nos pasamos de frenada y la bola, 'belle dame sans merci', pasa de largo y nos hunde, yarda a yarda, en el pozo negro de nuestra humillación, enfrentados a la realidad de unas manos que, qué le vamos a hacer, tienen la delicadeza de un ramillete de pollas. Y a la vez… ah, a la vez, qué placer, qué súbita alegría, qué borrón de las palagruesas que se nos acumulaban en la boca al fallar, el momento en que la trigonometría se pone de tu parte y cuelas la bola por el arco o, mejor aún, mandas la bola del pobre Jim a cien pies o, en sistema métrico decimal, al quinto infierno. Sí, en los mejores momentos me decía que tantos años extrayendo corchos de Riojas del 64 milímetro a milímetro algo debían de notarse en la sutileza del toque. Las compensaciones de la vida de alguna manera exigen que, si no eres un as del gimnasio, al menos puedas resarcirte con el croquet. Y qué placer, qué enorme placer, pasar la mañana con el mazo dando.

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Es una maravilla añadida del croquet que, mientras otros deportes te exigen el Isostar, el Gatorade o la barrita energética, el croquet te permite alternar un bolazo y un sándwich de salmón, un bolazo y un trago de vino blanco, un cuarto de hora de concentración en el juego y una 'paradinha' para ir a abrir el espumoso. Bendita compatibilidad de la gula y el ejercicio, pero con un 'caveat': al final, quién quiere beber si eso significa que, al golpear la bola, las rectas se te vuelven curvas. En uno de esos apartes, Jim me comentó que, afectados del complejo histórico de no ser el deporte que hubiese elegido para sí Jean Claude Van Damme, los jugadores de croquet han intentado compensarlo con la cerveza como bebida por antonomasia. Nosotros tomamos un poco de vino blanco y como Jim tiene hiperclorhidria Gaviscón a morro.

Es posible que el croquet tenga una barrera insuperable: no hay dignidad capaz humana capaz de resistir la posición del golpeo. Uno no se imagina a Hernán Cortés o al Gran Capitán retratados jugando al croquet sin perder su grandeza y su espanto. Mantener el culo en pompa puede ser útil para ser sujeto paciente del perreo, pero hace muy difícil cualquier pose de gallardía para la posteridad. Imagino que, lejos de pensar en la vida de la fama, el jugador dominguero de croquet simplemente abandona la cancha para irse a cantar himnos anglicanos o recortar los rododendros. Es solo eso, esa intrascendencia. Pero hay un placer contra el mundo en que, en la era de la productividad, podamos pasar tres o cuatro horas sin medir las calorías quemadas o subir nuestro kilometraje a la red. Este lujo era el deporte: ganar el tiempo perdiéndolo.

placeholder Instantánea de un partido de croquet. (Reuters)
Instantánea de un partido de croquet. (Reuters)

Seguramente el croquet no viaja, o viaja mal, o viaja forzado, con la melancolía de quien quiere preparar un desayuno inglés con chorizo frito y no con salchichas Cumberland. Al retirarnos, pasamos un momento por la caseta del club: alguna foto torcida de días soleados, el cuadro de honor —'handicap singles', 'handicap doubles'— del club, una cafetera de filtro con un café ya sospechoso. La paz y la familiaridad de un club. Sobre la mesa hay bandeja con todo un elenco de mermeladas de naranja caseras: cinco-frutas, triple piel, naranja y whisky, y un plato donde dejar el dinero. Tras la ventana, aún veo a un jugador contornearse —verde sobre blanco— mientras sigue con la mirada la trayectoria de la bola. Solo el timbrazo del Uber me convence de que no he pasado la mañana en 1900.

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Jesús Gil
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