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El mito de la imposibilidad del liberal paretiano
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Juan Ramón Rallo

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El mito de la imposibilidad del liberal paretiano

Una vez definimos adecuadamente liberalismo —libertad personal, propiedad privada y autonomía contractual—, la imposibilidad del liberal paretiano se esfuma por entero

Foto: El economista indio Amartya Sen, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. (EFE)
El economista indio Amartya Sen, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. (EFE)

Este próximo viernes, el economista Amartya Sen recibirá el Premio Princesa de Asturias. No pretendo en este artículo hacer una semblanza de las muchas y variadas ideas del Nobel Sen en un campo que me resulta especialmente interesante —la intersección entre la economía y la filosofía—, pero sí querría reflexionar sobre uno de sus argumentos presuntamente más devastadores contra las ideas liberales, a saber, la llamada 'imposibilidad del liberal paretiano'.

La polémica idea que pretendió transmitir Sen en este conocido 'paper' es que resulta imposible ser liberal y paretiano a la vez: no es posible respetar mínimamente la libertad de los individuos (que cada uno de ellos escoja cómo desea vivir su vida) y al mismo tiempo alcanzar la 'optimalidad paretiana' (en el sentido de que si todos los individuos de una sociedad prefieren una opción X sobre una opción Y, entonces la opción X debería prosperar). Ilustrémoslo con el conocido ejemplo que utilizó Sen.

Imaginemos que tenemos un libro erótico —'El amante de Lady Chatterley'— y dos personas —Mojigato y Lascivo—. Mojigato preferiría que nadie leyera el libro (estado del mundo Z), pero a su vez prefiere sacrificarse leyéndolo él (estado del mundo X) a que lo lea Lascivo (estado del mundo Y): por tanto, las preferencias individuales de Mojigato son Z>X>Y. En cambio, para Lascivo, la opción preferida es que Mojigato se expurgue de sus prejuicios y lea el libro, seguida de leerlo él mismo y, por último, de que nadie lo lea: por tanto, las preferencias individuales de Lascivo son X>Y>Z.

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El respeto a la libertad individual de Lascivo requiere que no se le prohíba leer el libro (por tanto, no es posible escoger el estado del mundo Z) y, a su vez, el respeto a la libertad individual de Mojigato requiere que no se le pueda obligar a leer el libro (por tanto, no es posible escoger el estado del mundo X). Si las opciones X y Z no están disponibles (por el principio de respeto a la libertad individual), entonces socialmente deberíamos escoger la opción Y (permitir que Lascivo lea el libro), pero esa opción es subóptima frente a X (que Mojigato lea el libro): recordemos que Lascivo obtiene más placer del hecho de que Mojigato lea el libro que de leerlo él mismo; a su vez, Mojigato preferiría sacrificarse leyendo el libro a cambio de que Lascivo no lo lea. Por tanto, la libertad individual de ambos individuos nos conduce a escoger la opción Y, pero esa opción es socialmente subóptima frente a X: por consiguiente, el liberalismo no nos conduce a la eficiencia.

¿Cuál es el problema del teorema de Sen? Pues que, como ya le indicó el también Nobel James Buchanan, el liberalismo no consiste en que cada persona pueda escoger sobre estados completos del mundo (incluyendo las decisiones que puedan tomar otras personas), sino sobre estados parciales del mundo dentro de los cuales cada persona ejerza un pleno dominio (descentralización de las unidades soberanas). Es precisamente ese control sobre estados parciales del mundo lo que abre la puerta a que dos personas negocien entre ellas y cada una adopte aquellos cambios marginales dentro de sus dominios que le resulten provechosos a la otra parte. O dicho de otro modo, en su descripción del liberalismo, Sen estaba dejando fuera dos piezas fundamentales de la filosofía política liberal: los derechos de propiedad y la libertad contractual.

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La paradoja de Sen se resuelve tan fácilmente como preguntándonos: ¿quién es el propietario del libro 'El amante de Lady Chatterley'? Si Mojigato es el dueño (y suponiendo, claro está, que solo exista una copia del mismo en el mundo o que Mojigato sea dueño de todas las copias potenciales), entonces será Mojigato quien, de acuerdo con el liberalismo, deberá escoger qué hacer con el libro y, dado que su estado del mundo preferido es Z (que nadie lea el libro), nadie leerá el libro: ese estado del mundo será, además, un óptimo de Pareto, puesto que no será posible mejorarlo sin que nadie empeore (pasar de Z a X o de Z a Y empeoraría la situación de Mojigato).

Más interesante es la opción alternativa: que Lascivo sea el dueño del libro (o, al menos, que Mojigato no sea dueño de todas las posibles copias del libro). En tal caso, y de acuerdo con el liberalismo, Lascivo debería tener la opción de escoger si lee o no lee el libro, pero no debería poder imponerle su lectura a Mojigato. Aparentemente, pues, el estado del mundo que prevalecerá en tal caso será Y: Lascivo leerá el libro y Mojigato no lo hará. Mas fijémonos en que el estado del mundo Y es un estado del mundo subóptimo frente a X (que solo Mojigato lo lea), de modo que la asignación del derecho de propiedad del libro a Lascivo nos conduciría, aparentemente, a un nuevo subóptimo paretiano dentro del liberalismo. Pero no: puesto que el otro principio básico del liberalismo es la posibilidad de articular contratos acerca de los derechos de propiedad y de las acciones de otras personas. En este caso, habría un claro espacio para que Mojigato y Lascivo entren en negociaciones: si Lascivo tiene derecho a leer el libro, pero prefiere que lo lea Mojigato a leerlo él mismo (X>Y) y, a su vez, Mojigato prefiere sacrificarse leyendo el libro a cambio de que Lascivo no lo lea (X>Y), entonces Mojigato podría pactar con Lascivo algo tan sencillo como “yo me comprometo a leer el libro a cambio de que tú te comprometas a no leerlo” (un intercambio de una obligación de hacer por una obligación de no hacer). De este modo, pasaríamos del estado subóptimo Y al estado óptimo X (en X, no hay margen de renegociación de modo que alguien mejore sin que otro empeore).

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El liberalismo y el poder
Juan Ramón Rallo

En definitiva, una vez definimos adecuadamente liberalismo —con su tríada de derechos individuales básicos: libertad personal, propiedad privada y autonomía contractual—, la imposibilidad del liberal paretiano se esfuma por entero. De hecho, el artículo de Sen debería servir justamente para lo contrario: para demostrar que un planificador socialista —en ausencia de derechos descentralizados de propiedad privada— no puede alcanzar una asignación eficiente de los recursos respetando la libertad de los individuos. La eficiencia sobre estados finales del mundo que respeten las preferencias dispersas de los agentes solo puede ser definida dentro de un marco institucional en que los derechos de propiedad privada establezcan espacios parciales de dominio para cada individuo.

Este próximo viernes, el economista Amartya Sen recibirá el Premio Princesa de Asturias. No pretendo en este artículo hacer una semblanza de las muchas y variadas ideas del Nobel Sen en un campo que me resulta especialmente interesante —la intersección entre la economía y la filosofía—, pero sí querría reflexionar sobre uno de sus argumentos presuntamente más devastadores contra las ideas liberales, a saber, la llamada 'imposibilidad del liberal paretiano'.

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