Intervencionismo y liberalismo, condenados a entenderse

El liberalismo económico puede definirse, de forma general, como un modelo económico en el que se defiende la libertad de la economía frente a la intervención

Foto: Mural callejero en Berlín con las imágenes de Xi Jinping y Donald Trump, presidentes de China y EEUU
Mural callejero en Berlín con las imágenes de Xi Jinping y Donald Trump, presidentes de China y EEUU
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El liberalismo económico puede definirse, de forma general, como un modelo en el que se defiende la libertad de la economía frente a la intervención del Estado. Se basa en la defensa de la acción individual y su desarrollo, determinando cambios en los que se tendería al crecimiento. Primaría el interés por aquello con mayor potencial o lo más productivo frente a lo obsoleto o no productivo.

Se busca por tanto un mercado libre, sin intervención del Estado, como fórmula principal para alcanzar un desarrollo económico sostenido. Teóricamente los cambios se producirían con rapidez y se conseguiría una optimización continua de la economía. La oferta y la demanda nos llevarían al equilibrio, implicando una eficiente asignación de recursos. La población y su búsqueda de rentas impulsan el crecimiento y aseguran alcanzar puntos de equilibrio al tomar sus decisiones en función de las necesidades sin un Estado que intervenga. El precursor de esta teoría fue Adam Smith, con su ya famosa "mano invisible". Los individuos, al buscar su propio beneficio, llevan la economía a un equilibrio óptimo que también favorece el bienestar social.

El liberalismo alcanzó posiblemente su máxima influencia en la década de los 80 y 90, durante los gobiernos de Ronald Reagan en EEUU y Margaret Thatcher, a través de las llamadas políticas neoliberales que abogan por la desregulación como impulso del crecimiento. El desarrollo del libre comercio, el aprovechamiento de las ventajas competitivas de cada sociedad y la globalización, son áreas típicas de este pensamiento económico que considera que la intervención del Estado debe ser prácticamente nula, tan solo deben favorecer la fortaleza del Estado de derecho, para dar soporte al crecimiento dentro de un marco legal estable.

La gran crítica a este pensamiento siempre ha sido que puede causar determinadas situaciones sociales no deseables. Pese a que haya, teóricamente, igualdad de oportunidades, el sistema podría echar a aquellos que se encuentran en situaciones de desventaja. Si bien el liberalismo entiende que el crecimiento y la optimización de recursos permite que la sociedad de bienestar se desarrolle y se mantengan.

El intervencionismo económico aboga por una participación activa y constante del Estado. El sector público se impondría sobre el sector privado de forma que es el Estado el que determina la actividad económica, sus bases y regula la misma. Con ello se supone que mantiene un control y se decidirá qué es lo mejor para la sociedad, independientemente del mercado.

En los últimos años, y realmente a lo largo de la historia económica, el intervencionismo siempre ha existido y su componente social ha sido clave en el desarrollo de la sociedad tal y como la conocemos ahora. Regulación, políticas monetarias y políticas fiscales son medidas utilizadas en los países occidentales para tener un control sobre la economía. Recordemos, sin ir muy lejos, las políticas adoptadas en la actual crisis así como las creadas desde la crisis financiera del 2008.

Tanto un pensamiento como el otro, llevados al extremo, pueden provocar situaciones de evidente riesgo económico. Cada vez tiene menos sentido no entenderlas como complementarias y, sinceramente, esta complementariedad, que ya existe y ha existido, ha llegado un momento que se ha de potenciar. Mejor dicho, se está potenciando y nos está llevando a una de las mayores macrotendencias que hemos visto en los últimos años.

La necesidad de mantener la confianza en la economía ha llevado a los bancos centrales a tomar medidas nunca vistas que hacen que las tasas de interés sigan excepcionalmente bajas pretendiendo que, si se consigue mantener la confianza, sigan así durante el periodo de tiempo que sea necesario. Las políticas fiscales adoptadas por los gobiernos han ido también en la dirección de dar soporte y confianza en la economía.

La gran diferencia se está produciendo ahora; junto a las políticas monetarias y fiscales de Gobiernos y bancos centrales que podríamos decir son intervencionistas, estamos viendo nuevas políticas que unen, pese a ser paradójico, intervencionismo y liberalismo. Es más, lo lógico es ver ambas políticas conviviendo con un sesgo hacia la una o hacia la otra dependiendo de la situación en la que nos encontremos. En este sentido, una de las posibles soluciones económicas que se quiere dar a la crisis actual, probablemente la más adecuada, está en el uso de las dos políticas de manera coordinada, convirtiéndolas en complementarias.

Por un lado tenemos las medidas tomadas que permiten la circulación de la liquidez y crean las bases de la confianza. Por otro lado, las políticas fiscales, en este caso optimizadas, apoyando la aceleración y crecimiento de los sectores mejor posicionados, favoreciendo los mismos con apoyo económico, pero sobre todo favoreciendo en algunos casos la desregulación y en otros una regulación positiva para que lideren el crecimiento desde la iniciativa privada. Se está cimentando el camino y se quiere fundamentar el mismo en los cambios estructurales que se han venido produciendo y en los sectores que los liderarán.

A todas ellas se unen ahora políticas de corte liberal. Hasta ahora, se ha intentado seguir un camino en el que todos pudiéramos mantener cierta estabilidad pese a la falta de productividad y/o crecimiento. En esta ocasión se potenciarán los procesos de consolidación y optimización para adaptar los diferentes sectores a las nuevas necesidades de la economía.

La aceleración del desarrollo de determinados sectores productivos y la potenciación de los cambios, deberían acelerar también el conjunto del proceso llegando antes a la salida y, generando un mayor potencial a futuro. Serán fases volátiles, no están exentas de riesgo, ya que todo puede fallar. Políticamente los intereses pueden ser contrarios y conllevar ruido pero, económicamente, un intervencionismo que dé confianza y permita un marco estable unido a políticas liberales de crecimiento, enfocadas en aquellos que realmente puedan liderar el mismo favorecerá también el cambio de aquellos que deban adaptarse a esta nueva economía.

Visión Alternativa
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