Trump malo, Sánchez bueno: otras 4 palabras con trampa
Hay trampa en las cuatro palabras de la pancarta de la izquierda desalentada: "No a la guerra". Y también en las que Sánchez se ofrece como némesis de Trump
El presidente de EEUU, Donald Trump. (EFE/Octavio Guzmán)
En su irremediable arrogancia Trump ofende porque quiere y puede. De sus vomitonas contra España -incapaz de distinguirla de su Gobierno-, la más humillante nos asocia a un país de perdedores. gente de bajo rendimiento sin nada que ofrecer. "Nada que nosotros necesitemos", dice el cabestro. Eso duele más que nuestro nivel de fiabilidad como aliados. Duele su desenfada forma de despreciarnos al no disponer de nada que pudiera reforzarle en su papel de matón del barrio global.
En los concertados planes de USA e Israel, nuestra aportación son las bases de Rota y Morón, despensas energéticas de apoyo a barcos y aviones norteamericanos. Pero el presidente el Gobierno español, Pedro Sánchez, vetó el uso de las bases para usos no estrictamente defensivos, aunque luego, por evitar males mayores, colocó en los circuitos su "admiración" por EE. UU. y su "respeto" por su "presidencia".
Menos complaciente había estado en su monólogo institucional del miércoles. Entonces lo argumentó en solo cuatro palabras: "No a la guerra". Tiene razón. Pero también la tenía Servet y acabó en la hoguera. No se trata de eso. Por imperativo de los tiempos que corren, marcados por relaciones de fuerza a escala planetaria, en política no cotiza la virtud o la búsqueda entre la niebla del lado correcto de la historia.
Desasirse de la cordada de países que encabeza EE. UU., jugar a ser la némesis de Trump o reñirle porque "ha cometido un error" no impide que la economía española pierda dos décimas de PIB y la inflación supere el 3%, según anuncia Funcas sobre los efectos del conflicto en Oriente Medio. Si se está en la irrelevancia, mejor no significarse para no correr el riesgo de que Turquía agradezca la puntería de una batería antimisiles de Margarita Robles con una oferta de implantes de pelo gratis a los españoles.
De acuerdo con el componente moral del discurso de Sánchez. No con la falta del realismo exigido a un gobernante
Vale el pacifismo como autoexigencia moral de cualquier persona. Mejor si es un líder religioso, como León XIV, cuyas armas son los Diez Mandamientos y el Sermón de la Montaña. Eso no hace daño. Pero en boca de un gobernante, aquí y ahora, en un mundo regido por la ley del más fuerte, el pacifismo puede traer "cosas malas", como diría Trump. Desmarcarse en esas condiciones de la partitura impuesta por el más fuerte y el más imprevisible, me parece temerario. Y decirlo a título personal es suerte que tenemos quienes no somos presidentes de Gobierno.
¿Quién va a estar en contra de las apelaciones de Sánchez al derecho internacional, el dialogo, las soluciones diplomáticas y la apuesta por una desescalada en la guerra contra Irán del tándem Trump-Netanyahu? Eso no equivale a simpatizar con la cruel dictadura de los ayatolás en la nación persa. De acuerdo con el componente moral de ese discurso. En desacuerdo con la falta del realismo exigido a un gobernante cuando su ciudadanía se expone a problemas derivados de un mundo gobernado por ese chulo de barrio que recuerda al mono de la cuchilla.
La guerra no trae más que desgracias. Cierto. Sobre todo, a los perdedores. "España es una perdedora", según Trump. Y en un mundo donde manda la razón de la fuerza, y no la fuerza de la razón, sería más prudente taparse y no poner en peligro vidas y haciendas solo porque Sánchez, quiere motivar a quienes alzan con renovado entusiasmo la pancarta del "No a la guerra". Cuatro palabras con trampa. Como las otras cuatro del cantable ideado por los teólogos de la Moncloa: "Trump malo, Sánchez bueno". Venga ya, hombre.
En su irremediable arrogancia Trump ofende porque quiere y puede. De sus vomitonas contra España -incapaz de distinguirla de su Gobierno-, la más humillante nos asocia a un país de perdedores. gente de bajo rendimiento sin nada que ofrecer. "Nada que nosotros necesitemos", dice el cabestro. Eso duele más que nuestro nivel de fiabilidad como aliados. Duele su desenfada forma de despreciarnos al no disponer de nada que pudiera reforzarle en su papel de matón del barrio global.