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Espetos y champán francés
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Mariano Vergara

Al sur del sur

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Espetos y champán francés

Daniel y Jane han venido de Madrid expresamente a celebrar su aniversario con un amigo, junto al mar. Son unas personas maravillosas. Y saben reír a carcajadas, como reímos en el sur

Foto: La terraza del balneario de Baños del Carmen. (EFE/Jorge Zapata)
La terraza del balneario de Baños del Carmen. (EFE/Jorge Zapata)
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Málaga es una ciudad tan versátil y tan elegantemente incongruente que el título de estas líneas no es surrealista, ni siquiera irreal. Es lo que he comido hoy a mediodía. Y puedo asegurar que ha sido una delicia. Me explico. Imaginen una mesa literalmente en la orilla, hasta el punto de que las olas pequeñas, que hacen que nuestro mar no parezca un lago, salpican levemente el mantel blanco que cubre la mesa, sobre la que descansa una fuente de plateadas sardinas asadas como hace dos mil años, en los mismos lugares y por parecidas personas. A la mesa un matrimonio amigo del alma, que cumplen cuarenta y siete años de feliz matrimonio, porque el amor sigue existiendo, a lo que pienso que ayuda la sólida formación intelectual, que ayuda a sobrellevar con paciencia las flaquezas del prójimo. Una cuba de hielo con una botella de champán francés, que al fin y al cabo no es más que un maravilloso vino blanco, cuyas botellas los monjes empezaron a girar pacientemente hace mil años y descubrieron el maravilloso mundo de las burbujas. Brindamos por su felicidad, el futuro y una larga vida plena y feliz.

placeholder Una ola rompe en los Baños del Carmen en un día de temporal. (EFE/Jorge Zapata)
Una ola rompe en los Baños del Carmen en un día de temporal. (EFE/Jorge Zapata)

Todo es sureño, todo es mediterráneo, todo es clásico, todo tiene tonos dorados, plateados, blancos y azules, todo tiene un cierto aire de ensoñación, todo se mide por miles de años, haciendo las cosas de la misma manera, pacientemente, sin prisas, con la lentitud que otorga la sabiduría. Unos barcos de guerra aparecen en el horizonte. Nos reímos porque comento si serán ya los rusos. Un camarero marroquí nos explica en un momento la crisis de Ucrania y el escudo ruso a través de los chechenos. La terraza está cubierta de lonas blancas que sujetan viejas columnas de mármol, con el añadido de algunas simuladas. Al fondo observo un trozo del ancho fuste de una columna estriada, que yace abandonada en una esquina. Como en cualquier lugar de este mar. Hablamos de arte, de la necesidad de sentirse libre a estas alturas de la vida, de la relatividad de todo, de Londres y Bond Street y un hijo que ha escrito un libro, de Málaga, de Francia, de Madrid, del Prado como comedor improvisado, de música y convenimos que nadie como Bach.

Foto: Vista del hotel diseñado por Moneo. (M. V.) Opinión

Hace una deliciosa temperatura, corre la brisa marina, que riza levemente el mar. Podría decirse en este momento que estamos ante la gran belleza, o filosofar sobre la alegría de vivir, o que la vida es bella. No hace falta comentar la evidencia de la felicidad del rato que estamos pasando. Recibo unos wasaps de otra familia amiga y culta en la que conviven la música y el ballet, que me mandan fotografías de sus vacaciones en la Umbria italiana, desde el añorado Todi y su fastuosa basílica de Bramante, tan bizantina. En el Mediterráneo, de Algeciras a Estambul, las distancias se acortan por la belleza común, por la forma de vida similar, en la que reinan las aceitunas, el pulpo frito, el queso tierno y fresco de cabra, el aceite verde oscuro, el pescado asado en las llamas de una playa de pequeños guijarros, nuestro mundo, en el que nacieron tantas cosas y tantos sabios y tantas corrientes filosóficas y de pensamiento, hasta Cicerón del que acabo de charlar por teléfono con mi amigo el cura.

Foto: Vista del castillo de Santa Catalina. (M. V.) Opinión

La terraza está en el Balneario, antes llamado Baños del Carmen, por la Virgen marinera, que seguramente será el trasunto de alguna diosa griega, trasplantada a Roma y luego diseminado su culto por el imperio a través del mar en el que el dieciséis de julio los marineros, los marengos, los que viven en la playa del Palo y las Acacias y toda la costa, se meten en el agua hasta la cintura, en una especie de catarsis colectiva, portando la imagen a la que veneran desde chicos, aunque sean ateos, porque llevan generaciones transmitiendo su culto y respeto y amor a esa señora que a lo mejor los protege en una tempestad. El Balneario es un lugar mágico, desvencijado, de columnas partidas a veces por la furia de las olas que combaten ferozmente los días de temporal de levante, cuando el agua llega hasta el interior de un gran salón de suelo ajedrezado en mármol blanco y negro, con ventiladores en el techo y cortinas blancas, que tienen aire habanero y parecen esperar la voz de la Pradera cantando aquello de “Desde que estuve, niño, en La Habana…” El Balneario necesita limpieza y restauración y adecentamiento y hasta reconstrucción. Pero sin pasarse, porque un exceso de arreglo, siempre lleva a la eliminación del aire decadente tan necesario para la belleza como la pátina de las obras de arte, que tampoco hay que confundir con la suciedad. El término medio siempre es lo más conveniente. La justa medida sin exageración.

placeholder Una mujer realiza acrobacias al amanecer en los Baños del Carmen. (EFE/Jorge Zapata)
Una mujer realiza acrobacias al amanecer en los Baños del Carmen. (EFE/Jorge Zapata)

Málaga vive un momento en el que se hacen muchas cosas, se llevan a cabo muchos planes, es una ciudad tremendamente viva, algo escandalosa y vocinglera, necesitada de terminar y acabar muchas cosas que llevan siglos esperando pacientemente el santo advenimiento del orden y el concierto. Pero cuando se hacen muchas cosas, se acierta a veces y otras no. Cuando se acierta la vida merece la pena ser vivida. Antes de comer he estado de nuevo en el Museo del Vidrio, intentando comprender muchas cosas que necesito entender para emprender un proyecto. La fragilidad del cristal ha entrado en mi vida y la belleza del tallo interminable de una copa airosa y esbelta, que refleja el negro de las columnas del patio constituye en ese momento el culmen de la civilización. Pero es un asunto muy serio enlazar la visión de los cipreses del jardín interior del museo, entre los que asoman las bellísimas torres esgrafiadas de la iglesia de San Felipe Neri, de planta oval para que la música sacra suene como les gusta a los arcángeles, con las columnas del Balneario, tras las cuales asoma el bosque de eucaliptos junto al mar, en el que antes, mucho antes, se celebraban las Fiestas de Invierno y mis padres me llevaban a los concursos hípicos, a los conciertos y al ballet. Mis padres eran unas personas realmente hermosas, por dentro y por fuera.

Foto: Una pareja conversa en el Puerto de Málaga. (EFE/Daniel Pérez) Opinión

Daniel y Jane han venido de Madrid expresamente a celebrar su aniversario con un amigo, junto al mar, comiendo espetos de sardinas y bebiendo champan francés. Ya están de vuelta en su hogar. Y lo hacen porque son cultos, civilizados, artistas, apasionados, soñadores, creadores, amables, divertidos, realmente, unas personas maravillosas. Y saben reír a carcajadas. Como reímos en el sur.

Málaga es una ciudad tan versátil y tan elegantemente incongruente que el título de estas líneas no es surrealista, ni siquiera irreal. Es lo que he comido hoy a mediodía. Y puedo asegurar que ha sido una delicia. Me explico. Imaginen una mesa literalmente en la orilla, hasta el punto de que las olas pequeñas, que hacen que nuestro mar no parezca un lago, salpican levemente el mantel blanco que cubre la mesa, sobre la que descansa una fuente de plateadas sardinas asadas como hace dos mil años, en los mismos lugares y por parecidas personas. A la mesa un matrimonio amigo del alma, que cumplen cuarenta y siete años de feliz matrimonio, porque el amor sigue existiendo, a lo que pienso que ayuda la sólida formación intelectual, que ayuda a sobrellevar con paciencia las flaquezas del prójimo. Una cuba de hielo con una botella de champán francés, que al fin y al cabo no es más que un maravilloso vino blanco, cuyas botellas los monjes empezaron a girar pacientemente hace mil años y descubrieron el maravilloso mundo de las burbujas. Brindamos por su felicidad, el futuro y una larga vida plena y feliz.

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