¿Bipartidismo? Sánchez elige líder de la oposición

La ronda de visitas esta semana evidenció que Casado y Rivera urgen una suerte de atención antagonista por parte del presidente

Foto: Los cuatro líderes de los principales partidos en uno de los debates anteriores a las elecciones generales. (EFE)
Los cuatro líderes de los principales partidos en uno de los debates anteriores a las elecciones generales. (EFE)

Cuando Mariano Rajoy fracturó el brazo al PSOE en la traumática abstención para su investidura de 2016, el expresidente trazó —perspicaz— el sino de su rival político: "Dependerá de lo que hagamos entre todos en adelante". En adelante, Rajoy buscó una 'gran coalición' con el PSOE por la puerta de atrás para reflotar el bipartidismo y apartar a Podemos y Ciudadanos. Y en adelante, el liderazgo de la oposición no se dirimirá —solo— por la lucha fratricida de Pablo Casado y Albert Rivera. Sánchez será decisivo en la pugna de sus adversarios, desde su laureada butaca de cuatro años en Moncloa.

Pues la ronda de visitas esta semana evidenció que Casado y Rivera urgen una suerte de atención antagonista por parte del presidente. 'Aquí, yo, a mí primero…' Porque paradójicamente, lo sólido para la oposición en adelante será atraer y repeler —como un imán— a un PSOE inamovible. No bastará con ser el opositor más duro; se requerirá foco y cierta sujeción del Gobierno. "Lo único estable será Sánchez. El resto de partidos sufrirán congresos, liderazgos cuestionados…" prevé un colaborador del jefe del Ejecutivo. Por eso, a PP y Cs les convienen pactos de Estado, por la visibilidad que suponen, pero sin pisar el freno.

La duda es si al socialismo le interesa una 'Operación Bipartidismo'. Con un PSOE roto en 2016, el PP cedió a la gestora de Javier Fernández leyes sociales (pobreza energética, subida del salario mínimo…) para frenar el acecho de Podemos. "Pero no fue gratis. ¿Qué aportamos nosotros? Estabilidad", replica un dirigente de Ferraz. Los socialistas tuvieron que aprobar un techo de gasto y de déficit a Rajoy, ante las necesidades de las 7 autonomías de Díaz, Page, Vara, Lambán... Ello se esfumó con la vuelta de Sánchez. Se recuperó para pactar el 155 y dejar al margen, otra vez, a Rivera.

¿Y qué podría obtener ahora el PSOE elevando a un PP "descalabrado"? La relación de Sánchez y Rivera no parece boyante, pero eso no sería motivo serio (o suficiente). Se podría apelar al sentido de Estado del socialismo frente al otrora gran partido de la derecha. Pero seguirían faltando contrapartidas. Quizás ayudaría el giro dulce de Casado. O el hecho de que el PP ya ande más bajo el liderazgo espiritual de Feijóo y Ana Pastor, que de su presidente elegido. Eso únicamente evidenciaría que el marianismo resiste entre bambalinas. A lo mejor solo Sánchez vislumbraría su propia supervivencia.

Sucede que avivando el agravio comparativo entre PP y Cs, el PSOE se mantendría en un lugar privilegiado, centrista. Sería la misma fórmula de la lucha suma-cero a la derecha que le ha permitido ganar las elecciones. Una forma de llevarse a cabo podría ser impulsando políticas y reformas estatales que afectan a agentes clave como las comunidades autónomas. Plan de agua, reforma de la financiación… que estuvieron antes en el punto de mira de Rajoy y PSOE. Ello daría al PP un lugar preferente y al socialismo, más perfil de Estado (aunque no lleguen luego a punto de encuentro). Según las encuestas, el mapa de autonomías tras el 26-M podría ser de mayoría socialista y una minoría del PP.

El problema para Rivera sería que en la mayoría de esos hipotéticos pactos, no ostentaría visibilidad, al no ocupar las presidencias

El problema para Rivera sería que, en la mayoría de esos hipotéticos pactos no ostentaría visibilidad, al no ocupar las presidencias. Es decir, que en una Conferencia de presidentes autonómicos no saldrían en la ansiada foto. Ahora bien, Cs sí puede lograr tras el 26-M presencia en gobiernos con PP y PSOE como Extremadura, Castilla y León, Murcia, La Rioja, o incluso, gobernar un bastión clave como es Madrid, además de varios ayuntamientos. Sin contar Andalucía. Eso le debería obligar desplegar tejido orgánico, si es que en realidad aspira a liderar el centroderecha.

El interrogante es de qué forma ciertos gestos serían salvavidas de los populares. Antes del giro aznarista, la intención inicial de Casado en agosto de 2018 fue que PP y PSOE se entendieran en materias como la política migratoria de España. Pero el destino de su liderazgo es ya incierto. Lo que sí perdurará son los barones populares que aspiran a que su partido recupere el perfil estadista. Sin llegar a ser muleta de la izquierda, naturalmente, porque Cs estará acechante. La duda es si es posible que el PP remonte: la pujanza real del PSOE fue, a la postre, mérito del darwinismo sanchista.

Aunque cuatro años son muy largos, en adelante, en la oposición puede pasar de todo, entre todos. La geometría variable permite eso: jugar con los adversarios a base de contrapesos para erigirse cual hiperpresidente.

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