Salvar al soldado Casado (o una 'derecha social')

Preparando el terreno para lo peor, sólo les salvará un resultado digno, fruto del tejido territorial del Partido Popular

Foto: El presidente nacional del Partido Popular, Pablo Casado. (EFE)
El presidente nacional del Partido Popular, Pablo Casado. (EFE)

Charlaba esta semana con alguien del PP sobre la campaña municipal, cuando de pronto, me deslizó: “Como si fuese socialista lo que voy a decir…”. Lo que glosó después fue el relato –descorazonador– del horror de miles de cargos públicos, regionales y locales, tras la brutal crisis de 2008. Familias enteras desahuciadas. Vecinos que no llegaban para pagar la calefacción, ni la luz. Por eso, ya en 2014 ciertos alcaldes y autonomías ­–incluido PP– acordaron con las eléctricas impedir los cortes. Y cómo son las cosas: que si Casado resiste tras el 26-M, deberá agradecérselo al músculo territorial de esa ‘derecha social’ que obvió el 28-A.

La obvió alguna antena incapaz de acompasar la táctica de Génova 13 con esa España real. Muestra es que Casado ni olió el carácter del país que aspira a gobernar. Ni revancha, ni volver atrás. Pero no: regreso al aborto de 1985, exclusión de la manifestación por el 8-M, bajar el salario mínimo… Y vamos, que no nos supera Abascal. Una pérdida de comprensión sobre una sociedad donde denunciar la presunta “dictadura progresista” no da más de 24 escaños (Vox). A la postre, lo que existe en España quizás no sean “complejos”, si no civilización. Ciudadanos, que no impugnó nada de lo anterior, creció hasta los 57 escaños mientras el PP se hundió.

Y vaya si se lo cobran a Casado este 26-M. Desautorizado de fondo, entre quienes desean que visite poco su comunidad, y quienes esconden las siglas del cartel. Los españoles estarán recordando ya que había un partido sólido y empático, sí, tras el festival diario ofrecido por Génova 13. El flamante lema popular –“Hay partido” – sirve más ya de catarsis interna que exterior. Hay partido más allá de los estruendos mediáticos y los fichajes frívolos. Hay partido –incluso– más allá de la excepción que supone Madrid. Y en palabras de un asombrado concejal: “Aquí hay mucho politiqueo, otros venimos de gestionar problemas diarios al lado de los ciudadanos”.

Tanto así, que de ese otro ‘partido’ emanan ya perfiles como Cuca Gamarra para devolver la sensibilidad a la dirección popular. La alcaldesa de Logroño es vicepresidenta de la Federación Española de Municipios y toma las riendas de la campaña, de tú a tú. Conoce mejor que ciertos advenedizos que susurran al oído del líder las ansias del ciudadano de a pie. Y por qué no. Es una firme “feminista liberal”. Lejos de la burbuja conservadora y aguirrista que envuelve a Casado en su gabinete, haría bien en compensar la ausencia de los tecnócratas de Rajoy que Aguirre llamaba “socialdemócratas”.

Sucede que el nuevo PP ha perdido en pocos meses la pátina de ‘partido de la clase trabajadora’, de la que gozó en el pasado –con Aznar y con Rajoy. Las políticas liberales –sumadas a la ingravidad de ciertos fichajes– en un país con una desigualdad juvenil creciente, no seducen a quienes empiezan una vida. Lo ha cazado Rivera: arrancará la legislatura con una Ley de ayudas a las familias monoparentales y numerosas. El PP lo hará con una Ley Antiokupas, para expulsarlos en 12-14 horas. Sólo hay una oportunidad para causar una buena primera impresión. Cs triunfa entre familias jóvenes; el PP, de electorado envejecido y menguante, no.

Perdida esa opción, a Casado aún le quedará desvelar el perfil de su portavoz al Congreso. Cayetana Álvarez de Toledo estaba llamada a ser el cerebro ideológico de este PP. Pero si de verdad Casado aspira al centro, los cambios se deberán notar desde la designación de la segunda cara más visible en el Grupo Popular. Ese será un escaparate principal de 4 años. Y de momento, empieza regular, con la renuncia del que debía ser el economista liberal y de cabecera del partido, Daniel Lacalle. Una metáfora de la debilidad del proyecto político, o su “escaso compromiso”, según ciertos exdiputados curtidos en la gestión.

Pero el test definitivo será el domingo. La Comunidad de Madrid es el emblema de las súper mayorías y esplendor del PP. Perder ese bastión supondrá un grave golpe de efecto para la condición aguirrista del proyecto casadista, con su ungida Ayuso al frente. Como confesaba un colaborador cercano a Sánchez: “Cuando nosotros no estuvimos en el Gobierno, teníamos Andalucía para resistir”. Quizás el temor explique ya el repentino alud de informaciones procedentes de Génova sobre que la campaña del 28-A fue “un acierto”. Preparando el terreno para lo peor, sólo les salvará un resultado digno, fruto del tejido territorial del Partido Popular.

Quizás entonces alguien considere que la salvación del soldado Casado tenga más que ver con un PP de renovada sensibilidad, que escuche menos a ciertos altavoces mediáticos, y más, a los pálpitos de esa, su 'derecha social'.

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