Pablo Casado, el PP no tiene líder para llegar a Moncloa

Pasa que el PP tiene partido, el PP tendrá un caldo de cultivo social, pero al PP le falta lo más importante: un líder. Lo saben bien los consejeros áulicos de Sánchez

Foto: El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, durante su intervención en el pleno de control al Ejecutivo. (EFE)
El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, durante su intervención en el pleno de control al Ejecutivo. (EFE)

Pablo Casado parece en búsqueda constante de un liderazgo que todavía no tiene al frente del primer partido de la derecha en España, como deslizan varias de sus imágenes estos días ante la crisis del covid–19. Fotos en blanco y negro en un baño convertidas en meme, fotos con ovejas en el campo... y hasta un vídeo donde parece implorar a Pedro Sánchez que no le obvie con el estado de alarma, algo que rinde cuenta de esa errática exploración como líder en una situación social y económica crucial para el Partido Popular y para España.

Pasa que el PP no se puede permitir la ingravidez de Casado, a la luz de los seísmos que se dibujan en el tablero político. Según la encuesta del GESOP, mientras varios presidentes europeos se refuerzan ante la pandemia, no sucedía así con Sánchez al menos en marzo, el punto álgido de la crisis. Es una proyección demasiado prematura y temprana, queda gestión por delante, pero la posibilidad de pisar los talones a la izquierda, o de disputarle la Moncloa en unos años, suena demasiado golosa en Génova y se han empezado a notar sus efectos.

Ello explicaría por qué el PP ha empezado a arrastrar los pies con los pactos de reconstrucción en el Congreso. Se apreció en el pleno del miércoles, y se hizo evidente al constituirse la comisión exigida por el PP, que de hecho, nace muerta haciendo honor a aquella máxima: "Si quieres que un tema se enquiste sin solución, mételo en una comisión". Mediante una especie de filibusterismo silencioso, los populares piden ahora usar ese espacio para investigar al Gobierno, lo que equivale a pensar que el acuerdo se diluye en el horizonte.

Tampoco es que Sánchez haya remado más esta semana por el acuerdo, pese a la estrategia desplegada por los barones socialistas en las diferentes Comunidades Autónomas —como aquí se explicó sobre la ‘Nueva Normalidad’ política— con un Pablo Iglesias que dificulta cualquier acercamiento entre PP y PSOE.

Sin embargo, parece que en el PP se imponen ya las tesis de los que quieren "heredar" la Moncloa, fiándolo todo a una crisis de caballo que noquee al Ejecutivo de Sánchez. El "que caiga España que ya la levantamos nosotros" de 2010 colea de nuevo en la política española, frente al marasmo económico que anunció la ministra Nadia Calviño el viernes con el dato escalofriante del 20% de paro. Pero heredar tiene sus costes, y la penitencia de Rajoy fue que no pudo aplicar programa, solo recortes y hundirse con la crisis soberanista catalana.

Pasa que el PP tiene partido, el PP tendrá un caldo de cultivo social, pero le falta lo más importante: un líder

Sin embargo, la derecha vive tan enquistada en ese marco mental de que son la alternativa al desastre económico, y no una opción de gobierno en sí misma, que hasta Vox reivindica un gobierno de concentración tecnocrático. Cada semana, además, el PP pierde la oportunidad en el Congreso de explicar a los ciudadanos cuál sería su modelo de gestión, deshaciéndose en críticas constantes contra el Ejecutivo, como si solo aspiraran a recoger los pedazos de lo que haga mal este gobierno, y arriesgándose a ser penalizados por ello.

Pasa que el PP tiene partido, el PP tendrá un caldo de cultivo social, pero le falta lo más importante: un líder. Lo saben bien los consejeros áulicos de Sánchez, que CIS tras CIS susurraban la valoración del líder socialista, y lo mal parado que salía Casado. Porque en definitiva, la concepción presidencialista de la política se mantiene viva en la psique colectiva española, por mucho multipartidismo que esté imperante, y cualquier liderazgo pasa por demostrar hechura y solidez, un proyecto real, autoridad y dar confianza a los ciudadanos.

El resultado es que Casado no encuentra en esta crisis cómo imprimir su sello, a diferencia de Isabel Díaz Ayuso, que fascina a la derecha por sus choques con Moncloa, mientras el votante más moderado encuentra refugio en la figura responsable de Alberto Núñez Feijóo. Pero Casado ha parecido este tiempo más el gestor de su reino de taifas autonómico, que el presidente del PP, yendo por detrás de sus barones, y sin saber ni siquiera vender sus acciones responsables, como el apoyo al estado de alarma a Sánchez en tres ocasiones.

Y todo ello mientras hace gala en las redes de la debilidad que supone que Sánchez le ignore. No repara el presidente del PP en que obviarle es también una forma de evitar que se proyecte ante los ciudadanos como la alternativa. El problema en Casado es querer agradar a todos, cuando la realidad es que ningún presidente ha ascendido al Olimpo sobre algodones, si no sobre una estela política convulsa de espinas. Cuando la realidad es que con su estrategia errante, no se sabe si confronta o coopera, su liderazgo sigue igual de desdibujado que antes de la crisis del covid-19.

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