Si Pablo Casado pincha en Euskadi y Galicia

Si Casado pincha en las elecciones de Euskadi y Galicia será la prueba de que necesita revisar de forma urgente su visión de España al frente del principal partido de la derecha

Foto: El líder del PP, Pablo Casado, en el Congreso. (EFE)
El líder del PP, Pablo Casado, en el Congreso. (EFE)
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Si Pablo Casado pincha en las elecciones de Euskadi y Galicia será la prueba de que el líder del Partido Popular necesita revisar de forma urgente su visión de España al frente del principal partido de la derecha. Hasta ahora, Casado proyectaba en el PP nacional una especie de concepción madridcéntrica de la política y del Estado, haciendo de la presidenta Isabel Díaz Ayuso su principal —y casi única— baza política. Pero el resultado que arrojan los sondeos para ambas comunidades obliga a Casado a reflexionar sobre una cierta estrechez en su comprensión territorial.

En primer lugar, porque el líder del PP no podrá hacer suya la previsible cuarta mayoría absoluta que obtendría Feijóo, ya que este simboliza políticamente todo lo que Casado no es. Es decir, esa parte de la derecha que entiende que un cierto sentimiento de pertenencia regional no equivale a una traición a España. De hecho, una parte del electorado de Feijóo se identifica con un sentimiento cuasi nacionalista, como ilustran algunos estudios. Por ese motivo, el presidente de Galicia acertó al rechazar una coalición con Ciudadanos, ya que el centralismo de los naranjas habría lastrado al PP regional, con esa suerte de frente nacionalista español.

En segundo lugar, la línea de Feijóo puede haber pesado esta semana como un factor más para que Casado transite hacia la moderación y apoye el decreto de la Nueva Normalidad. El presidente gallego ha sido uno de los partidarios de aplicar una política más conciliadora con Moncloa ante el covid-19. Por ejemplo, abogó por negociar las prórrogas del Estado de alarma y ha afeado a menudo las declaraciones de la combativa Cayetana Álvarez de Toledo. Es decir, lejos de los choques habituales de la portavoz y de un PP como segundo partido promotor de la crispación, según Metroscopia.

Ahora bien, no es posible saber si el PP emprenderá en adelante un cambio de estrategia en el Congreso. Temporalmente, ha aparcado el que era su único diagnóstico de la situación. Es decir, esa idea de que el gobierno de Sánchez caería de inmediato y por eso había que enfrentarse a él para disputarle la herencia a Vox. Sin embargo, Moncloa ha exhibido una faceta camaleónica pactista, cada vez más cercana a la estabilidad que ofrece Ciudadanos, que auguran legislatura para rato y obligan a Casado a replantear sus posiciones de desgaste parlamentario.

Tercero, si la coalición PP+Cs fracasa en Euskadi —como vaticinan algunos sondeos— también supondría un obús en la concepción territorial de Casado. Esa había sido una de sus apuestas políticas como presidente, al colocar al aznarista Carlos Iturgaiz al frente de la lista. La entente con Inés Arrimadas se proyectaba incluso como el experimento previo a una unión para las elecciones generales —la llamada 'España Suma'—. Pero Arrimadas se vuelve ya hasta incómoda para el PP por los pactos con Sánchez.

De hecho, el previsible pinchazo de la coalición en Euskadi de populares y naranjas rinde cuenta de varios errores más de cálculo político en Génova. El PP debió haber sabido que la aceptación de Cs generaría recelo entre el electorado vasco, por sus habituales críticas en el pasado a la "opacidad" del cupo vasco.

Por otra parte, el PP no puede optar a ser la fuerza de contención y orden en el País Vasco, dado que ese papel ya es desempeñado por el PNV —aunque le pese a una parte de la derecha—. Su función es doble, como partido del centroderecha, y parapeto frente al independentismo más combativo de Bildu. Es decir, que para un votante moderado, Urkullu simboliza el voto útil con que impedir una independencia de la región, pese a la acumulación competencial creciente. Y además, se garantiza una estabilidad económica notable.

De hecho, la remodelación "foral" que quería llevar a cabo en 2019 expresidente del PP vasco, Alfonso Alonso —a espaldas de Casado— pivotaba sobre esa intuición. La idea de un PP que brujulease entorno al electorado del PNV, en vez de combatir la realidad existente.

A la postre, el PP nacional debería reflexionar por qué Galicia y el País Vasco podrían realizar su sueño de dejar a Vox sin representación, a diferencia de lo que ocurre en el Congreso. De un lado, Feijóo evita darle carta de naturaleza a Vox cuando afirma que no pactaría con él. En cambio, el líder del PP cerró la campaña del 28 de abril de 2019 abriéndose a ceder ministerios al partido de Abascal. Del otro, el impulso nacionalista español de Vox muestra dificultades para penetrar en los llamados 'territorios históricos'. Es decir, cuando se abre la comprensión de lo que es ser español y otras fuerzas de la derecha capitalizan ese nicho con aires regionales; esto es, el PNV y el PP gallego.

"Me siento profundamente gallego, que es mi forma de ser español. Y no le consiento a este señor que acaba de hablar que me dé lecciones de nada, y mucho menos de galleguismo", le soltó Manuel Fraga en una ocasión en el Senado al Bloque Nacionalista Gallego. Si el PP ha logrado hacer la oposición durante la pandemia a Moncloa, ha sido gracias a los bastiones autonómicos. Pero si Casado fracasa en Galicia y Euskadi, con la victoria de Feijóo y el pinchazo de 'PP+Cs', entonces solo quedará que el líder popular reflexione sobre su concepción de la periferia. España, un país con un fuerte arraigo regional y una pluralidad de la que no siempre Casado ha sabido hacer gala.

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