El terremoto político que viene

Estamos entrando en una crisis económica que puede generar una sacudida social y política mayor que la provocada tras el desplome de Lehman Brothers

Foto: Vista del hemiciclo tras el pleno del Congreso celebrado este miércoles. (EFE)
Vista del hemiciclo tras el pleno del Congreso celebrado este miércoles. (EFE)
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Por debajo del paisaje, de forma casi indetectable, comienza el malestar a acumularse. Sin prisa, seguro de su potencia irremediable. No lo indican las encuestas electorales, tan prescindibles mientras seguimos en estado de 'shock' nacional. Queda tiempo para que las oscilaciones del sufrimiento hagan bailar las agujas de los sismógrafos políticos. Falta, pero el movimiento sísmico ya está en marcha. Vendrá como vino antes, aunque hayamos preferido olvidarlo.

El miedo ya ha emitido su primera señal. Una vibración todavía inaudible. En Madrid, nuestra pandémica Viena de Zweig, parece que los pájaros trinan más alto que la pena. Sin embargo, el trazo ha sido cazado, pintado en rojo, retratado en el Índice de Confianza del Consumidor que se ha publicado esta semana. Máxima preocupación por el futuro. La esperanza de los españoles cae a plomo. El porvenir cae como cayó en 2008, mismo estrépito con una diferencia: no hemos tocado fondo, nadie sabe cuándo llegará.

Estamos entrando en una crisis económica que puede generar una sacudida social y política mayor que la provocada tras el desplome de Lehman Brothers. Doce años después, España es un país más desigual, más endeudado y con más paro. Si de verdad nos hubiésemos recuperado, no estaríamos ahora peor preparados que entonces para afrontar una prueba todavía mayor. Viviremos lo que viene con menos resguardo.

La economía sufrirá durante bastante más tiempo que la salud. Por eso, no se entiende el jueguecito de la polarización entre socialistas y populares

Hoy se contemplan tres escenarios para la crisis sanitaria: lenta disolución del virus, reapariciones periódicas, segunda y hasta tercera ola a partir del otoño. Parece claro que la economía sufrirá durante bastante más tiempo que la salud. Por ese motivo, no se entiende el jueguecito de la polarización entre socialistas y populares. El cainismo es nocivo para el interés del país, más todavía en una situación como esta, pero también puede ser dañino para su interés partidario. Veneno para el PSOE y para el PP.

Hagamos memoria de lo que trajo políticamente aquel sufrimiento desatado en 2008. Primero, despacio, se acumuló la sensación de que las élites habían traicionado al pueblo. Después, poco a poco, por debajo de todos los sonares, comenzó a levantarse una ola de indignación. Finalmente, rápidamente, la ola se transformó en un tsunami que se llevó por delante al bipartidismo imperfecto de nuestro sistema de partidos. Podemos, Ciudadanos y Vox son el resultado de todo aquello. También, por cierto, la mutación populista del nacionalismo catalán.

Los problemas que la democracia tiene desde 2008 para sostener la calidad de vida no se dan únicamente en España. Lo mismo puede decirse del reto de articular una convivencia capaz de absorber el cambio cultural sin despreciar a quienes venían sintiéndose el tronco de nuestra sociedad. Esas y otras tensiones han venido agitando la vida política de todas las naciones desarrolladas. En Europa, uno de cada cuatro votos europeos ya respalda al nacionalismo o al populismo. El descalabro económico puede generar otra vuelta de tuerca, dos más donde el sufrimiento sea mayor.

Previsiblemente, se acentuará el declive europeo de la democracia cristiana y de la socialdemocracia: los viejos defensores del 'statu quo', desprendidos de su vocación mayoritaria, van a tener dificultades para responder a la pulsión de cambio de las capas populares —como pasó en 2008—, y también de las clases medias —como empieza a ocurrir con la pandemia—.

El populismo no es una ideología, es un método para alcanzar y conservar el poder deteriorando uno a uno todos los órganos de la democracia liberal

Quizás aumente el número de partidos que mantengan sus siglas después de haber cambiado su naturaleza política. El populismo no es una ideología, es un método para alcanzar y conservar el poder deteriorando uno a uno todos los órganos de la democracia liberal. Lo que han hecho Sánchez en el PSOE, Trump en el Partido Republicano o Johnson en el Partido Conservador británico pasará probablemente en más sitios.

Con bastante seguridad, no tardaremos mucho en ver cómo algunas formaciones populistas suben un peldaño en la escalera del poder. No pocos de ellos forman ya parte de coaliciones de gobierno. Pronto, uno de ellos será el primero en estar al frente de una de las naciones con más peso en Europa. ¿Y entonces qué? Es cuestión de tiempo. El malestar social desencadenará una segunda espiral de ira. Más proteccionismo, más descentralización, más xenofobia. ¿Salvini? ¿Le Pen? ¿Qué puede ocurrir en España si Sánchez sigue jugando a la ruleta rusa?

España va a vivir un terremoto político en los próximos años. Desaparecerán partidos. Aparecerán otros. Veremos a protagonistas saliendo lanceados de escena. Veremos a secundarios en roles que hoy resultan inesperados. Como mínimo, pasará lo que ocurrió desde 2008, pero a mayor escala. Quizá sea sano, probablemente resulte necesario. Sin embargo, de cara al peor de los casos, conviene tener presente que la democracia nunca está a salvo. Puede quedarse en algo nominal de aquí a 2030 o ni siquiera eso. Vienen curvas.

La diferencia respecto a la crisis anterior está en que esta vez el nacionalpopulismo forma parte del 'establishment', ya no juega a la contra. Es lo que sucede aquí, pero también en las cuatro democracias más grandes del mundo: Estados Unidos, Brasil, India e Indonesia.

La diferencia respecto a la crisis anterior está en que esta vez el nacionalpopulismo forma parte del 'establishment', ya no juega a la contra

Ahora que todos estamos comparando el desempeño de las distintas naciones frente al covid-19, llama la atención que los peores números, los peores casos de gestión, se estén dando precisamente en países marcados por el signo populista: Estados Unidos, Reino Unido, Italia, España. La evolución de los acontecimientos en Brasil, México o la India no hace sino corroborar esa constante política.

Las crisis severas no examinan solo a los gobiernos, ponen a prueba la democracia. Ya estamos en ese escenario, y algunos tienen ventaja. El nacionalismo y el populismo están operativa e intelectualmente más armados para afrontar este trance.

Operativamente, son más capaces de mandar en la comunicación. La provocación, la mecánica del escándalo, les permite escaquearse con frecuencia de la evaluación de su trabajo. Sufren cuando son encajonados ahí, como ocurrió en las capitales podemitas del cambio.

Intelectualmente, son más conscientes de su guion. Lo son, porque saben bien que su función representativa no consiste en dar respuesta a las demandas de los ciudadanos sino en representar el juego de identidades hasta el paroxismo. No se desenvuelven en el ámbito de la gestión —'hacer'— sino en el reconocimiento de la impotencia política, en la sublimación del 'ser'. Un 'somos' que no transforma a la sociedad, pero que al menos permite la sensación de tribu, la simulación de combate y la expresión de un simulacro de sueño. Eso, exactamente eso, es lo que la democracia liberal ha dejado de ofrecer. Un sueño.

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