Recesión democrática en España

En no pocas naciones, el covid-19 ha acelerado el deterioro de los usos y costumbres, de los principios fundamentales de la democracia. También está pasando en España

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión de control al Ejecutivo en el Congreso. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión de control al Ejecutivo en el Congreso. (EFE)

Ya estamos sufriendo una recesión económica, pero también una democrática. La diferencia entre ambas está en que la primera no puede elegirse ni detenerse. La segunda nos sitúa ante la reflexión de Edmund Burke: “Lo único necesario para que el mal triunfe es que los hombres buenos no hagan nada”.

En no pocas naciones, el covid-19 ha acelerado el deterioro de los usos y costumbres, de los principios fundamentales de la democracia. También está pasando en España. Aquí, el poder ha visto en la emergencia una oportunidad para debilitar las reglas del juego constitucional y fortalecerse en el poder.

Mientras esto sucede, el dolor y el miedo, el sometimiento y la propaganda extienden la desgana como si fuese un manto. El paréntesis histórico en que crecimos está cerrándose a ojos vista. Languidece la democracia del 78, bajo la indiferencia general.

Cada día, parecemos algo más cerca del estado mental enloquecido de aquel país lleno de odio que quisimos dejar atrás. La extrema izquierda llama fascistas a los moderados, la extrema derecha enarbola la bandera de la libertad. Todo para forzar el dilema del ellos o nosotros, el chantaje eterno de Sánchez, nuestro máximo común divisor.

El virus es visto como una excusa para acelerar el abuso de poder, la falta de transparencia, el estado de control y la masiva manipulación

Desde Moncloa, el virus también es visto como una excusa para acelerar el abuso de poder, la falta de transparencia, el estado de control y la masiva manipulación. Esas cuatro categorías explican la recesión democrática que ya sufrimos, los ejemplos vienen a continuación.

El abuso de poder siempre comienza por las palabras. La implantación del lenguaje bélico busca la instalación del ordeno y mando. Las órdenes no se discuten, el mando no debe dar explicaciones a la tropa. Esa lógica hace automáticamente innecesario el control parlamentario, que es exactamente donde estamos. Poder legislativo apagado, salvo para prologar la anormalidad.

El abuso de poder continúa con el aprovechamiento del estado de alarma para consolidar posiciones de poder —Iglesias en el CNI—. También con la injustificada e intensiva legislación por decreto —más de 150 normas no contienen cláusula derogatoria, por lo que seguirán vigentes tras el estado de alarma—.

El primer círculo se cierra con la inyección constante de ideología en el sistema. Es en lo que estamos, exactamente donde quiere Podemos, convirtiendo España en la Argentina de Europa: camino del Estado clientelar, en el horizonte de unas consecuencias económicas y electorales muy, muy difíciles de revertir.

En España, el oscurecimiento de la transparencia también se ha acelerado desde el inicio de la pandemia. El principio de publicidad y motivación que debe regir en todo el funcionamiento de la Administración pública viene opacándose a pasos agigantados. Salvo en lo que concierne a la seguridad nacional, la democracia es incompatible con los órganos secretos y los expertos ocultos. Los procesos de decisión tienen que tomarse desde criterios objetivos, cuantificables y públicos.

El acceso a la verdad es irrenunciable, porque garantiza al ciudadano su derecho a recurrir, porque dificulta al corrupto su oportunidad de delinquir y, sobre todo, porque nos protege a todos de la arbitrariedad del poder. No faltan motivos para sostener que el Gobierno aplica la discrecionalidad al elegir qué territorios pasan de fase en el desconfinamiento. Y sobran casos que demuestran lo acertado que estuvo Kelsen al señalar que el uso alternativo del derecho sienta las bases del Estado autoritario.

En nuestro país, el uso del control como herramienta de dominación también ha aumentado desde que llegó el covid-19. Tiene dos filos, como las tenazas: vigilancia social e intimidación política.

Ya se están rastreando los movimientos de todos sin aprobación del legislativo. Desde el Estado —que es quien tiene el monopolio de la fuerza—, ya se emplean medios públicos para monitorizar las redes sociales. Marlaska lo justificó hablando de evitar el “estrés social”. El concepto parece más cercano a la Alemania Oriental que vimos en 'La vida de los otros' que al presente de un país desarrollado.

Al mismo tiempo, desde el Parlamento, se procede a la demonización de la oposición —el matonismo de Lastra y Echenique—. Desde las sedes partidarias —son azuzados los trols— y desde nadie sabe dónde se decide, por ejemplo, que hay que poner un fotógrafo en la puerta de Pablo Motos después de haber criticado al Gobierno. Objetivo: amedrentar.

Finalmente, la manipulación. El cultivo industrial de la mentira mientras falta pan en las casas de Aluche y hay colas para el banco de alimentos. La explotación de los medios públicos y la coacción a los medios privados —cuando no el soborno—. La conversión de instituciones públicas en agencias de intoxicación, como el CIS. La difusión de datos falsos a organismos internacionales —OCDE—, la invención de números que no existen —John Hopkins University— y el ocultamiento a la sociedad de las cifras reales y exactas que ha provocado una gestión tardía e ineficiente de la enfermedad.

La meta de tanta propaganda no está en que el público llegue a creerse la mentira, sino en fijar la impresión de que nadie dice la verdad. En una realidad sin verdad, la razón importa menos que la identidad. De esa forma, la política deja de ser el debate sobre lo que puede hacerse. Así es como lo político puede quedar restringido a confrontar eternamente pequeñas teselas de lo que somos. Ese puede llegar a ser el punto de llegada de la recesión democrática actual. Sin embargo…

Sin embargo… quizá la realidad siga siendo a pesar de todo tan obstinada como la ley de la gravedad. Es posible que quien ha gestionado mal la crisis sanitaria, gestione igual la crisis económica. El sufrimiento social suele tener un envés político. Con cierta frecuencia, el malestar termina provocando que las personalidades autoritarias terminen sin control. Anne Applebaum lo cuenta mejor que nadie cerca del final de 'Iron Curtain'…

“Se equivocaron todos. Los seres humanos no absorben a las 'personalidades autoritarias' con tanta facilidad. Incluso cuando parecen hechizados por el culto al líder o al partido, las apariencias pueden ser engañosas. Incluso cuando parece como si estuviesen totalmente de acuerdo con la propaganda más absurda —aunque estén desfilando, coreando lemas, cantando que el partido siempre tiene la razón— el hechizo puede, de repente, inesperada y dramáticamente, hacerse añicos”.

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