Sánchez no fue el principal responsable de la crecida de la extrema derecha, pero sí lo es en este momento. Cuando él llegó al poder, VOX era una fuerza marginal y España era uno de las pocas naciones europeas que permanecían a salvo del auge ultra. Hoy el PSOE se encuentra superado en varias capitales y pronto ocurrirá lo mismo en bastantes provincias.
Los socialistas no pueden hacer autocrítica de los resultados electorales que están empezando a cosechar porque responden a la estrategia diseñada por su dirección. El hecho de que el partido haya dejado de competir la primera posición y se conforme con mantener la de plata puede tener trascendencia histórica, pero no deja de ser la consecuencia de un conformismo anterior.
Quienes permitieron el cesarismo carecen de autoridad hasta para quejarse de que la organización se haya convertido en un instrumento prescindible para el líder. Y quienes advertimos que olvidar el interés del país acabaría trayendo el olvido de las siglas no tenemos ganas de celebrarlo porque habríamos preferido no tener razón al ver a España en esta penosa situación.
Muy desde el principio, Sánchez vio en la emergencia de Vox una oportunidad personal en lugar de un riesgo para nuestra democracia. Y se antepuso como hace siempre. Ahora bien, lo cierto es que pudo hacerlo porque dos acontecimientos previos hicieron posible la entrada de los de Vox en nuestro escenario político.
El fracaso de Rajoy frente al golpe del independentismo y su torpeza en la moción de censura generaron en la derecha decepción, malestar y la demanda de una opción política más dura. Por eso sostengo que toda la responsabilidad no puede recaer sobre Sánchez. Probablemente, nada de esto habría pasado si Rajoy no hubiese fallado en esas dos ocasiones con tanto estrépito.
A partir de las elecciones andaluzas de 2018, las primeras en las que VOX obtuvo representación, nadie ha trabajado más a favor de los ultras que el líder socialista. Pudo establecer una distinción entre el partido de la derecha convencional y la formación de la extrema derecha, tal y como hicieron antes todos los líderes socialistas de nuestro entorno. Pero no lo hizo.
En 2019, metió en el mismo saco a Casado y Abascal para instalar la estrategia de polarización entre dos bloques irreconciliables, para blanquear tácticamente la entrada de Pablo Iglesias en el gobierno y la asociación con los destituyentes, así como para sellar la fuga de votantes socialistas. Nada, ni siquiera la pandemia alteró el plan.
Durante toda aquella legislatura, jugó con fuego, hizo cuanto pudo para que VOX sorpasase al PP. Y casi lo consiguió: en el momento más crítico de Casado, se publicaron varias encuestas fiables que pusieron a los verdes por delante de los azules. Sin embargo, llegó Feijóo y, poco a poco, los populares volvieron a la vida.
Viéndose derrotado, empleó los resultados de las elecciones autonómicas de 2023buscando su triste beneficio personal y no el bien de nuestro país. Lejos de aplicar un cordón sanitario a VOX -como es práctica habitual en toda Europa-, forzó su entrada en los gobiernos regionales y llamó a urnas generales.
De entonces a ahora, la corriente histórica favorable a la extrema derecha ha venido retroalimentándose —inmigración, inflación, trumpismo…—. Y Sánchez ha seguido remando a favor de Abascal con todas sus fuerzas. A pesar de todo, como el Partido Popular mantiene su primera posición, España sigue siendo una excepción en el viejo continente.
Nadie puede descartar que veamos a los de Abascal en el 20% de los distintos sondeos. Y nadie puede discutir los números que dejan las urnas de Aragón. El PP sólo ha perdido 8.000 votos respecto a las anteriores autonómicas. Es difícil culpabilizar a Feijóo del éxito de VOX. Se mire por donde se mire, los populares tienen los mismos votos y los socialistas no.
A estas alturas del partido, algunos en el PSOE se preguntan si la bestia que alimentaron Moncloa supone ahora un peligro para la organización. Debieron hacerlo antes, pudieron hacerlo durante la campaña cuando el proceso de regularización de inmigrantes y pueden hacerlo esta tarde hoy mirando los datos. Da igual. El objetivo estratégico de Sánchez es acelerar lo que no termina de ocurrir.
Juan Fernández-MirandaDatos: Unidad de DatosGráficos: EC Diseño
Claro que Sánchez está trabajando para Abascal y, con toda seguridad, el PSOE seguirá haciéndolo durante todo este ciclo de urnas: en cada campaña autonómica, los socialistas pedirán el voto para frenar a Vox en lugar de para ganar y, después de perder, no emplearán sus votos en los parlamentos para impedirlo. Así funciona el timo.
Moncloa está jugando a lograr un triple empate que requiere deflactar al PP, inflar a VOX y mantener al PSOE. El ejercicio de ingeniería electoral consiste en poner a los tres partidos en la zona del 25%. En esa situación, lo peor que podría sucederle a Sánchez es conservar la secretaría general de un PSOE diezmado pero con las calles revueltas y lo peor que podría pasarle a España es encontrarse ante las elecciones de 1936.
Los ejercicios de ingeniería electoral son una vertiente de la ingeniería social. Es fácil que se salgan de control porque la política no es un laboratorio y nadie puede controlar todas las variables. Resulta difícil que, a escala nacional, el PP pueda bajar del 30% y Vox pueda superar el 20%. Y no es nada sencillo que el PSOE pueda aguantar el respaldo que señalan los sondeos.
Venimos de dos elecciones y los socialistas han tenido menos votos de los previstos por las encuestas cuando las urnas se convocaron. Y todo parece indicar que vamos hacia un desgaste parlamentario, judicial y electoral mayor. No, para Sánchez, no ha pasado lo peor y no tiene capacidad de controlarlo (ni de controlarse).
En realidad, lo más sintomático del objetivo del triple empate entre PP, PSOE y VOX está en lo más obvio: se sabe perdedor y está dispuesto a lo que sea. Terminará mal.
Sánchez no fue el principal responsable de la crecida de la extrema derecha, pero sí lo es en este momento. Cuando él llegó al poder, VOX era una fuerza marginal y España era uno de las pocas naciones europeas que permanecían a salvo del auge ultra. Hoy el PSOE se encuentra superado en varias capitales y pronto ocurrirá lo mismo en bastantes provincias.