El 'escape room' del Consejo de Ministros en Barcelona

En estos momentos, Moncloa está en modo 'control de daños', tratando de minimizar los desperfectos de la visita: la duda es si la reunión del Ejecutivo va a acabar en fiasco o en tragedia

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El Gobierno se ha metido en un 'escape room' (o, si lo prefieren, en una ratonera) con la celebración del Consejo de Ministros este viernes 21 de diciembre en Barcelona. En estos momentos, Moncloa está en modo 'control de daños', tratando de minimizar los desperfectos de la visita: la duda es si la reunión del Ejecutivo va a acabar en fiasco o en tragedia. Pero es casi seguro (salvo sorpresa de última hora) que del 21-D no saldrá nada positivo, ni para los intereses del Ejecutivo de Sánchez ni, lo que es peor, para las relaciones entre los gobiernos central y autonómico.

No hemos llegado a esta situación por casualidad. Al contrario, es el resultado de una cadena de decisiones en los últimos meses que demuestran, a mi entender, la improvisación del Ejecutivo de Sánchez, la deslealtad del Gobierno catalán y las piezas rotas de nuestro engranaje institucional.

-El modo de tomar decisiones del Gobierno Sánchez. Hay gobiernos que son ricos en la generación de ideas aunque flaquean en su implementación (digamos, por ejemplo, el primer Gobierno de Zapatero, de donde salieron iniciativas como el matrimonio homosexual, la ley antitabaco o la ley de dependencia, algunas de ellas pobremente ejecutadas); otros, en cambio, se agarran a solo un par de ideas, pero mantienen una disciplina férrea en su implementación (el primer Gobierno de Aznar, felizmente obsesionado con la estabilidad presupuestaria y la entrada en el euro). Los hay también que mantienen una proporción equilibrada entre ideas y ejecución: normalmente son los gobiernos más fértiles, como los dos primeros de Felipe González, o el primer año del Gobierno de Rajoy, hasta que se agotó su resuello reformista.

Lo que no habíamos tenido hasta ahora es un Gobierno no solo parco en la generación de ideas (seguimos enfrascados en los mismos temas —Cataluña, Franco y los Presupuestos— casi desde el primer día) sino absolutamente incapaz en su implementación. Vayamos por ejemplo a la exhumación de Franco. Algunas de las dificultades que han aparecido por el camino (la oposición de la familia, el concurso de la Iglesia, la búsqueda de un emplazamiento definitivo) debían haber sido obvias para cualquier persona que trazase un mínimo plan cuando el Gobierno decidió embarcarse en esta tarea. No fue el caso, al parecer, del Gobierno de Sánchez, siempre pillado a contrapié incluso por los contratiempos más previsibles. Es como si la política del Gobierno la dirigiese un jefe de campañas electorales, experto (como es propio de las campañas) en lanzar ocurrencias e ideas felices sin preocuparse por la tediosa tarea de cómo llevarlas a cabo.

Es como si la política del Gobierno la dirigiese un jefe de campañas, experto en lanzar ocurrencias sin preocuparse por la tarea de cómo llevarlas a cabo

Alguien debió pensar que celebrar un Consejo de Ministros en Barcelona era una magnífica idea. Tal vez lo hubiese sido en un escenario de acuerdo presupuestario y relaciones idílicas entre los gobiernos. Pero en todos los demás escenarios, eran muchas más las dificultades: ¿quién garantizaba el orden público?, ¿qué papel se reservaba al Gobierno de la Generalitat?, y un largo etcétera. Como viene siendo habitual en el Ejecutivo de Sánchez, la improvisación y los cambios de criterio han presidido su modo de actuación hasta el ultimo día.

-La quiebra institucional en Cataluña. El descontrol de los Mossos. Que a pocos días de la celebración del Consejo de Ministros en Barcelona, con el mantenimiento del orden público en cuestión después de los mensajes incendiarios de Arran y la pasividad demostrada por los Mossos en los cortes de las autopistas, que en este contexto el consejero de Interior, Miquel Buch (el máximo responsable de la policía autonómica), se desplazase hace unos días a Bruselas para despachar con el fugado Puigdemont, es una de las mayores provocaciones imaginables a una de las funciones básicas del Estado, el mantenimiento del orden y la seguridad.

Como cuenta Javier Zarzalejos en su reciente y muy recomendable libro ('No hay ala oeste en La Moncloa'), ni en los momentos de más tensión entre el nacionalismo vasco y el Gobierno de Aznar hubo reserva alguna en la colaboración por parte de la Ertzaintza. Que en cambio esta desconfianza en la actuación de los Mossos obligue al desplazamiento de 1.500 policías nacionales, demuestra la quiebra institucional en Cataluña. A día de hoy, la Administración catalana —en esto discrepo de mi compañero de columnas y de apellido, Joan Tapia— es una Administración disfuncional, un Estado fallido que no es capaz de garantizar el correcto desempeño de las competencias atribuidas por el Estatuto de Cataluña a las autoridades autonómicas.

-El desafío independentista y el empeño del Gobierno de Sánchez en negar la realidad. Es obvio que dentro del magma independentista hay muchas voces distintas, y que no todas las tonalidades son iguales. Es posible que esto, junto con la alta temperatura del conflicto, justificase después de la moción de censura algún gesto de acercamiento al soberanismo para explorar las posibilidades de entendimiento. A estas alturas, sin embargo, deberían estar claras al menos dos cosas: que existe una parte del independentismo (encabezado por Puigdemont y Torra) que no es partidaria del entendimiento. Y que la otra parte, los llamados posibilistas, no tienen en este momento la mayoría dentro del independentismo para imponer su voluntad de tender puentes con Madrid.

Salvando las muchas distancias (sin duda, una segunda analogía entre el caso vasco y el catalán es demasiado), la negativa del Gobierno de Sánchez a aceptar esta realidad recuerda a la reacción de Zapatero tras el atentado de ETA en Barajas en diciembre de 2006 que hizo saltar por los aires la tregua terrorista. También entonces había sectores dentro del mundo 'abertzale' partidarios de mantener la tregua. Agarrándose a ellos como a un clavo ardiendo, Zapatero intentó seguir negociando, incluso tras el atentado, con la vana esperanza de que triunfasen las tesis más posibilistas.

Si hay espacio para el entendimiento con el Govern (ojalá lo haya en el futuro), desde luego no será ni con este Gobierno ni con sus actuales dirigentes

En cualquier negociación, las partes suelen mostrar un sesgo a favor de seguir negociando (en inglés, se denomina 'inattentional blindess' o también 'escalation of commitment') incluso cuando resulte evidente para todos los demás que no es posible el acuerdo. En el caso del presidente Sánchez, alguien debería decirle que su empeño en mantener viva la llama de la desinflamación no responde a ningún análisis objetivo sino a su ceguera. Si hay espacio para el entendimiento con el Gobierno catalán (ojalá lo haya en el futuro), desde luego no será ni con este Gobierno ni con sus actuales dirigentes.

-¿Qué va a pasar el 21-D? En el mejor de los casos, nada. Un simple petardazo. A partir de ahí, casi todos los escenarios imaginables debilitarán al Gobierno de Sánchez. Algunos catalanes entenderán como una provocación la celebración de un Consejo de Ministros el 21-D un año después de las 'elecciones del 155' (¿a nadie se le ocurrió una mejor fecha?). Otros considerarán desproporcionado el despliegue de efectivos policiales.

En el peor de los casos, los desórdenes públicos pondrán en riesgo la celebración del Consejo de Ministros. En cualquier caso, ya parece seguro que los independentistas arrancarán la foto de una minicumbre entre gobiernos, habiendo jugado para ello de manera desvergonzada con la velada amenaza de la pasividad de los Mossos. No sabemos qué pasará, y ojalá no pase nada. Pero me atrevería a decir que ya hemos perdido todos.

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