Plácido ha vuelto
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Francesc de Carreras

La funesta manía de escribir

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Plácido ha vuelto

El caso Plácido Domingo es una muestra más de esta última ola puritana del movimiento feminista que supone una vuelta a tiempos oscuros

placeholder Foto: El público de Madrid recibe con vítores y aplausos a Plácido Domingo. (EFE)
El público de Madrid recibe con vítores y aplausos a Plácido Domingo. (EFE)

Plácido Domingo actuó ayer en Madrid. Un gran acontecimiento artístico, el comienzo de la 'reparación moral' que se le debe, un acto de pura justicia.

Pero no fue un desagravio completo: su vuelta a los escenarios españoles tuvo lugar en el Auditorio, no en el Teatro Real, el gran templo de la ópera madrileña y española. En cierta manera, ayer actuó como de tapadillo, junto a Ainhoa Arteta y otros cantantes ilustres, en una gala organizada por la Fundación Excelentia en beneficio de la Cruz Roja. El Real, para su vergüenza, le debe una. Y muchas más, entre disculpas y excusas. Es ahí donde está su gran casa en España, donde se le espera, donde debe seguir cantando. Entonces se restablecerá la normalidad. Pero cantó en Madrid, por algo se empieza.

Al menos pudimos verle en escena, escucharle en directo y aplaudirle, sin duda por su voz aún poderosa, su tono y elegante presencia, su sentido de la interpretación musical. Por eso le aplaudimos tanto los allí congregados, pero también, por una vez y con más fuerza si cabe, en protesta por la inicua persecución de que ha sido objeto desde agosto de 2019 en Estados Unidos, al amparo del movimiento Me Too, que lo ha tenido alejado por un tiempo de los escenarios. Afortunadamente, hace ya unos meses ha vuelto a actuar en algunos países europeos, ayer lo hizo por primera vez en España.

Foto: El cantante español Plácido Domingo. (EFE)

El caso Plácido Domingo es una muestra más de esta última ola puritana del movimiento feminista que supone una vuelta a tiempos oscuros, anteriores a la democracia y al Estado de derecho. Un reflejo artístico insuperable lo encontramos en la gran obra de Arthur Miller 'Las brujas de Salem', escrita, por cierto, para denunciar el macartismo anticomunista. También Ibsen, en 'Un enemigo del pueblo', trata un tema parecido. Las meras sospechas, sin prueba alguna, proclamadas por el pueblo entendido como masa informe, pero suficiente para condenar a un hombre; el derecho a discrepar con razones y argumentos frente a los prejuicios mayoritarios del rebaño humano. Ahí está todo lo que significa el caso Plácido. El triunfo de Barrabás frente a Jesús, mientras Pilatos —los teatros de ópera— se lavaba las manos.

Cesare Becaria, un ilustrado racionalista del siglo XVIII, acabó con todo ello: se impuso el proceso acusatorio frente al proceso inquisitivo. En este último —nótese que el término Inquisición viene de inquisitivo—, quien acusa es la misma persona que dirige el proceso y dicta sentencia. Tres en uno. "Le acuso de tal delito, demuestre que no lo cometió". Si no lo demuestra, es condenado.

Foto: Plácido Domingo. (Reuters)

En el proceso acusatorio, el actual proceso judicial, por el contrario, todo pivota sobre un triángulo: acusador (en su caso, fiscal), defensor del acusado y juez independiente e imparcial. El proceso debe ser público y las partes deben aportar o rechazar las pruebas del supuesto delito. Tras un debate regulado por leyes previas a los hechos en cuestión —principio de seguridad jurídica—, un juez imparcial dicta sentencia razonada y argumentada a la vista de las diversas pruebas y alegaciones que se hayan aportado. Quien acusa debe probar, el acusado actúa en defensa propia. Condenar a alguien sin pruebas supone negar su derecho a la defensa y vulnerar el principio de presunción de inocencia: un proceso claramente injusto, al igual que la pena.

Pues bien, estos juicios sin base jurídica que ampara el movimiento #MeToo, y son aceptados por el manso rebaño conformista de descomprometidos, son mucho peores que los juicios inquisitivos del Absolutismo monárquico: no hay proceso alguno, la acusación sin pruebas siempre gana y los ejecutores de la pena son los medios de comunicación.

placeholder Plácido Domingo. (EFE)
Plácido Domingo. (EFE)

Así fue en el caso de Plácido Domingo en agosto de 2019. Patricia Wulf, una cantante de ópera ya retirada, acusó al maestro de que la había acosado sexualmente en los años ochenta. No le acusó ni de agresión ni de abuso —que exigen acceso al cuerpo de otro sin su consentimiento—, sino de acoso, es decir, de solicitar favores en el ámbito de una relación laboral que podía producir intimidación.

Así explicó la cantante esta solicitud de favores. "Vino a mí, se puso muy cerca y dijo: ‘¿Patricia, tienes que irte a casa esta noche?’. Fue impactante. Fue muy difícil. Él es como Dios en mi profesión". Sin llegar a tocarla físicamente, dijo Wulf, sus intenciones le resultaron claras: “Cuando un hombre se acerca tanto a ti, con una sonrisa tan irónica, te pregunta si tienes que volverte a casa una y otra vez, no se puede llegar a otra conclusión: quiere acostarse contigo”.

Foto: El tenor Plácido Domingo. (EFE) Opinión

Si ello hubiera sido así, lo cual no está probado, quizás el cantante le empezaba a hacer la corte para, en su caso, después, ir más lejos. Un caso habitual, casi vulgar, así empieza toda relación de pareja. ¿Es esto un delito? Quizá Plácido se puso algo pesado, reiteró demasiadas veces sus coqueteos y llegó a ocasionar molestias a la cantante; pero las molestias no son un delito, son simplemente un poderoso motivo para sacarse al pesado (o la pesada) de encima.

Casi dos años después, sin ningún proceso judicial en marcha, pero tras dos investigaciones privadas,no ha habido prueba ni conclusión

Esto confesó Patricia Wulf, la agencia norteamericana Associated Press lo difundió y la noticia fue conocida en todo el mundo. Al poco tiempo, se añadieron a la lista otras presuntas acosadas, ocultando sus nombres. Casi dos años después, sin ningún proceso judicial en marcha, pero tras dos investigaciones privadas de asociaciones de actores de EEUU, no ha habido prueba ni conclusión alguna contra el maestro, pero se cancelaron inmediatamente sus actuaciones, se lastimó su reputación e imagino que el ánimo de Plácido cayó por los suelos.

En los últimos meses por Italia y por Austria, ayer en el Auditorio de Madrid, ha empezado un proceso para restituir parte de lo que debemos a Plácido Domingo: las muchas horas que hemos disfrutado escuchando su voz y su elegancia interpretativa sobre los escenarios, la injusticia de la que ha sido objeto al ser difamado. Por todo eso, le quisimos ayer tanto.

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