Plácido Domingo está despedido. ¿Y usted?

Imagínese ahora que la persona más poderosa no ya de su empresa sino de su sector, la más prestigiosa del mundo profesional en el que vive, está empeñada en meterle mano. Qué papelón

Foto: El cantante Plácido Domingo. (Reuters)
El cantante Plácido Domingo. (Reuters)
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Imagínese que es usted un prestigioso cantante de ópera acostumbrado a que se le agolpen las mujeres a su paso deseando acostarse con usted. O puede que le pase siendo usted un empresario, un político o el dueño de un bar. Eso da igual. Imagínese que su única preocupación después de trabajar sea si va a tirarse a la más guapa de la fiesta o a la más interesante. O tal vez le apetezca más esa otra de ahí que parece esquiva. Triunfa fijo. Seguro que a todas esas mujeres que trabajan para usted les encantaría ser la elegida esta noche. O eso es lo que se imagina, porque cuando se mira al espejo se ve siempre tan atractivo que no entiende que a alguna no le apetezca acostarse con un genio de lo suyo como usted. Porque usted, lo sabe todo el mundo, usted será un ligón, pero ante todo es un caballero. Así que si la va a arrinconar esta noche en el baño, no es más que para ponérselo fácil, ¿verdad? Porque se la ve tímida a la muchacha y seguro que lo está deseando. Qué suerte tiene de ser la elegida, ¿verdad?

Imagínese ahora que la persona más poderosa no ya de su empresa sino de su sector, la más prestigiosa del mundo profesional en el que vive, está empeñada en meterle mano. Qué papelón. Usted no quiere líos, pero no puede evitar preguntarse si podría tener consecuencias negativas en su carrera decirle que no a alguien tan poderoso. Ni se le pasa por la cabeza qué pasaría por decirle que sí, porque a usted no le interesa lo más mínimo salvo por motivos profesionales. Tal vez le admira, tal vez no, pero no le atrae lo más mínimo. Da un poco de grima, incluso asco, tener que apartarse todo el rato para evitar que le meta mano, pero es importante no quedar mal. Es su trabajo. Ya le avisaron de que era mejor no quedarse a solas con él. Mierda. Quiere decirle que no, es más, se lo ha dicho ya de varias formas educadas. ¿Le habrá quedado claro? Como sigue insistiendo, ahora lo que querría realmente es mandarle a la mierda. Pero a las personas poderosas no se las manda a la mierda así como así.

A lo mejor usted es de los que están quejándose porque le parece injusto lo que le está pasando a Plácido Domingo, que ha sido acusado por decenas de mujeres de acoso sexual en el trabajo. Él mismo ha admitido “toda la responsabilidad” de los hechos seis meses después de negarlos. A lo mejor cree que esto no demuestra que uno de los tenores más poderosos de la historia haya actuado mal, sino que las cosas se han sacado de quicio, que en estos tiempos ya no hay quien le tire los tejos a las señoras y que ser ligón no es delito. Menudas histéricas dispuestas a arruinar la carrera de una bellísima persona que además, lo sabe todo el mundo, es un filántropo tremendamente generoso. Estará usted pensando que vale, que a lo mejor un poco sobón sí era, pero se le ve buena gente.

Pues haga el favor un momento de mirarse al espejo. La pregunta correcta no es cómo de irresistible se ve. Ni a usted ni a él. El ego, igual que el deseo, es libre. La pregunta es cuánto poder tiene y si la persona a la que le tira los tejos en el trabajo puede o no mandarle libremente a la mierda. No importa lo caballero que se crea ni lo buena persona que sea. Ni siquiera importa lo bien que se tome que le manden a la mierda, porque la empleada a la que le ha tocado el culo eso no lo sabe. Y claro que hay mucha gente capaz de darle a usted un bofetón y al endiosado de turno que se atreva a propasarse. Pero hay mucha otra que lo viviría con angustia. Es cuestión de carácter (y de lo mucho que cada cual tema perder un empleo). A veces el miedo paraliza. Y no es justo exigirle un comportamiento heroico a alguien que lo único que quiere es trabajar, sea en la ópera, la oficina o en el bar.

Plácido Domingo, en una actuación. (Reuters)
Plácido Domingo, en una actuación. (Reuters)

Las acusaciones de acoso sexual contra el tenor español Plácido Domingo van desde el flirteo hasta tocamientos y proposiciones sexuales, dentro y fuera del trabajo. Las filtraciones de la investigación encargada por el sindicato de músicos de ópera de Estados Unidos apuntan a que hubo abuso de poder y acoso sexual al menos a una veintena de mujeres. Hace medio año, la agencia de noticias AP reveló una investigación similar en la que no solo incluía el testimonio de mujeres que se declaraban víctimas de acoso, también el de trabajadores de la Ópera de Los Ángeles que aseguraban que la gerencia les pidió que evitaran enviar jóvenes atractivas al vestuario cuando estuviera allí el tenor. Aseguraban que era un comportamiento conocido.

A falta de que se conozca el detalle de la investigación independiente encargada por la Ópera de Los Ángeles (que él mismo fundó), que también está investigando el caso, no estarán claras si las acusaciones son finalmente constitutivas de algún delito que pueda sentar al tenor en el banquillo. Hay, sin embargo, otras cosas que sí que sabemos. Sabemos que decenas de mujeres se sentían inseguras trabajando con él y callaron durante años por temor a represalias. Igual que sabemos que durante años hemos vivido en una sociedad que tenía normalizado que no solo en la ópera hubiera jefes sobones que se aprovechaban de su posición de poder para conseguir favores sexuales. También sabemos que, afortunadamente, eso está cambiando. Aunque todavía no está claro qué protocolo hay que seguir. Las óperas europeas, a diferencia de las estadounidenses, no han considerado todavía necesario investigar si el tenor cometió abusos en su plantilla.

Plácido Domingo está despedido. ¿Y usted?

Estará pensando usted, ya nos vamos conociendo, que ya podía este artículo hablar también de todas esas mujeres que han tenido sexo con un jefe para medrar en su carrera laboral. Las hay. A lo mejor usted conoce algún caso, ya fuera para conseguir un ascenso o un papel en la Traviata. ¿Conoce casos? ¿De verdad? ¿Y cómo no se le ocurrió ir a denunciar a ese jefe de turno que utilizaba la bragueta como criterio? Seguro que en Recursos Humanos le habrían despedido. ¿O es que temía que no le creyeran? Ya. Pues imagínese ellas. Da igual que sea un genio de la ópera, un profesor universitario o un cacique local. Quien se aprovecha de su poder para obtener sexo obviamente merece, al menos, ser despedido.

Del caso de Plácido Domingo aprendemos también que aún no basta con que una mujer denuncie acoso laboral en el trabajo para que se la crea. Ni basta con que sean dos ni tres. Y puede haber 50 mujeres denunciándole por haber sufrido un trato hostil y vejatorio que todavía habrá gente que, como usted, no las vaya a creer.

Segundo Párrafo
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