ETA (banda terrorista): ETA como destino turístico

ETA como destino turístico

¿Puede encontrarse la normalidad en el simple hecho de visitar como un turista esos lugares, que antes eran prolongaciones del terror, y contemplarlos como vestigios de algo pasado?

Foto: La organización terrorista ETA hace público un comunicado en el que reconoce ''el daño causado''. (EFE)
La organización terrorista ETA hace público un comunicado en el que reconoce ''el daño causado''. (EFE)

Se te ocurrió visitar una 'herriko taberna' por el mero morbo turístico de haber estado allí. Cuando lo dijiste, ya lo sabes, tuve que volver la mirada hacia ti porque no daba crédito a lo que estaba oyendo. Hablábamos del comunicado de ETA, de si teníamos que sentirnos ofendidos por el lenguaje que utilizan, si debe afectarnos que se pongan otra vez una capucha y pidan un perdón selectivo, como si algunas de las víctimas se hubieran merecido su terror y otras no. Dije que ETA no debe afectarnos ya en sus acciones, que nada debe apartarnos de la única certeza de que han sido derrotados, porque esa es la confusión que buscan.

Fue entonces cuando contaste lo de tu viaje a San Sebastián, años después de aquel anuncio de la ‘tregua definitiva’ de ETA, que no era tregua sino derrota. Entraste en una de las 'herriko tabernas' del casco viejo decoradas con toda la parafernalia batasuna, los carteles de los presos etarras, las ikurriñas colgando como boinas y las pegatinas de lucha contra la energía nuclear, que nunca faltan en esos ambientes, como si vestirse de ecologistas los pudiera humanizar.

Acodada en la barra, sentiste el placer profundo de contemplar que todo aquello no era ya más que exorno, el decorado de una barbarie pasada; el símbolo más expresivo de que todos esos habían sido derrotados. Pediste un vino, señalaste una foto y el camarero te dijo algo de un 'gudari', “un luchador de los derechos sociales del pueblo vasco”, mientras al fondo había algunos jóvenes medio borrachos cantando algo en euskera. ¿Puede encontrarse la normalidad en el simple hecho de visitar como un turista esos lugares, que antes eran prolongaciones del terror, y contemplarlos como vestigios de algo pasado?

La complejidad social y el daño provocado por la banda asesina son tan enormes que, una vez que ha pasado el terror, hablar o intentar razonar sobre la propia normalidad se hace muchas veces imposible. No me refiero, desde luego, a la cautela policial que hay que seguir manteniendo siempre sobre esa gentuza, y mucho menos al esclarecimiento de los crímenes que quedan por resolver, sino a la dificultad que entraña hablar del fin de ETA y de la necesidad de ir dando pasos hacia la normalización. Hay quien piensa que normalización es sinónimo de claudicación, y se olvidan de lo fundamental: que han sido derrotados, que los hemos vencido.

Acuérdate de que hasta con la película de los ‘Ocho apellidos vascos’ hubo quien se escandalizó porque lo consideraba una muestra de frivolidad y de olvido hacia las víctimas. No era eso, sino lo contrario. Por eso, cuando me lo explicaste, entendí tu gesto, atrevido y provocativo; ese enfoque tuyo de buscar la derrota de ETA hasta en el patetismo de su iconografía. También esos son pasos necesarios para profundizar en la derrota y avanzar en lo más importante ahora, la descongestión de una sociedad que ha vivido muchos años amordazada mentalmente. El país de los callados.

¿Era el miedo el que se convirtió en indiferencia o, para muchos, el miedo solo era la excusa de su indiferencia? Todavía tendrán que pasar muchos años para que la sociedad vasca se vuelva sobre sí misma y analice todo lo que le ha pasado en estos años, la enorme conmoción social que ha provocado la barbarie etarra. Apenas ha comenzado ese proceso de reconocimiento de la verdad con la extraordinaria novela de Fernando Aramburu, pero eso solo es el comienzo, un extraordinario comienzo.

Aramburu ha contado muchas veces que la novela surgió —si se puede expresar así, porque faltaban todavía muchos años para que la escribiera— el día que dos terroristas, disfrazados de obreros, asesinaron a Enrique Casas, secretario general del Partido Socialista de Euskadi. Cuando les abrió la puerta, le dispararon dos tiros y huyeron; Enrique Casas se desplomó delante de uno de sus hijos mientras gritaba “sois unos cobardes, cabrones”. Era el año 1984. Su viuda, Bárbara Durko, le pidió al obispo de San Sebastián, José María Setién, que le dejara llevar el cadáver a la catedral del Buen Pastor para poder acoger a todas las personas que iban a acudir al duelo, y ese tipejo con báculo y sotana se negó.

Fernando Aramburu se fijó en el ataúd, en la Casa del Pueblo, y se dijo a sí mismo: “En ese momento supe que algún día tendría que escribir sobre esto". Muchos años después de la tregua, habrá muchos miles de vascos que es ahora cuando comienzan a hablar con libertad, a recordar con libertad y hasta a rememorar con estupefacción aquello que sucedió y que, incluso, llegaron a verlo normal. Acuérdate de lo que, ese mismo día, contó a tu lado Arantxa: “Me tiemblan las piernas cuando pienso ahora que estábamos en casa, se oía una explosión cercana, y la vida seguía tal cual porque ya todo aquello se había convertido en algo habitual”.

“Durante años y años, decenas de miles de chivatos han perseguido a decenas de miles de personas porque han acobardado mucho más que matado”, sostiene con su lucidez habitual Maite Pagazaurtundua, otra de las víctimas de ETA. Léelo bien porque con esa sola frase ya nos podemos imaginar la profundidad de los daños sociales que dejan los asesinos etarras.

La herida de ETA es mucho más profunda que la que ha dejado en los muertos y en sus familias; es bueno subrayarlo y repetirlo para sentirnos más orgullosos todavía de haber vencido, de haberlos derrotado. Era tanta la dificultad, tanto el terror que habían sembrado en los momentos más oscuros de la lucha contra esa organización asesina, que podría parecernos que nunca lograríamos ganar, que era imposible. Y no ha sido así. Como lo sabemos, como siempre lo recordaremos, que elijan ellos las frases para su derrota, como en el comunicado en el que anuncian la disolución.

No podemos consentir que nos provoquen; mucho menos que generen malestar o indecisión. Que sigan hablando de ‘conflicto en Euskal Herria’, que mantengan sus alucinaciones perversas de país sometido, que no tengan ni la dignidad de pedir perdón a todas las víctimas; que pongan ellos las palabras de su derrota, porque esa es la única realidad y jamás la van a poder cambiar.

Matacán

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
7 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios