Carta póstuma a Pablo Iglesias
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Javier Caraballo

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Carta póstuma a Pablo Iglesias

Cuántos años han de pasar para que al mencionar a ‘Pablo Iglesias’ la gente, de forma mayoritaria, no piense en este político de ahora en vez del legítimo propietario de ese nombre, usted, don Pablo Iglesias Posse

placeholder Foto: Una mujer camina junto a las flores y la corona depositadas en la tumba del fundador del PSOE, Pablo Iglesias Posse. (EFE)
Una mujer camina junto a las flores y la corona depositadas en la tumba del fundador del PSOE, Pablo Iglesias Posse. (EFE)

Querido don Pablo, esta carta es una disculpa generacional. Una necesidad, incluso una obligación, si usted quiere, que nace del convencimiento de que nadie en la historia debería apropiarse del nombre de otra persona y usurparle la memoria que solo a él le corresponde. Cuántos años han de pasar en España para que al mencionar a ‘Pablo Iglesias’ la gente, de forma mayoritaria, no piense en este político de ahora en vez del legítimo propietario de ese nombre, usted, Pablo Iglesias Posse. Alguien le debe a usted una disculpa, una carta que se eleve con el viento de los tiempos y llegue hasta el lugar en el que descanse su recuerdo; sepa usted, don Pablo Iglesias, que no todo el mundo ha olvidado la historia y que siempre nos quedará la confianza de que solo perdura aquello que es sustancial, trascendente, y que lo demás, el oportunismo o la impostura, se desvanece con los días hasta desaparecer.

Ha tenido usted la mala suerte de que le surja una imitación, como esos que falsifican un Caravaggio en la actualidad, con la diferencia de que los falsificadores de obras de arte se reconocen a sí mismos como tales y nunca se confunden con el pintor, ni con su vida. Podría decirse, incluso, que los falsificadores de arte son más leales y fieles al artista, al original, que los falsificadores de nombres, como este clon suyo del siglo XXI, Iglesias Turrión, que, para colmo de sus desgracias, don Pablo, representa el reverso del líder político y del personaje público que fue usted en los últimos años del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, una de las etapas más tristes y desgraciadas de nuestra historia.

Iglesias Turrión, para colmo de sus desgracias, don Pablo, representa el reverso del líder político y del personaje público que fue usted

La duda que siempre he tenido, don Pablo, y he de confesárselo al principio, es qué parte de responsabilidad tienen en todo lo ocurrido los propios padres de su imitador, porque también esto es una tentación muy humana, pretender que nuestros hijos sean lo que nosotros nunca pudimos ser. Joan Manuel Serrat lo dice mejor en aquella canción maravillosa, ‘Esos locos bajitos’, cuando canta que les transmitimos nuestros anhelos y nuestras frustraciones: “Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir”. Como la celebridad de Pablo Iglesias Turrión en España fue meteórica —en un solo año, 2014, se convirtió en uno de los políticos más populares de todo el país—, se publicaron desde el principio algunas biografías con todos los detalles de su vida, entonces treintañera. En un ensayo coordinado por John Müller, que es un apreciado colega de este gremio en el que usted se inició como tipógrafo, se detalla que los padres de Pablo Iglesias Turrión se conocieron el Primero de Mayo de 1972 frente a su tumba en Madrid, la de usted, don Pablo.

“Ese día había apenas una decena de nostálgicos en el cementerio de la Almudena, pero hubo flechazo, relación, matrimonio y un hijo”. ¿No le parece a usted, don Pablo, que nada de esto puede ser casual? Ni siquiera hace falta contestar, porque la propia madre de su imitador ya reconoció la intencionalidad al ponerle ese nombre; tan cruel fue su reconocimiento que incluso llegó a decir que si el padre, en vez de Iglesias, se hubiera apellidado Rodríguez, le hubiera puesto de nombre Manuel, “como el revolucionario chileno al que cantó Mercedes Sosa”. Nadie, ningún hijo, puede abstraerse de ese fetichismo cuando se ha mamado desde la cuna. La biografía de esos primeros años sigue incluyendo en la adolescencia algunos detalles que, a lo mejor, en el seno familiar o amistoso, les resultan entrañables, pero que, con un poco de distancia, son aterradores: a los 14 años se afilió a las Juventudes Comunistas y leía compulsivamente a Lenin, Marcuse, Hegel, Allende…

El problema principal de Pablo Iglesias Turrión es que todo en él es impostura, fetiche y un ego descomunal que lo ha devorado por dentro

Créame, don Pablo, que no tengo tentación alguna por comparar los felices años setenta y ochenta de la España actual, tras la muerte del dictador, con los que le tocó vivir a usted, la infancia penosa, de miseria y de necesidad, desde Ferrol hasta Madrid, cuando se murió su padre, siendo usted un niño, y su madre se los trajo a Madrid, malviviendo en una humilde buhardilla con las tres perras gordas que se ganaba lavando en una banca del Manzanares. Para ser de izquierdas, para sentir muy dentro los ideales de solidaridad, de igualdad, de libertad, de lucha por los más desfavorecidos, no es necesario, obviamente, haber pasado necesidad. No, el problema de su clon de siglo XXI, de la persona que le ha usurpado el nombre, no está en sus orígenes, sino en su personalidad política: podría afirmarse que el problema principal de Pablo Iglesias Turrión es que todo en él es impostura, fetiche y, por supuesto, un ego descomunal que lo ha devorado por dentro hasta convertirlo en una caricatura de sí mismo. Los primeros que se dieron cuenta de lo que ocurría fueron sus propios compañeros, muchos de los que iniciaron con él la aventura de Podemos hace siete años.

Pablo Iglesias Turrión, en definitiva, es un político fallido; se ha quedado en la carcasa artificial que construyeron para él, el nombre, las camisas remangadas, la coleta y la perilla, y el discurso de revolucionario de salón que combate en guerras pasadas. Los problemas del presente, sencillamente, no le interesan porque su mundo es otro, recreado para su interés. Con lo cual, en esencia, tampoco está interesado en la acción política: es un hecho tan constatable como que nada le parece sustancial en el servicio público, a excepción de su protagonismo. Quiso construir un gran partido político a la izquierda del PSOE, “participativo y transversal”, y, cuando ya lo había fundado, se cansó, expulsó a sus colegas y se hizo líder incontestable.

Foto: Imagen: Learte.

Luego lo apostó todo a la entrada en el Gobierno, pero solo por el hecho en sí mismo, para adornar su currículo y poder decir —ahí es nada— que ha superado hasta al histórico Enrico Berlinguer (“Ni siquiera él pudo llegar a donde he llegado yo”, ha dicho). Al año, se cansó del Gobierno también, lo abandonó y decidió presentarse a la Asamblea de Madrid. Tampoco ahí va a durar porque, como ya ha confesado, ahora lo que quiere es dejar la política y dedicarse al espectáculo, televisiones, conferencias y hojarasca mediática de la que engorda las cuentas bancarias con dos o tres pelotazos. Usted, don Pablo, por su enfermedad, no tuvo muchos años de vida pública, en las Cortes, pero su ejemplo político mereció el reconocimiento y el respeto de todos sus contemporáneos, estuviesen o no de acuerdo con sus ideales.

“Es menester acentuar que Pablo Iglesias tiene derecho a que su vida sea contada —como un ejemplo que solicita la imitación—, cualquiera que fuese la aquiescencia que a sus opiniones se le preste”, dijo el honorable José Ortega y Gasset, que incluso le llamaba ‘santo’, por la sinceridad de su pensamiento, por la fortaleza insobornable de sus ideas, por la dedicación plena a una lucha. Un siglo después, tras la burda experiencia del imitador que le ha surgido, se vuelven a leer las palabras del filósofo y la disculpa generacional, don Pablo, surge como una necesidad de reparación de la memoria.

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