Ayuso y el hablar sin ofender
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Javier Caraballo

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Ayuso y el hablar sin ofender

Esta mujer ofende sin pretenderlo, por eso se dice que es una habilidad innata, una pulsión inconsciente, como demuestra la propia enjundia de las cosas que dice y acaban en ofensa

placeholder Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid y candidata del PP a la reelección, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
La presidenta de la Comunidad de Madrid y candidata del PP a la reelección, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Posee Isabel Díaz Ayuso la habilidad innata de hablar ofendiendo, una cualidad política muy estimable en los tiempos de confrontación y de polarización extrema que se viven en España y muy especialmente en Madrid, la comunidad de la que es presidenta con la aspiración solvente de repetir en las elecciones del 4 de mayo. Se trata de decir algo, cualquier cosa, y provocar la irritación, la estupefacción o el malestar de quien la está oyendo, como si le cayera un bofetón sin esperarlo. Es como estar de oyente en la conversación de otro y que te peguen una patada en la espinilla.

Pues eso es lo que hace Díaz Ayuso perfectamente, como si lo ensayara, aunque está claro que no es así, que el exabrupto surge sin pensarlo, que esta mujer ofende sin pretenderlo, por eso se dice que es una habilidad innata, una pulsión inconsciente, como demuestra la propia enjundia de las cosas que dice y acaban en ofensa. A veces, se trata de la nada o el absurdo, un simple sinsentido. Es necesario rebobinar el 'podcast' o releer el párrafo para entender que sí, que es cierto, que lo ha dicho tal cual.

En su concepto de “vivir a la madrileña”, por ejemplo, no hay reflexión de la presidenta de Madrid que no acabe con los ojos de plato de quien la escucha, como si no diera crédito a lo que acaba de oír por la exageración (“soy libre porque vivo en Madrid”) o por el dislate (“en Madrid puedes cambiar de pareja y no encontrártela nunca más”). ¿Se puede hablar bien de Madrid, estar orgulloso y enamorado, sin que la definición entrañe la desconsideración o el menosprecio de quien no vive en Madrid? Claro, se trata solo de hablar sin ofender, que es a lo que no alcanza Díaz Ayuso cuando defiende Madrid y a los madrileños. Hablar sin ofender. Se puede.

Lo de “vivir a la madrileña” es la síntesis del ‘nacionalismo madrileño’ que ha sabido construir Isabel Díaz Ayuso y que le servirá para arrasar en estas elecciones, lo cual es un mérito en una región tan contraria al concepto nacionalista como es Madrid. Se dice “vivir a la madrileña” y suena a plato típico, no más, pero con la presidenta Díaz Ayuso el concepto ha trascendido hasta convertirse en el eslogan político más eficaz de las últimas décadas en esta comunidad y, por descontado, el mejor de esta campaña electoral. También eso se lo debe a la torpeza, o el error de cálculo, de sus adversarios, fundamentalmente de Pedro Sánchez, que, como ya se dijo en otra ocasión, cometió el error clamoroso de bajar a la arena para enfrentarse directamente con la presidenta de Madrid.

Foto: Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso. (EFE) Opinión

De aquella ofensiva del Gobierno de Sánchez y de sus socios parlamentarios contra Isabel Díaz Ayuso nace el discurso de victimización que la dirigente del Partido Popular ha sabido transformar y convertir en un mensaje positivo de defensa de Madrid. Aquellas campañas contra la gestión de la pandemia en la comunidad de Madrid que hablaban de la capital como “una bomba vírica”, o las ofensivas del independentismo catalán contra la comunidad como un “paraíso fiscal para ricos”, son las que brindaron a Díaz Ayuso la posibilidad de fomentar ese ‘nacionalismo madrileño’, aunque el concepto en sí mismo sea un contrasentido porque, como dice mi compañero Rubén Amón, “la identidad de Madrid consiste en la ausencia de identidad, lo cual no es un defecto sino una virtud”. Por lo tanto, si ha sido posible construir un sentimiento nacionalista en Madrid ha sido porque, como ocurre con todos los nacionalismos, previamente se ha generado una sensación de agravio o de ofensa.

Cuando se afirma que las teorías de Isabel Díaz Ayuso en defensa de Madrid acaban ofendiendo a muchos de los que la escuchan, podría interpretarse que se trata solo de aquellos que no viven en Madrid, pero no son pocos los madrileños que comparten la misma estupefacción cuando la oyen hablar y sienten que los tratan como bobos, que nacieron ayer. En las demás regiones, los ciudadanos pueden sentirse ofendidos o despreciados cuando la presidenta sale en defensa de la libertad con que se vive en Madrid y añade como coletilla “y no hay más que compararlo con amigos, conocidos, familiares que están en otras comunidades autónomas, y nos dicen, qué suerte tenéis de vivir en Madrid”. ¿Acaso no rigen en Madrid los mismos derechos y libertades que en el resto de España? ¿Se es más libre en una acera de la Gran Vía que en la Plaza Mayor de Teruel? ¿Un andaluz o un gallego no disfrutan igual la democracia española? Si se piensa, lo que le pasa a Díaz Ayuso es que en su construcción accidental del ‘nacionalismo madrileño’ ha acabado reproduciendo los defectos del discurso excluyente de los nacionalistas. A la defensa de lo propio se llega siempre por la devaluación o menosprecio del diferente.

Foto: Isabel Díaz Ayuso en San Isidro. (EFE) Opinión

Esa es la limitación, o el vicio dialéctico, que tiene Díaz Ayuso y que, por lo que se ve, no acaba de comprender. Cuando, como sucedió ayer en lo de Alsina, en Onda Cero, se le hace ver que es posible defender Madrid, y estar orgulloso de vivir en Madrid, sin desconsiderar a los demás, la reacción de Isabel Díaz Ayuso es exponencial y estrambótica: “En Madrid puedes cambiar de empresa o de pareja y no volver a encontrártela nunca más. Eso también es libertad, y no ocurre en todas partes”. Como cuando recalca que en Madrid se madruga para trabajar. O que la libertad que ella garantiza es la de poder salir a divertirse hasta altas horas de la noche. Cuántos madrileños se sentirán flipados cuando oyen hablar a su presidenta como si hubiera implantado la juerga y el trasnoche en un decreto ley.

Lo que diría Ava Gardner al oírla; ella que, en pleno franquismo, quemó las noches de Madrid dejando a su paso, como contaba Vicent, un aroma de alcohol, Chanel, sudor y tabaco. “Más guapa cuanto más ebria: así era Ava en las noches de Madrid en las que ella ejercía su absoluta libertad”. ¿Eso es “vivir a la madrileña”? En fin, con la complicación que conlleva analizar el absurdo, lo único que cabe objetar es que, en lo político, es una reducción simplona que chirría cuando se ensalza como símbolo de democracia y de ideología y, en lo social, que se puede profundizar en el sano ejercicio de hablar sin ofender.

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