La ciénaga: algo huele a podrido en la democracia española

La guerra de los másteres y de las tesis doctorales no es más que el reflejo fiel de sistema político. Élites endogámicas ajenas a la sociedad controlan hoy los partidos políticos

Foto: Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados. (EFE)

Hace algunos años, el economista César Molinas publicó un inteligente artículo en 'El País' —Una teoría de la clase política española— en el que defendía la "imperiosa y urgente" necesidad de reinventar el sistema político.

El artículo fue publicado durante la segunda recesión de la economía española, y partía de una idea central. La clase política había privilegiado en las últimas décadas, probablemente desde que se esfumó el impulso reformista de la Transición, el interés particular por encima del interés general de la nación. Un proceso que, además, había ido acompañado de un sistema de captura de rentas.

Según Molinas, el resultado ha sido el nacimiento de una élite extractiva, según la terminología popularizada en su día por Acemoglu (Harvard) y Robinson (MIT de Massachusetss).

Ambos economistas fueron capaces de demostrar —junto a otros institucionalistas— por qué unos países son prósperos gracias a contar con instituciones democráticas y transparentes que procuran el bienestar general, mientras que otros —los más atrasados—, quedan en manos de élites políticas que solo pretenden actuar en beneficio propio. La prosperidad de las naciones, vienen a decir, no depende de sus riquezas naturales, sino de la calidad de sus instituciones. Venezuela, sin duda, es el caso más paradigmático.

Molinas recordaba en su artículo que los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de infraestructuras inútiles que han costado cientos de millones de euros, y que han ido a parar, literalmente, a la basura. También, y no hay que olvidarlo, de coger a un país en vías de desarrollo y convertirlo en una democracia avanzada, pero todavía con profundos agujeros en términos de calidad de sus instituciones.

Han pasado seis años de la publicación de ese diagnóstico y nada ha cambiado. Y lo que ha sucedido esta semana con la guerra de los másteres y de los doctorados es el mejor ejemplo de ello.

La tesis doctoral de Pedro Sánchez. (Reuters)
La tesis doctoral de Pedro Sánchez. (Reuters)


Escándalo

Lo relevante, sin embargo, y aunque parezca que lo es, no es si Pedro Sánchez ha plagiado su tesis, que desde luego no es baladí; ni si Casado ha hecho trampas para aprobar sus estudios, que tampoco lo es; ni si Rivera ha inflado su CV, que obviamente es muy significativo para un líder que ha construido su estrategia en torno a la regeneración.

Lo relevante es el sistema de elección de los líderes políticos, que a todas luces necesita un cambio radical. Y que es lo que en realidad está detrás de los sucesivos escándalos (vendrán otros). El sistema de primarias, de hecho, es una condición necesaria para engrasar la democracia, pero no suficiente si no existen en el interior del partido mecanismos de fiscalización de los candidatos, y que solo pueden configurarse mediante listas electorales abiertas en las que los candidatos sean contrastados con el voto ciudadano y no solo por el apoyo de los afiliados.

Tanto Sánchez, como Casado, Iglesias y Rivera han construido sus perfiles públicos en torno a platós de televisión

España es, probablemente, el único país europeo en el que sus cuatro principales líderes han salido de las tertulias televisivas. Tanto Sánchez, como Casado, Iglesias y Rivera han construido sus perfiles públicos en torno a platós de televisión. Ninguno, de hecho, ha tenido una experiencia dilatada en empresas privadas, más allá de pequeños episodios, y ninguno ha ascendido por méritos propios ajenos al partido. Tampoco han hecho ninguna carrera profesional dentro del sector público a través de los cuerpos de élite de la Administración, lo que obliga a pasar una dura oposición.

Al contrario. Todos y cada uno tienen un perfil profesional ligado exclusivamente a su propia formación y a la política del espectáculo articulada a través de la televisión.

Rivera e Iglesias fundaron Ciudadanos y Podemos, respectivamente, y emergieron al calor del desgaste del bipartidismo debido a la corrupción y la recesión; mientras que Sánchez y Casado, por su parte, aprovecharon crisis históricas del PSOE y del PP para trepar dentro del partido como una especie de soluciones de emergencia. En definitiva, han sido los beneficiarios de una crisis que empezó siendo económica y ha acabado siendo política.

En ambos casos, con idéntica estrategia: radicalizando el discurso —hacia la izquierda y la derecha— para conseguir que los pocos afiliados que aún quedan en los partidos (los más ideologizados y con un comportamiento más emocional que racional) pudieran ver en ellos la gran esperanza blanca para volver a los tiempos de vino y rosas.

Fachada de la sede del PP en la calle Génova de Madrid. (Foto: AMGC56-CC)
Fachada de la sede del PP en la calle Génova de Madrid. (Foto: AMGC56-CC)


Competencia

Un proceso que tiende a amplificarse por el hecho de que la competencia dentro de los partidos —al ser menor el número de afiliados— tiende a reducirse, lo que favorece la endogamia y, en consonancia, el alejamiento de la sociedad. Es más, el hecho de que los líderes hayan hecho su vida política dentro (y exclusivamente) dentro del partido, les hace conocer muy bien la formación, impidiéndoles, al mismo tiempo, oxigenarse con nuevas ideas. Máxime, cuando el cuerpo electoral de las elecciones internas está articulado en torno a la posibilidad de acceder a un cargo público que sirva como trampolín en espera de una oportunidad, para lo cual suele ser propicio ir a rebufo de un líder del propio partido con fecha de caducidad.

El resultado, como no puede ser de otra manera, es un sistema político construido sobre pies de barro que tiende a generar numerosas crisis y debilidades, como Italia, y que es una auténtica anomalía en términos de representación pública. Entre otras cosas, porque la enorme polarización que exige el proceso de elección en el seno de los partidos —el candidato se legitima diciendo que nunca pactará con el adversario político— es un lastre para posteriores políticas de concertación. El célebre, 'no es no'.

Un país que cambia tantos cargos porque hay nuevo presidente del Gobierno sin duda tiene un problema de calidad institucional

Como ha escrito en este periódico Rafael Méndez con precisión, "es gente que entra de joven en política y aprende de sus mayores a apuñalar al rival y a ganar un congreso del partido. Eso lo hacen bien, pero es lo único que saben. Ahí solo importa trepar, no estudiar". Pasados los años y ya en política se dan cuenta del problema que tienen: "Entonces se acomplejan porque están tratando todo el día con altos funcionarios y gente de la empresa privada y buscan que les pongan sellos en el currículo". Esos sellos son másteres como los de Casado y Montón, pero también el de Cristina Cifuentes, que entró en la Asamblea de Madrid en 1991, con 27 años.

No sería un drama, sin embargo, si no fuera por la enorme influencia de los partidos políticos sobre la sociedad, y que se ha manifestado con toda crudeza muy recientemente con la política de nombramientos.

Un país que cambia tantos cargos (altos, medianos y bajos) porque hay nuevo presidente del Gobierno, sin duda tiene un problema de calidad institucional. Y lo que es todavía peor, genera una parálisis política de incalculables consecuencias. Probablemente, alimentada por medios de comunicación que han convertido la política en parte de la industria del entretenimiento, lo que favorece el amarillismo y la banalización de la información política y económica. No era difícil saber lo que iba a opinar cada medio antes de que estallara el escándalo de las falsas titulaciones.

Es el propio sistema el que expulsa de los mecanismos en los que se toman las decisiones a quienes son ajenos a la vida interna de los partidos

Se dirá que el problema de la clase política es general, y que recorre las democracias más consolidadas, como el fantasma de Marx. Y es verdad. La diferencia es la enorme capilaridad de las decisiones políticas en España. Precisamente, por la debilidad de las instituciones, lo que necesariamente incentiva el descrédito de la política. Máxime cuando es el propio sistema el que expulsa de los mecanismos en los que se toman las decisiones a quienes son ajenos a la vida interna de los partidos.

Las soluciones Trump, Le Pen o del populismo europeo, de hecho, no son más que una respuesta al deterioro de los valores de la política. Y que se pueden manifestar en un máster tramposo, en un pobre trabajo de doctorado o en una ministra que plagia y pretende irse como una víctima del sistema, cuando era una cuestión de decencia intelectual. Sobre estos escombros se construirá el populismo del futuro.

Mientras Tanto

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