Pablo Casado, cuando el populismo está en el centro

La política es también identificar los cambios sociales. Y una solución conservadora cuando el mundo se mueve, es la peor manera de resolver conflictos. Casado parace estar en ello

Foto: Casado durante un almuerzo coloquio celebrado esta semana en Sevilla. (EFE)
Casado durante un almuerzo coloquio celebrado esta semana en Sevilla. (EFE)

Desde que, a principios del siglo pasado, Antonio Maura planteara la necesidad de conectar desde el poder —la célebre revolución desde arriba— con lo que el político mallorquín llamaba la "sana mayoría silenciosa", la idea de gobernar mirando a un presunto pueblo callado, trabajador y respetuoso con la ley, ha hecho fortuna.

Tanto es así que hasta Nixon (en las antípodas de Maura) habló de que él, frente a las algaradas y la minoría ruidosa, representaba también a una "gran mayoría silenciosa" en su intento de explicar la presencia de EEUU en Vietnam. Obviamente, para justificar ante sus rivales políticos su inmovilismo y su renuencia a escuchar los cambios sociales que nacían en la América de los 60 y 70.

En España, más recientemente, fue Fraga quien habló de forma insistente de conectar con lo que el político gallego denominó 'mayoría natural' (que electoralmente se traducía en la integración de UCD y e AP) para hacer frente a los socialistas de Felipe González. Y también el dictador habló de la existencia de una mayoría silenciosa para justificar la represión ante las demandas de cambios sociales y políticos protagonizadas por nuevos españoles ajenos a la guerra civil.

En todos los casos, el argumento central era el mismo. Es el poder el que conoce mejor que nadie al pueblo no representado, con lo que así se podía defender del inmovilismo y hasta de la atrofia política.

Se trata, en suma, de una corriente conservadora, que, sin embargo, no solo afecta a la derecha. También a la izquierda cuando alcanza el poder, y lo que le sucedió a Felipe González en los años 90 es buena prueba de ello. González fue incapaz de entender que una nueva generación de españoles ajena a la Transición había entrado en escena.

Pablo Casado durante la reunión que mantuvo en la sede de Génova con el expresidente del Gobierno José María Aznar. (EFE)
Pablo Casado durante la reunión que mantuvo en la sede de Génova con el expresidente del Gobierno José María Aznar. (EFE)

Conservadurismo

Lo que sorprende es que la renuencia al cambio se produzca en la oposición. Y este es el caso del líder del Partido Popular, Pablo Casado, que embarcado (por Aznar) en un proyecto de reunificación del centro derecha, una estrategia legítima y hasta lógica, parece querer conectar con el peor conservadurismo, que es aquel que desconoce las transformaciones sociales y políticas. Y que se manifiesta en su desinterés por actualizar el marco constitucional para acercar el país legal con el país real, como decía el propio Maura.

Sánchez ha optado por legitimarse ante su electorado buscando un enfrentamiento con la oposición, lo cual solo puede generar frustración

Casado, por el contrario, ha optado por una estrategia de oposición que pasa por competir con Ciudadanos en el terreno de los símbolos y con fuerzas emergentes de la extrema derecha en su dureza con Sánchez, lo que inevitablemente lleva a la ingobernabilidad del país.

Entre otras cosas, porque el propio Pedro Sánchez —de manera verdaderamente incomprensible y hasta absurda— ha renunciado a crear una nueva mayoría parlamentaria capaz de poner al día el marco constitucional, lo que inevitablemente lleva a la parálisis política. Por el contrario, ha optado por legitimarse ante su electorado buscando un enfrentamiento sistemático con la oposición, lo cual solo puede generar frustración y cero reformas.

En los últimos días, Casado ha sugerido ilegalizar a los partidos independentistas si no condenan la violencia (ha citado por su nombre a ERC, PDeCAT y CUP), pero también ha propuesto que Rivera acuda al notario para que se comprometa a no pactar con Susana Díaz. O, incluso, han planteado recentralizar las competencias de educación o seguridad, lo cual es verdaderamente singular teniendo en cuenta que el propio Casado suele celebrar el éxito de la Constitución, que ha favorecido la prosperidad del país en los últimos 40 años con el actual modelo territorial.

Es decir, un mensaje claramente reaccionario que conecta directamente con la exposición que hacía hace unos días González Ferriz en este periódico cuando hablaba de que en Europa mucho liberales conservadores se habían pasado al populismo o, incluso, en el caso de Hungría o Polonia, a un autoritarismo blando.

Es la centralidad política la que salta por los aires al querer conectar con una presunta mayoría silenciosa que busca en la ley y el orden su hábitat

Algunos autores han conectado este proceso de transformación ideológica con un nuevo paradigma político que denominan populismo centrista, que combina el apoyo matizado a la globalización con una buena dosis de protección social y una pizca generosa de patriotismo. Una combinación que, en el caso español, y habida cuenta del conflicto catalán, tiende a polarizar las actitudes políticas. Hasta el punto de que es la propia centralidad política la que salta por los aires al querer conectar con una presunta mayoría silenciosa que busca en la ley y el orden su hábitat político, mientras que todo lo que sean cambios no representan al pueblo.

Se trata de un camino no exento de riesgos. El propio Partido Popular —ya desde los tiempos de Aznar y Rajoy— ha argumentado con razón que los partidos que tienden a imitar a sus extremos suelen acabar fagocitados por estos. Fundamentalmente, como se suele decir, porque el pueblo prefiere la versión original a las imitaciones.

Vista del hemiciclo del Parlament. (EFE)
Vista del hemiciclo del Parlament. (EFE)

Astracanada

Esto, de hecho, es lo que le sucedió al nacionalismo y a buena parte del catalanismo, que puestos a competir con el independentismo ha acabado por convertir el Parlament en una astracanada, como bien se ha puesto de manifiesto esta misma semana.

A veces se olvida que la causa última de los movimientos populistas y xenófobos tiene que ver con la pérdida de credibilidad del sistema político dominante (lo que habitualmente se denomina 'establishment'), que, con su tendencia al conservadurismo en aras de mantener el poder, tiende a ningunear las transformaciones sociales subterráneas que no se ven a primera vista, pero que acaban por salir a la superficie con una fuerza inusitada. Como le sucedió al propio Maura hace un siglo.

El 'establishment', por ejemplo, no supo ver que la globalización sin matices generaba perdedores (las clases medias más expuestas a la competencia exterior basada en los bajos salarios); ni que los recortes presupuestarios tras la Gran Recesión afectaría a los sectores más dependientes del Estado protector. Ni, todavía hoy, es capaz de articular una respuesta a los efectos que tiene la revolución tecnológica sobre el empleo y la precariedad laboral en determinados grupos sociales.

Son las reformas —también las constitucionales para poner al día el modelo territorial— las que pueden evitar la catástrofe populista

Probablemente, porque se impregnó de ese conservadurismo innato a quien detenta el poder, y que tiende a identificarse con una mayoría silenciosa que no existe. Entre otras cosas, porque la ruptura del tradicional eje izquierda/derecha ha fragmentado las ideologías, y hoy son cada vez más frecuentes los trasvases de votos entre formaciones que hasta hace bien poco parecían antagónicas.

Los obreros votan a la extrema derecha y las clases urbanas con más recursos y mejor cualificación profesional respaldan a partidos de izquierdas como Podemos, que son, precisamente, quienes quieren elevar la presión fiscal.

Se equivocaría Pablo Casado si quiere jugar en ese terreno. Y también Pedro Sánchez si no es capaz de proponer un campo de juego razonable en el que se negocie una verdadera agenda reformista para poner al día todo aquello que está obsoleto. Son precisamente las reformas —también las constitucionales para poner al día el modelo territorial— las que pueden evitar la catástrofe populista, que vive, precisamente, del descrédito de unos y otros. El mejor caldo de cultivo para el fanatismo siempre es el caos y la falta de entendimiento.

Mientras Tanto

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