28-A: las dos Españas se enfrentan a cara de perro

Las dos Españas ya no existen. Pero los partidos, de forma artificial, intentan revivirlas. Ni siquiera el ultranacionalismo intolerante puede salirse de las reglas del juego

Foto: Pedro Sánchez, durante su comparecencia, en una sala de prensa repleta de periodistas, el 15 de febrero de 2019. (EFE)
Pedro Sánchez, durante su comparecencia, en una sala de prensa repleta de periodistas, el 15 de febrero de 2019. (EFE)

El origen del mito de las dos Españas suele atribuirse al célebre verso de Machado ('españolito que viene al mundo, te guarde dios...'), pero es probable que ese antagonismo histórico haya que situarlo mucho antes.

Para un buen número de historiadores, fue durante la guerra de la independencia, el momento fundacional de la construcción de la nación española, cuando nació el mito: afrancesados contra absolutistas, pero su presencia en la política española —conservadores contra liberales o progresistas contra reaccionarios— ha sido tan intensa que ha podido atravesar con notable eficacia los dos siguientes siglos. Sin duda, por una concepción patrimonial de la nación (y de la bandera) que solo ha servido —salvo en cortos periodos históricos— para fracturar aún más la convivencia.

Como han señalado muchos historiadores, su vigencia, un antagonismo infrecuente en la mayoría de los países europeos, al menos con esa intensidad, tiene mucho que ver tanto con las dificultades de este país para interpretar en común en cada momento histórico su pasado más reciente, como con la nula generosidad de los vencedores, lo que explica el habitual choque de legitimidades. Sin un pasado común a consecuencia de los numerosos enfrentamientos internos, es algo más que difícil anclar las instituciones, que son el reino del pacto social por su capacidad para encauza el conflicto.

Las dos Españas tienen más elementos en común de lo que parece, y ni siquiera el ultranacionalismo intolerante puede hoy cambiar las reglas del juego

La Transición intentó cerrar esa maldición, pero con poco éxito. Probablemente, porque las heridas no se cerraron del todo, lo que explica que el pasado siempre vuelva. Las elecciones del próximo 28 de abril serán el próximo mojón, pero con una diferencia. Afortunadamente, las dos Españas a las que se refería Machado han desaparecido. Y aunque alguna intente helarte el corazón con mensajes guerracivilistas, lo cierto es que la España del siglo XXI poco se parece a la que glosaba el poeta sevillano.

Es muy probable, sin embargo, que todos los partidos apuesten el 28-A por reclamar para sí una visión de España opuesta frontalmente a la del adversario político, pero en realidad no es más que una estrategia electoral. Las dos Españas que se avecinan tienen muchos más elementos en común de lo que parece, y ni siquiera ese ultranacionalismo intolerante que se agarra a la bandera para subsistir tiene hoy capacidad para cambiar las reglas de juego de un país anclado en la Unión Europea y con un nivel de vida algo más que aceptable.

Democracia o fascismo

Las dos España, por lo tanto, tienen poco que ver con ese carácter frentista que algunos líderes políticos quieren dar a la campaña: España o los independentistas catalanes. Democracia o fascismo. Tampoco las elecciones son un plebiscito sobre el futuro político de Cataluña, como pretende ese nacionalismo bizarro y arcaico que hoy se presenta 'sin complejos'. Y cuya razón de ser es la bandera.

Sí es verdad, por el contrario, y como sucede en otros países de nuestro entorno, que el escenario electoral refleja dos bloques perfectamente visibles. Entre otras cosas, porque Ciudadanos, que nació como una fuerza de centro izquierda que se definía como socialdemócrata, se ha inclinado de forma difícilmente explicable hacia la derecha, lo que convierte al 28-A en un pulso entre dos bloques.

28-A: las dos Españas se enfrentan a cara de perro

Lo que sabemos es que desde 2004, las elecciones que ganó Zapatero, hay una relación casi mimética entre participación electoral y triunfo de la izquierda. En aquellas elecciones, muy influidas por la segunda legislatura de Aznar (guerra de Irak, Prestige o resurgimiento de la cuestión catalana), además del 11-M, la participación fue del 75,66% la más alta alcanzada desde entonces. La izquierda (PSOE más IU) obtuvo 12,3 millones de votos, frente a los 9,7 millones del PP, por entonces hegemónico en el centro derecha. Cuatro años después, en 2008, la suma del PSOE e IU fue muy similar: 12,2 millones, por encima de los 10,2 millones que logró el PP, también en solitario, con una participación por encima de la media: el 73,85%.

En el caso de la izquierda, estas cifras son muy relevantes porque marcan su techo electoral, algo más de 12 millones de votos, mientras que reflejan que la derecha —cuando el bipartidismo era hegemónico— nunca ha ganado (salvo en 1996) con una elevada participación electoral.

La desmovilización de la izquierda

En 2011, de hecho, y ya con la izquierda desmovilizada tras el estallido de la crisis y la gestión que hizo Zapatero de la recesión, todo cambió. Ese año la participación bajó hasta el 68,94%, y el PP obtuvo los mejores resultados de su historia: 10,8 millones de votos, medio millón más que en 2000, cuando Aznar revalidó su mayoría, pero ya de forma absoluta.

Si participa el 75%, que es el porcentaje con el que ganó Zapatero, nueve puntos más que en 2016, es muy probable que gobierne la izquierda

Las elecciones del 2015 y 2016, como se sabe, significaron un nuevo mapa político por la irrupción de nuevos partidos, pero los bloques izquierda-derecha no sufrieron grandes alteraciones. La suma del PP y Ciudadanos obtuvo en los últimos comicios 11,08 millones de votos, mientras que la izquierda (PSOE, Unidos Podemos y las confluencias) alcanzaron 10,53 millones, por lo tanto, una diferencia de algo más de 550.000 votos. Es decir, pese a la irrupción de nuevos partidos lo que se ha producido, fundamentalmente, es un trasvase de votos internos entre bloques, lo que pone de relieve la consistencia del eje derecha-izquierda en el panorama político español. El único intento de transversalidad, como se sabe, fue el pacto que firmaron Sánchez y Rivera, que fracasó por la oposición de Podemos.

Ahora bien, el resultado estuvo de nuevo muy afectado por la participación electoral, que en 2016 se situó en el 66,48% del censo electoral, el porcentaje más bajo desde la recuperación de la democracia, en 1977. Por lo tanto, el 33,52% de los votantes (uno de cada tres) se quedó en casa.

¿Qué ocurrirá el 28-A? Obviamente, nadie lo sabe, pero hay una primera evidencia. El censo electoral se situará en torno a 37 millones (alrededor de 500.000 nuevos electores), lo que quiere decir que cada punto de participación (hacia arriba o hacia abajo) es equivalente a 370.000 votos. Teniendo en cuenta que la media de participación electoral entre 2004 y 2016 ha sido del 70,92%, eso supone que, en realidad, cada punto del censo equivale a unos 259.000 votos. O lo que es lo mismo, si la participación sube en cuatro puntos, la suerte (al margen de los trasvases entre partidos) dependerá de ese millón de nuevos electores.

Es más, si la participación se sitúa en el entorno del 75%, que es el porcentaje de las elecciones que ganó Zapatero contra todo pronóstico, nueve puntos más que en 2016, es muy probable que gobierne la izquierda. Pero si la participación es baja, ocurriría lo contrario. Ahora bien, tampoco esto es seguro. En 1996, la movilización del voto, tanto en la derecha como en la izquierda, fue extraordinaria (el 77,38% de participación), y entonces el PP ganó por un margen muy estrecho: 290.328 votos, lo que le permitió gobernar a Aznar con el apoyo —conviene no olvidarlo— de los nacionalistas vascos y catalanes.

Estamos pues, ante unas elecciones en las que en realidad lo relevante no será solo el trasvase interno de votos entre los partidos de un mismo bloque ante la fragmentación del espacio político, en particular en la derecha, sino que la clave de bóveda volverá a estar en la participación electoral. Algo que explica, precisamente, la previsible dureza de la campaña electoral, que tenderá a polarizar a la opinión pública, como nunca antes ha sucedido desde 1977, para sacar a los votantes de sus casas.

Pero las dos España, como las golondrinas, no volverán. Claro está, salvo que se intente banalizar el pasado. O, igualmente, olvidar lo que le costó a este país recuperar la democracia y la tolerancia política.

Mientras Tanto
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