¡Votad, votad, malditos! España elige bajo la sombra del caos político

La incapacidad del sistema político para favorecer la gobernabilidad ha hecho bueno aquello que dijo Felipe González: "Vais a votar hasta que salga lo que yo quiero"

Foto: Un ciudadano español residente en Argentina vota para las elecciones del 10-N. (EFE)
Un ciudadano español residente en Argentina vota para las elecciones del 10-N. (EFE)
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'Financial Times' lo ha llamado la era del estancamiento democrático, pero es probable que, en el caso español, se haya quedado corto. El estancamiento es, en realidad, un retroceso. Y el hecho de que se celebren las cuartas elecciones en cuatro años —nunca antes había sucedido nada igual en ningún otro país del mundo— no es más que una señal del fracaso del sistema político. Al fin y al cabo, también la gobernabilidad mide la calidad democrática de un país.

La propia democracia, en el sentido más profundo del término, también está en crisis. Ha dejado de ser útil para muchos, lo que explica el aumento de la intolerancia y de la polarización política. No solo en España. De hecho, el binomio democracia = prosperidad ha dejado de funcionar para amplios sectores de las clases medias.

La democracia por si sola, sin aditivos, ya no garantiza las expectativas que el propio sistema político es capaz de generar, y eso parece estar detrás de un descontento social creciente que se canaliza a través del populismo y de ideas binarias: soluciones simples para resolver problemas complejos. Y que se manifiesta en la práctica en gobiernos cada vez más cortos e inestables. Incluso, en países presidencialistas en los que históricamente el jefe del Estado solo sufría un desgaste al final de su mandato. Hollande, Macron, Piñera, Macri...

Los partidos emergentes se hunden al poco tiempo de nacer, mientras que los otros viejos mastodontes solo sobreviven

España no es diferente a esa ola que recorre el mundo. Hoy vota con la amenaza del caos político (¿terceras elecciones?) si los partidos no se ponen de acuerdo tras el 10-N. Todo es ya tan rápido que formaciones emergentes a las que se auguraba un futuro venturoso se hunden al poco tiempo de nacer, mientras que los viejos mastodontes sobreviven a duras penas con porcentajes de voto impensables hace pocos años. Y lo que es todavía más preocupante: lo que hoy parece extremismo es probable que dentro de algún tiempo se sitúe en la centralidad.

Roto el perímetro de las ideologías, que da coherencia al pensamiento político, hoy ya no sorprende que los obreros voten a la extrema derecha que pretende desmantelar el Estado de bienestar (que favorece a las rentas bajas) o que determinada izquierda se haya convertido en nacionalista olvidando que la patria del trabajador es su empleo. O que alguien rescate la idea de la anti-España, que tan tanto dolor ha traído a este país. O que la bandera, y no las causas objetivas relacionadas con los bienes materiales, esté detrás del auge de los populismos.

Políticos deshonestos

La legítima transición ideológica, pasar electoralmente de un partido a otro, se ha quebrado y hoy se vota también con las tripas. Contra el otro. Sobre todo, cuando se viene de la abstención, que es un territorio fértil para el extremismo después de haber pasado un tiempo en limbo político. La mayoría, sin embargo, piensa (lo dicen las encuestas sociológicas) que los políticos son deshonestos y les mienten, pero votan. La alternativa siempre es peor.

Por supuesto que no se trata de un fenómeno exclusivo de las democracias más avanzadas. Como ha expresado 'The Economist', hay que mirar muy hacia atrás para encontrar un momento histórico en el que coinciden en el tiempo movilizaciones en países y territorios tan diferentes como Chile, Argelia, Bolivia, Pakistán, Ecuador, Hong Kong o Francia. Lo que sucede en Cataluña, incluso, forma parte de un estado general de descontento. Como vaticinó Habermas tras la caída del muro y el fin de la hegemonía de EEUU y la Unión Soviética, los microconflictos, globalizados y amplificados por las nuevas tecnologías de la información, forman ya parte indeleble del ecosistema político. La República digital ya no es solo una ensoñación del independentismo catalán.

La legítima transición ideológica, pasar electoralmente de un partido a otro, se ha quebrado y hoy se vota también con las tripas. Contra el otro

Hace tan solo tres décadas, sin embargo, la caída del Muro de Berlín parecía anunciar algo nuevo. El fin del mundo bipolar representó el triunfo de la democracia frente a las dictaduras, pero la globalización, tras la apertura china de la segunda mitad de los años 70; el desfallecimiento de los Estados de bienestar, después de los choques petrolíferos de los 70; el fenómeno de los trabajadores pobres, que arruina el futuro de muchas familias por los bajos salarios; los avances tecnológicos, que han profundizado la brecha digital; el ensanchamiento inmoral de las desigualdades, y el auge de los flujos migratorios, consecuencia inevitable de todo lo anterior, han tensado la cuerda. En algunos casos, hasta romperla.

Tanto que hoy casi ningún país es ajeno al avance de la zozobra política. Los dos principales partidos en Alemania apenas superaron en 2017 el 53,4% de los votos, y hoy venderían su alma al diablo por alcanzar un resultado conjunto similar; en el Reino Unido, la patria del bipartidismo, el sistema político ha colapsado, mientras que EEUU, Ucrania o Italia han demostrado que se puede alcanzar el poder manipulando a las masas a través de la televisión y de las redes sociales, convertidas en un nuevo ágora. Pero sin la fuerza democrática de las ciudades-Estado de la antigua Grecia. Nadie es capaz de volver a meter la pasta de dientes en el tubo.

Efervescencia política

Es probable que este estado de efervescencia política en el que vive el mundo tenga que ver con el hecho de que el sistema no haya hecho caso de aquella anécdota que se produjo en diciembre de 1990, inmediatamente después de que se celebraran las primeras elecciones de la Alemania reunificada, y que se cerraron con una victoria aplastante del canciller Kohl (43,8%). Tras aquellos resultados, el dirigente socialdemócrata Otto Schily fue entrevistado en televisión, y se le preguntó en directo por qué la CDU había ganado cuando casi la mitad del país había vivido 40 años bajo un régimen comunista.

Schily tenía preparada la pregunta, pero también la respuesta. Y fue entonces cuando, de forma sigilosa, sacó un plátano de uno de sus bolsillos y lo mostró a la cámara: 'Por esto', dijo, porque los alemanes orientales querían comer productos frescos y bienes de consumo de los que no se privaban los vecinos del otro lado del muro.

El problema de España ya no es saber quién ganará las elecciones, sino si el país podrá ser gobernado. El populismo ha irrumpido como un volcán

España, hasta hace bien poco, parecía inmune a este proceso de degradación de la política, que es el ámbito natural del pacto social. Un dato lo corrobora. En 2011, en plena recesión, PP y PSOE acapararon todavía el 73,39% de los votos (y más del 80% de los escaños), pero en abril de este año ese porcentaje se había desplomado hasta el 45,36%. España era una excepción. Parecía que cuarenta años de franquismo nos había hecho inmunes a los extremismos.

No ha sido así. Como es habitual, los aires del exterior tardan en asomar a España, pero finalmente llegan de la forma más brutal. Y ahora, los movimientos subterráneos han aflorado con la fuerza de un volcán, como corresponde a un país históricamente ciclotímico en lo político.

A ese proceso se le ha llamado el fin de bipartidismo, pero como casi siempre ocurre, mientras muere lo viejo, lo nuevo no acaba de nacer. Haciendo bueno el célebre aserto del 'gatopardismo': cambiar todo para que todo siga igual. Aunque con una herencia fatal. El problema de España ya no es saber quién ganará las elecciones, sino si el país podrá ser gobernado.

Un enigma histórico

No será fácil. Lo único que quedó claro tras el 28-A es que España, ese enigma histórico del que hablaba Sánchez Albornoz, se había quedado sin partidos bisagra. Justamente, ese papel que durante años interpretaron los nacionalistas catalanes en aras de 'fer país'. Y sin 'bisagras' y sin gobiernos de coalición, una anomalía en el contexto europeo, no hay nada que hacer.

Algún partido pudo haber tenido un papel destacado en una película de éxito, pero lo rechazó porque lo consideraba secundario. Había que ser protagonista. Y lo que es más significativo, su estrategia removió el espantajo de la bandera para ganar votos aprovechando la deslealtad del independentismo con la Constitución, precisamente, la misma que les reconoció sus instituciones. Y como siempre ocurre, salió de la madriguera esa España profunda —algunos lo han llamado la ira de las clases medias— que se mueve a golpe de elementos simbólicos no materiales y que desconfía de las élites. Capaz de rescatar de forma insensata la idea de la anti-España, tan cruel y dolorosa en la historia de nuestro país.

Sin duda, porque el caldo de cultivo existía. Y si no existía, era necesario azuzarlo desde el poder para fragmentar un poco más el mapa político hurgando en el pasado más trágico. ¿El resultado? Un país sin bisagras y sin cintura política que es víctima de la polarización política y de sus propios errores y desvaríos. Víctima de haber convertido la política en un espectáculo en el que lo único importante es ganar. Ganar a cualquier precio. Víctima de las radios de las mil colinas que hoy alimentan muchos medios de comunicación. En definitiva, víctima de sí mismo.

Mientras Tanto
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