Plácido Domingo, en la hoguera

El proceso de opinión pública, que no judicial, y la condena al artista llevan al disparate la cacería del cantante... y de Woody Allen

Foto: Plácido Domingo, en 2014. (Reuters)
Plácido Domingo, en 2014. (Reuters)

Plácido Domingo ha renunciado a la Ópera de Los Ángeles. No porque haya querido, sino por las condiciones irrespirables en que tendría que desempeñar la dirección de la compañía californiana entre presiones, suspicacias y movilizaciones 'espontáneas'. Le esperaban un boicot y un sabotaje similares a los que precipitaron su despedida del Metropolitan hace unos días. No volverá a cantar en Nueva York, ni es probable que lo haga nunca en Estados Unidos. Se le ha condenado a la muerte civil sin poderse defender. Y se le ha organizado un prosaico cordón sanitario que también lo condena como artista y que aspira a desterrarlo.

Se trata de un escarmiento parecido al que se ha administrado a Woody Allen. Representan casos muy distintos, entre otras razones porque las acusaciones que sacuden a Domingo son bastante más precarias de las que han comprometido la reputación de Allen, pero el cineasta y el cantante comparten la experiencia de haberse convertido en víctimas del akelarre oscurantista.

Los americanos tendrán que viajar a México o Canadá para ver la última película de Woody Allen. Y deberán trasladarse a Europa para escuchar al barítono. No porque haya más condescendencia en nuestro continente con las ovejas descarriadas, sino porque prevalece el concepto del garantismo y porque se matiza la diferencia entre la responsabilidad moral y la cualificación artística. No, un artista no está obligado a revestirse de modelo a imitar ni a desempeñar funciones ejemplares. Ya proliferan suficientes demagogos y los pedagogos. Lo que escasea es el ingenio de Woody Allen y el genio de Plácido Domingo.

La fertilidad creativa de ambos no los preserva de sus eventuales responsabilidades judiciales. Domingo no puede esconderse detrás de Rigoletto ni de Macbeth para sustraerse a sus 'fechorías'. El problema es que estas últimas no se han acreditado con elocuencia.

Confunden disparatada, extemporáneamente, al artista con la obra, de tal manera que tendrían que evacuarse del Met los cuadros de Caravaggio

No hay proceso judicial porque no hay delito, pero sí hay un proceso de escarmiento social y mediático que hubiera resultado inconcebible en un Estado de derecho. Tanto por la fragilidad de las acusaciones, casi todas anónimas, como por el quebrantamiento de las garantías. Domingo es acusado en la arena pública de un comportamiento impropio o inadecuado. O sea, una figura penalmente inexistente. Se le aplica la retroactividad. Se le imponen criterios morales contemporáneos para hacerle expiar el libertinaje que ejerció hace tres décadas.

No se le administra la prescripción de sus presuntas faltas. Ni tampoco se le concede la presunción de inocencia. Todo lo contrario, es él quien ha de aportar las pruebas exculpatorias. Ni siquiera se le concede tiempo para reunirlas, pues el mero revuelo mediático ha supuesto la represalia en los contratos, el blanqueo oportunista de las instituciones que lo ajustician, el oprobio de su reputación y la exhibición de su cabeza en el salón de trofeos del MeToo.

El castigo inducido a Domingo y el tabú territorial impuesto a Woody remarcan una desproporción entre la presunta culpa y la auténtica punición. Y confunden disparatada, extemporáneamente, al artista con la obra, de tal manera que tendrían que evacuarse del Metropolitan los cuadros de Caravaggio, proscribirse de las librerías las obras de Marlowe y llevar a la hoguera las partituras de Gesualdo, acaso con la música de fondo del Trovatore: “Di quella pira, l’orrendo foco”.

No es no
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