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Rubén Amón

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Sánchez: de la vergüenza a la chulería

El presidente del Gobierno se venga de sus propias fechorías, presume de la aberración del pacto con Bildu, frivoliza con las atrocidades y prepara el camino para que el encuentro con Puigdemont nos parezca emocionante

Foto: Pedro Sánchez, durante un acto del PSOE en Galicia este sábado. (Europa Press)
Pedro Sánchez, durante un acto del PSOE en Galicia este sábado. (Europa Press)
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No recuerdo en qué novela de Sándor Márai —puede que El último encuentro— el escritor húngaro alude a la perversión de la venganza. No cuando es la respuesta a una fechoría, la represalia del afrentado a la afrenta, sino cuando la venganza la ejerce el propio victimario.

Golpear y vengarse. Está sucediendo con el Gobierno de Sánchez y con el ardor que le demuestran sus costaleros. El pacto de la escoria que ha devuelto a Bildu la alcaldía de Pamplona ha sobrepasado el umbral de la vergüenza para convertirse en una expresión obscena de orgullo.

Ni se esconde ni se explica a los votantes con pudor. El ministro Puente enfatiza la connotación progresista de Bildu para jactarse del interés que implica desalojar a UPN de la alcaldía navarra. Podría haberse reconocido a los votantes que el pacto se congeló porque hubiera repercutido negativamente en el botín sanchista del 23-J, pero la prudencia especulativa de entonces se ha transformado en un ejercicio de opulencia política.

Fue un ingenuo Feijóo cuando interpretó que había un reservorio de ética en Ferraz. E hizo bien en facilitar la alcaldía socialista de Vitoria para evitar el Gobierno de Bildu, pero subestimó la ferocidad política de Sánchez.

Foto: Óscar Puente, ministro de Transportes. (Europa Press/Diego Radamés)

Nuestro presidente ya había diseñado los acuerdos más abyectos de la investidura. Lo que no hizo fue enseñarlos. Les puso un temporizador. Todo lo contrario de cuanto le sucedió al PP con Vox. En lugar de ralentizar los acuerdos autonómicos y municipales con la ultraderecha, Feijóo se avino a precipitarlos y cayó en la marmita que Sánchez le había preparado.

Marca el terreno Puente con la testosterona. Y concibe un discurso de vanagloria y descaro entre cuyos renglones torcidos pretende inculcarse en la opinión pública que el rasgo nuclear de Bildu no consiste en la relación letal con la memoria etarra, la independencia de Euskal Herria, el rechazo integrista de la Constitución o el supremacismo cavernario, sino en la conciencia social, la sensibilidad ecologista y la política de vivienda.

Foto: Pello Otxandiano (i) y Arnaldo Otegi en una imagen de archivo. (Europa Press/Unanue)

Es el perverso enfoque electoral —dulce por fuera, amargo por dentro— con que Bildu va a presentarse a las elecciones, aunque la máscara benefactora que ha proporcionado a Otegi el blanqueamiento del PSOE no desmiente los homenajes a los terroristas, la lucha por la amnistía, la intimidación a los españoles ni la ferocidad de las ambiciones maximalistas, incluidas la independencia y la defunción de la monarquía parlamentaria.

Sánchez está vengándose de sus propias atrocidades. O se las toma a cachondeo. Lo hizo en la presentación de Tierra firme. Y no solo trivializando la figura del observador salvadoreño o bromeando con el CIS, sino relamiéndose de la naturalidad con que las líneas rojas se han convertido en corredores verdes. El pudor hacia las concesiones innombrables ha degenerado en chulería. "Y qué pasa".

Acaba de empezar la legislatura. Y se han perpetrado toda suerte de atrocidades políticas, aunque la desvergüenza del patrón monclovense tiene pendiente exponerse al bochorno del abrazo con Puigdemont.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la presentación de su segundo libro, 'Tierra firme'. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)

No están los tiempos maduros —todavía— para sensibilizar a los compatriotas con semejante transgresión iconográfica. Lo demuestra la distancia que mantuvieron ambos en el Parlamento de Estrasburgo. Y lo prueba el cinismo con que Sánchez desmentía la expectativa de la cumbre bilateral.

Está claro que se producirá el encuentro cuando la rutinaria digestión del caso haya amaestrado a la sociedad y nos resulte fecundo, necesario, asistir a la réplica posmoderna de La rendición de Breda. Nos lo han demostrado los sapos elefantiásicos a los que nos somete la dieta sanchista, incluido un estupefaciente editorial de El País que alababa la iniciativa lucidísima de la amnistía como si fuera una genialidad urdida en la Moncloa.

Cuatro años tiene por delante Sánchez para gestionar la credulidad de sus votantes, la mansedumbre de los compatriotas y la resignación de la oposición, cuyo líder, Alberto Núñez Feijóo, no solo convive y cohabita con el mejor aliado del presidente del Gobierno (Vox), sino que ha convertido la calle en un territorio de resignación, de recurso emocional y de placebo electoral, como si el líder gallego quisiera recuperar en las manis —sucedió este domingo— todo el calor que dejó escapar en las urnas.

No recuerdo en qué novela de Sándor Márai —puede que El último encuentro— el escritor húngaro alude a la perversión de la venganza. No cuando es la respuesta a una fechoría, la represalia del afrentado a la afrenta, sino cuando la venganza la ejerce el propio victimario.

Pedro Sánchez
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