Un lúcido y oportuno ensayo de Violeta Serrano hace la autopsia de un movimiento que se malogró por imitar todo aquello que denunciaba y por haber subordinado el votante al aparato
Acto de refundación de las izquierdas en Madrid. (Europa Press/Ricardo Rubio)
El psicodrama de la ultraizquierda española ha concedido un valor providencial a la publicación de El desencanto de los revolucionarios(Espasa). Lo ha escrito la novelista Violeta Serrano, pero el tratado no pertenece al repertorio de sus obras de ficción, sino a la aventura fallida de la nueva política y al proceso de balcanización que caracteriza a los satélites desnortados del Partido Socialista. La suma de muchas debilidades no constituye una fuerza. Y la convocatoria estrafalaria de Gabriel Rufián se ha percibido como una ocurrencia performativa en el marasmo de la sopa de letras.
Sabe de lo que habla Violeta Serrano (Madrid, 1988) porque ella misma fue candidata de Sumar al Parlamento en la circunscripción de León. Y porque la represaliaron del proyecto con el trámite de una videollamada, aunque El desencanto de los revolucionarios no identifica un ejercicio de victimismo, sino un análisis y un diagnóstico resignados que nos remiten al efecto pendular del populismo. El problema no solo radica en que la izquierda de la izquierda parezca la santa compaña en su crisis de liderazgo, en sus problemas de representación, en su pulsión burócrata, sino en la pujanza feroz que ha adquirido la resaca justiciera de la ultraderecha.
Serrano describe los síntomas sutiles de una mutación atmosférica, la adaptación progresiva al mecanismo del poder que termina resultando más eficaz que cualquier adversario externo. La nueva política entra para alterar las reglas y aprende con rapidez sorprendente a jugar con ellas, asumiendo que dominar el tablero forma parte inequívoco de la transformación. "Cabalgar contradicciones", sostenía Pablo Iglesias en alusión a los vaivenes oportunistas del modelo.
El aprendizaje va dejando en el camino parte de la ligereza y de la nobleza que identificaba el proyecto en su fase embrionaria. Violeta Serrano observa cómo el movimiento acaba adquiriendo densidad orgánica, cómo la espontaneidad inicial se somete a la disciplina del engranaje y cómo la cohesión, entendida primero como entusiasmo compartido, se transforma en un régimen de exigencia interna.
El desacuerdo empieza a incomodar porque introduce incertidumbre en un espacio que necesita mostrarse compacto ante la fragilidad exterior. La política, que se presentaba como conversación ampliada, reduce su radio hacia dentro mientras mantiene intacto el lenguaje expansivo hacia fuera. Y esa tensión, sostenida en el tiempo, erosiona la credibilidad más que cualquier error puntual.
El ensayo reviste la virtud de anclar la reflexión en el territorio periférico, pongamos una provincia, León, cuyo pulso se marchita mientras los centros simbólicos concentran el debate y la pulsión jacobina. Desde ahí se percibe con claridad la distancia entre el relato que invoca a los olvidados y la práctica que continúa girando alrededor de los mismos nodos de poder. La representación se vuelve abstracta cuando pierde fricción con la experiencia concreta, y la abstracción, por muy bien formulada que resulte, termina generando una sensación de extrañeza que desmotiva la moral del votante.
La identidad política, nutrida en un principio de franqueza moral, se enfrenta entonces a las zonas grises que más incomodan. No es lo mismo pontificar que gobernar, ni es igual el idealismo que el pragmatismo. Lo entendió Santiago Abascal cuando ordenó la retirada preventiva de las autonomías y cuando abjuró del marco institucional.
El antagonismo, que articula la identidad y el fervor militante, se diluye cuando se negocia y se cede. La identidad entonces se crispa, se protege, se reafirma con mayor intensidad. De ahí las escisiones, las purificaciones sucesivas, la tentación de pensar que cada ruptura restituye una coherencia originaria que en realidad nunca fue tan compacta como la memoria quiere creer.
La convicción ética que impulsó el nacimiento del proyecto en el umbral entusiasta de11M puede endurecerse hasta volverse impermeable. La crítica interna pierde prestigio. La duda se asocia a debilidad. La superioridad moral se convierte en armadura. Y el efecto acumulativo produce una cultura organizativa que privilegia la cohesión formal frente a la integración real de sensibilidades distintas. La suma termina pareciendo una agregación frágil, especialmente cuando se disipa el interés común o cuando se definen los privilegios nacionalistas.
Violeta Serrano no dramatiza su salida ni se coloca en el centro del relato. Utiliza su experiencia y su fluidez narrativa como prisma para iluminar un fenómeno más amplio, es decir, la velocidad con la que una generación que aspiraba a reinventar la política se vio absorbida por la lógica del aparato. No hay resentimiento en el tono, sino una lucidez que incomoda precisamente porque carece de estridencia. La deriva que describe no responde a una caída espectacular, sino a una acumulación de ajustes tácticos que, vistos en conjunto, alteran el sentido original del proyecto.
El desencanto de los revolucionarios deja así la impresión de que la suma de debilidades no es un accidente sino la consecuencia de una arquitectura insuficiente para sostener la pluralidad que proclamaba. El ensayo no ofrece una consigna ni una convocatoria, sino un espejo deslucido por la gravedad del poder y por el desamparo de quienes creyeron en la conquista de los cielos.
El psicodrama de la ultraizquierda española ha concedido un valor providencial a la publicación de El desencanto de los revolucionarios(Espasa). Lo ha escrito la novelista Violeta Serrano, pero el tratado no pertenece al repertorio de sus obras de ficción, sino a la aventura fallida de la nueva política y al proceso de balcanización que caracteriza a los satélites desnortados del Partido Socialista. La suma de muchas debilidades no constituye una fuerza. Y la convocatoria estrafalaria de Gabriel Rufián se ha percibido como una ocurrencia performativa en el marasmo de la sopa de letras.