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Rubén Amón

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¿Cuánto tiempo puede secuestrar Netanyahu a Trump?

Los halagos del 'premier' al colega yanqui como "salvador del mundo" reflejan una habilidad estratégica de la que se vale Israel para acabar con Irán y sus satélites, siempre y cuando Donald no se canse ni lo hagan las encuestas

Foto: El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, con el presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters/Jonathan Ernst)
El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, con el presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters/Jonathan Ernst)
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Israel ha incitado esta guerra con una destreza que compagina la paciencia estratégica y la adulación al ego de Trump. No puede desquitarse Netanyahu de los ayatolás sin la cooperación del compadre yanqui, pero necesita revestirla de una dimensión planetaria. El pulso crónico entre el Estado judío y la República Islámica adopta así la solemnidad de una batalla por la civilización. Cuanto más local es el interés, más global resulta la coartada.

Netanyahu llevaba años aguardando una coyuntura similar. Irán debilitado por sus propias tensiones internas, el eje chií erosionado tras la devastación de Hamás y la presión constante sobre Hezbolá, la industria militar persa reconstruyéndose afanosamente. Faltaba el catalizador. Faltaba Estados Unidos. O mejor dicho, faltaba Donald Trump, cuya adhesión incondicional a las plegarias de Netanyahu sugiere la idea de un secuestro psicológico.

La habilidad del primer ministro israelí ha consistido en implicar al presidente norteamericano en un conflicto cuya repercusión trasciende el cálculo inmediato de Washington. Trump había prometido guerras cortas, quirúrgicas, con definiciones precisas. Cuatro o cinco semanas. Una operación impecable, una declaración de victoria y regreso a casa antes de que la opinión pública se impaciente. Netanyahu, en cambio, piensa en términos de décadas. O de supervivencia existencial. Su horizonte no se mide en encuestas, sino en mapas y en expansión.

Por eso el premier israelí ha envuelto su estrategia en un lenguaje que seduce al narcisismo de su aliado. No se trata de destruir centrifugadoras ni de frenar misiles balísticos que alcanzan 2.500 kilómetros. Se trata de salvar el mundo. Así lo formuló Bibi. Salvar el mundo. La frase halaga a Trump y al mismo tiempo lo compromete. Convertido en redentor planetario, el presidente difícilmente puede retirarse de sus injerencias sin parecer un desertor moral. Netanyahu entiende el poder de los símbolos. Y sabe que la vanidad resulta más eficaz que cualquier tratado al que pueda llegarse.

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La guerra adquiere entonces un disfraz casi bíblico. Israel combate por Occidente, por la estabilidad global, por la seguridad energética, por el equilibrio estratégico. Todo cabe en esa narrativa extensa. Pero el núcleo permanece inalterado. O sea, extinguir a los enemigos más peligrosos del Estado judío. Neutralizar definitivamente a Hezbolá. Desmantelar la red de milicias que orbitan en torno a Teherán. Y, si el temblor interno lo permite, propiciar un cambio de régimen que fracture el corazón teocrático iraní.

Israel ataca las comisarías del terror en Irán tratando de predisponer la insurrección de los reprimidos, igual que bombardea las posiciones de Hezbolá en Líbano desde hace meses con una constancia que erosiona y acostumbra. La hipótesis de una zona de seguridad en el sur libanés flota desde hace años en los temores de Beirut. La frontera como línea móvil. La defensa como expansión preventiva. El contexto geopolítico actual ofrece la cobertura perfecta para acelerar objetivos largamente acariciados.

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La operación encierra una paradoja: cuanto más ambiciosa la meta israelí, más imprescindible el respaldo estadounidense. Y cuanto más imprescindible el respaldo estadounidense, más inquietante la figura de Trump. Netanyahu ya conoció la volatilidad de su socio en la llamada Guerra de los Doce Días (junio de 2025).

Aquella retirada abrupta, aquel anuncio triunfalista de victoria cuando el trabajo quedaba a medias, dejó una cicatriz estratégica. Irán no cayó. Sus instalaciones nucleares subterráneas sobrevivieron en parte. Su arsenal de misiles se recompuso con sorprendente rapidez, entre otras razones porque China sufraga el régimen mucho más de cuanto pretende admitirse.

La duda, por tanto, no es militar. Es psicológica. ¿Puede fiarse Netanyahu de un presidente que gobierna a golpe de intuición y cálculo electoral? La guerra no es popular en EEUU -un 59% la rechaza- y va a serlo menos a medida que se prolongue. En otoño hay elecciones legislativas en Estados Unidos. El recuerdo de Irak y Afganistán aún pesa en la memoria colectiva. Las bajas americanas erosionan mandatos. La tentación de declarar misión cumplida y abandonar el escenario podría reaparecer en cualquier momento.

Foto: jamenei-iran-trump-guerra-israel-1hms Opinión

Netanyahu juega con ese riesgo como quien manipula una pieza de ajedrez inestable. Lo halaga, lo eleva a la categoría de "salvator mundi", lo invita a la foto épica, pero sabe que la lealtad de Trump no responde a alianzas eternas, sino a percepciones de éxito inmediato. Si el conflicto se enreda, si el estrecho de Ormuz se convierte en un polvorín, si las refinerías del Golfo arden y el precio del petróleo desestabiliza mercados, el cálculo político en Washington puede cambiar en cuestión de días.

Ahí radica el vértigo. Israel pretende prolongar el tiempo estratégico. Estados Unidos mide el tiempo electoral. Uno busca resolver una amenaza estructural. El otro evitar un desgaste doméstico. La guerra se presenta como defensa del orden mundial, pero en su núcleo late un ajuste de cuentas regional que Israel considera impostergable.

Netanyahu ha demostrado una capacidad extraordinaria para transformar la necesidad en oportunidad. Ha incitado el conflicto con habilidad, ha atrapado a su aliado en una narrativa grandilocuente y ha colocado sobre la mesa un desenlace que podría redibujar Oriente Próximo. Falta saber si el arquitecto de la estrategia puede confiar en el actor principal de su escenografía. Porque en esta guerra, tan decisiva como los misiles o las centrifugadoras, resulta la coherencia del hombre que prometió salvar el mundo y que mañana podría cansarse de hacerlo.

Israel ha incitado esta guerra con una destreza que compagina la paciencia estratégica y la adulación al ego de Trump. No puede desquitarse Netanyahu de los ayatolás sin la cooperación del compadre yanqui, pero necesita revestirla de una dimensión planetaria. El pulso crónico entre el Estado judío y la República Islámica adopta así la solemnidad de una batalla por la civilización. Cuanto más local es el interés, más global resulta la coartada.

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