El papel de Estados Unidos y Europa no pasa de servir de contrapeso, cada vez más ligero, a las decisiones políticas de China, India y otras economías emergentes del sudeste asiático
Vista de la factoría cántabra de Solvay en Torrelavega, que en 2027 dispondrá de la mayor planta de cogeneración eléctrica con biomasa de España. (EFE/Pedro Puente Hoyos)
Con nuestro habitual ombliguismo occidental, sucumbimos a la irremediable inclinación a pensar que la política energética y climática del mundo se dirimirá entre las elecciones americanas de noviembre y la mayor o menor inclinación hacia lo “verde” de la nueva Comisión Europea. Bendita ilusión. El papel de Estados Unidos y Europa no pasa de servir de contrapeso, cada vez más ligero, a las decisiones políticas de China, India y otras economías emergentes del sudeste asiático.
En 2023, el consumo mundial de energía primaria y las emisiones de CO₂ inherentes a dicho consumo crecieron un 2% y un 1,6% respectivamente, pero con un comportamiento muy diferente según los países.
Para poner estas cifras de crecimientos relativos en contexto, basta con indicar que el consumo de energía primaria chino casi duplica al de Estados Unidos o que las emisiones de China superan a las de Estados Unidos, la Unión Europea e India juntos. La III Sesión Plenaria del Comité Central del Partido Comunista chino, celebrada del 15 al 18 de julio pasados, es mucho más relevante, en términos de energía y emisiones, que nuestra futura Comisión Europea o que la inclinación de los votantes norteamericanos por republicanos o demócratas.
China consume el 56% del carbón que se consume en el mundo. Más del 60% de su electricidad se produce con carbón. En 2022, cada kilovatio hora generado en China supuso una emisión de 531 gramos de CO₂ a la atmósfera. Cada kilovatio hora producido en España supuso casi la mitad: 273 gramos de CO₂. Cada vez que importamos cualquier producto de China estamos importando emisiones. Es una reflexión relevante que Europa debería tener en cuenta si quiere adoptar políticas más proclives a la defensa de la competitividad de su industria.
Año tras año, se dice que el consumo de carbón ha alcanzado su máximo y que empezará a decrecer. En 2023, el carbón ha alcanzado un nuevo máximo histórico, de la mano de los incrementos de consumo en China (+4,7%) e India (+9,8%). Los importantes descensos relativos del consumo de carbón en Estados Unidos y la Unión Europea han moderado el crecimiento global hasta el 1,6%, pero el hecho es que la producción y el consumo del combustible fósil más contaminante siguen creciendo. Otro tanto puede decirse del petróleo, cuya producción en 2023 ha alcanzado, por primera vez los 100 millones de barriles diarios. El consumo, que incluye también los biocombustibles que se mezclan con la gasolina y el gasóleo, se ha situado también en una cifra récord: 103 millones de barriles diarios.
El gas es el único combustible fósil cuyo consumo se ha mantenido constante entre 2022 y 2023. La caída del consumo en la Unión Europea (-7,1%) compensa los incrementos de China e India. El consumo norteamericano ha experimentado una ligera subida. La reducción del consumo europeo se ha debido a una menor demanda para la generación eléctrica, a un invierno moderado y a la caída de la demanda industrial. La crisis del gas derivada de la guerra en Ucrania puede haber supuesto una deslocalización permanente de parte de la industria europea. Al final, petróleo, carbón y gas han supuesto en 2023 el 81,5% del consumo de energía primaria del mundo, apenas un 0,5% inferior a la participación que tenían en 2022. En los últimos diez años, la participación de los combustibles fósiles en el consumo de energía primaria se ha reducido a un ritmo del 0,43% anual. Incluso duplicando o triplicando este ritmo, en 2050 los combustibles fósiles representarán entre el 50 y el 60% del consumo de energía primaria mundial.
Esta predicción hecha a palmos coincide con las previsiones de distintos escenarios. Bloomberg trabaja con dos escenarios: emisiones netas cero en 2050 y un segundo escenario, denominado “Transición Económica”, en el que, en esencia, se invierte en aquellas tecnologías relacionadas con la transición energética que ofrecen una rentabilidad suficiente. En este segundo caso, los combustibles fósiles supondrían en 2050 el 58% del consumo de energía. Resultados similares ofrece el análisis de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) construido a partir de los compromisos anunciados por los diferentes países. Este escenario, denominado Announced Pledges Scenario, sitúa el porcentaje de combustibles fósiles en el 53%. La Energy Information Administration (EIA) de Estados Unidos, por su parte, considera una participación del 70% como la más factible. Por cierto, en este caso, una de las hipótesis de partida es que la población mundial superaría en 2050 los 9.500 millones de personas.
Estados Unidos, gane quien gane en noviembre, incluso si la victoria republicana supone la derogación de las ayudas públicas de la Inflation Reduction Act, seguirá reduciendo sus emisiones. Su creciente producción de gas gracias al fracking contribuye a la sustitución del carbón en la generación de electricidad. El bajo coste de la generación eléctrica renovable incide en la misma dirección.
La Unión Europea debe mantener su política de reducción de emisiones. Los costes para las economías europeas, sobre todo para las que están situadas en el sur del continente de una subida media de las temperaturas de 3 o 4ºC serían tremendamente gravosos. Pero es imprescindible también atemperar los deseos de marcar el paso al resto del mundo. Nuestras emisiones suponen el 7% de las emisiones mundiales. No podemos sacrificar la competitividad de nuestra industria. Guste o no, la transición energética solo será posible si se moviliza la inversión privada y esta se mueve si existe una expectativa razonable de obtener un retorno adecuado. Los objetivos de descarbonización de los diferentes sectores económicos estarán bien fijados si existen tecnologías que posibilitan su obligado cumplimiento a un coste razonable. Si no es el caso, estaremos poniendo el arado delante de los bueyes. Es necesario centrarse en lo posible antes de acometer lo deseable. Sobre todo, si nadie nos sigue.
Con nuestro habitual ombliguismo occidental, sucumbimos a la irremediable inclinación a pensar que la política energética y climática del mundo se dirimirá entre las elecciones americanas de noviembre y la mayor o menor inclinación hacia lo “verde” de la nueva Comisión Europea. Bendita ilusión. El papel de Estados Unidos y Europa no pasa de servir de contrapeso, cada vez más ligero, a las decisiones políticas de China, India y otras economías emergentes del sudeste asiático.