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Y luego dicen que por qué fracasa la izquierda

El debate en el lado zurdo del tablero está lanzado. Es la hora de ver qué se ha estropeado y cómo arregarlo. Pero la forma de abordarlo es muy torpe

Foto: La noche en que la fórmula se estropeó. (Efe)
La noche en que la fórmula se estropeó. (Efe)

Muchos lectores probablemente lo ignoren, pero la izquierda anda metida en un proceso de debate interno desde que comenzó a circular un reciente artículo de Víctor Lenore en el que se hacía eco de varias voces críticas con el entorno neoprogresista. El texto sirvió de espoleta y recibió tantos ataques furibundos como alabanzas.

El artículo llegó en el momento justo, y Lenore es un buen blanco para establecer la discusión a partir de la persona mucho más que de las ideas, por lo que era previsible que generase polémica. Pero el trasfondo es más profundo que la indignación ante un texto en concreto, y tiene bastante que ver con la crisis en que anda inmerso Podemos y con el desánimo que se ha generado en la izquierda española ante la falta de una alternativa política real y concreta en un instante difícil. Pero para entender qué se está moviendo, conviene recapitular.

“Sabemos tener éxito”

Cuando Podemos irrumpió, prometió algo que no tenía que ver con un modelo de España, con una idea clara de la economía o con una visión de futuro; creó notables expectativas por dirigirse a los suyos con unas palabras que llevaban mucho tiempo esperando oír: “Vamos a tener éxito”. Dado que su arranque fue espectacular y lograron pasar de la invisibilidad política a ocupar el centro del debate, se empezó a creer en sus líderes como las figuras que serían capaces, por fin, de ganarse a grandes capas de la población. Ese era el centro real de su discurso, y esa fue la fuerza que cohesionó a grupos políticos de posiciones dispares en torno a nuevos dirigentes.

El problema fue que sus reflexiones se centraron en la estrategia y apenas tocaban problemas reales (materiales o culturales) de la sociedad

La otra pata de su oferta fue una teoría con la que justificaban su posición, pero que en lugar de contener una visión sobre la sociedad y sobre nuestro futuro, desplegaba una serie de argumentos con los que reforzaban la idea de fondo, que ellos sí sabían triunfar. El problema es que todas sus reflexiones teóricas eran sobre estrategia, sobre cómo llegar a lo más alto, pero apenas sobre los problemas concretos de la sociedad. A eso le añadieron un cierto desprecio por sus predecesores, en plan “vosotros sois el pasado, retiraos, no comprendéis lo que está pasando y vais a permanecer siempre en el lado izquierdo y muy minoritario del tablero”. Eran jóvenes, eran listos y tenían la fórmula.

Su oferta principal, aquella que cohesionaba a grupos dispersos, era la promesa de triunfo. Cuando fracasaron, la magia desapareció

Y así fueron las cosas hasta que la promesa se rompió. Ocurrió exactamente la noche de las últimas elecciones generales, las segundas. No había más que echar un vistazo a la foto de familia para entender hasta qué punto la sensación de fracaso era grande, y lo más importante, cómo cada uno de ellos culpaba a los demás. Al día siguiente, publiqué un artículo titulado 'Por qué Podemos está muerto', en el que subrayaba que ya no tenían opciones como partido de mayorías, que fue criticado como propaganda derechista en esos sectores, y en el que hacía una apuesta de futuro que se ha ido cumpliendo. Pero era muy fácil de prever: cuando tu oferta principal, aquello que cohesiona a grupos dispersos, es la promesa de triunfo y fracasas, la magia se rompe. Entonces queda la materialidad del partido: facciones que se llevan entre mal y muy mal, problemas personales entre los líderes, un conjunto compuesto de formaciones que no están integradas en la tuya, como eran las confluencias, y una dinámica interna que no conducía a la reflexión general sino a la culpabilización ajena, cuando no a la purga. El futuro no podía ser bueno.

El futuro ya está aquí

Estamos en ese momento en el que el futuro les ha encontrado. Podemos se ha convertido en una IU fuerte, carece de peso en la política nacional y, peor aún, casi nadie en España confía en que pueda remontar el vuelo. Las elecciones catalanas han supuesto una constatación cruel de cuál es su lugar hoy. Y entonces llega el artículo de Lenore, que mete el dedo en el ojo justo cuando está más sensible.

Que alguien escribiera que habían fracasado sirvió para que lanzasen un debate que estaban deseando tener pero que no se atrevían a poner en marcha

Iglesias está encerrado con sus fieles, Errejón piensa que ha llegado la hora de tomar Madrid (hasta está convencido de que ganará las elecciones) y después el partido, e IU anda pensando si es mejor o peor ir de la mano de los primos a las próximas generales. Todos están reflexionando sobre qué hacer, y entienden urgente tejer nuevas estrategias que les permitan regresar a posiciones mejores. Eso en el lado más o menos amable; en el otro, está la lucha por situarse en las listas de las siguientes elecciones, algo que también condiciona los debates.

¿Y qué han hecho?

En este contexto, que alguien les diga que están fracasando, que hasta la derecha lo ha hecho mejor y que,de seguir así están condenados a permanecer en círculos minoritarios, ha servido para que iniciaran un debate que estaban deseando tener y que nadie se atrevía a proponer en público. No es extraño que la reacción más frecuente a los artículos citados fuera: “No tienen razón, pero...”.

Después de todo lo ocurrido, tienen los mismos debates que hace, dos, tres y cuatro años. Sus discusiones siguen tratando acerca de la estrategia

Pero una vez puestos a ello, han hecho dos cosas. La primera resultaba muy previsible, como era la de atacar a los mensajeros, en algunas ocasiones mediante alusiones gruesas, en otras mediante reprobaciones ideológicas; lo cual no deja de ser sorprendente, ya que la misma gente que contribuyó al fracaso venía a enmendar la plana a los críticos como si nada hubiera pasado.

Obreristas contra culturalistas

La segunda deriva es todavía peor, porque han oído lo que querían oír. Después de todo lo ocurrido, siguen manteniendo los mismos debates que antes (hace, dos, tres, cuatro años). Sus discusiones tratan acerca de la estrategia y no de los problemas comunes de los españoles. Los partidarios de las posturas obreristas se oponen a los culturalistas, otros insisten en que la clave es la estructura interna, que tiene que ser mucho más democrática y participativa para que la gente acuda en masa, y se enredan con discusiones sobre alta y baja cultura, sobre si los votantes de Trump fueron o no los obreros, o sobre si la culpa fue de Vistalegre I.

Cuando la realidad ha desmentido su fórmula, su manera de corregir el rumbo ha sido insistir en sus postulados y hacer más de lo mismo

Dicho de otro modo, cuando los resultados les han señalado que van por mal camino, se han cerrado sobre sí mismos; quien decía que la solución eran Laclau y Gramsci, ahora cree que todo se arregla con más Laclau y Gramsci; quien insistía en la necesidad de llegar a la clase trabajadora, ahora cree que no hay otra que ser mucho más obrerista; quien defendía un partido mucho más horizontal, cree que la única solución es quitar poder a los líderes y dárselo a las bases. Y así sucesivamente. Cuando la realidad les ha desmentido, su apuesta consiste en hacer más de lo mismo.

Otra mirada

Los resultados electorales y su apoyo social les han señalado que hay elementos fuera de su marco de pensamiento que deberían tener en cuenta, que es hora de que amplíen la mirada y de que tomen en consideración otras perspectivas y otras variables, porque las suyas no les han servido para lo que prometieron. Una de ellas sería entender qué revela sobre nuestras sociedades que Cs gane en Cataluña, Trump en EEUU, que Le Pen sea la segunda fuerza en Francia o que la derecha esté triunfando en toda Europa, y en esa dirección también iba el artículo de Lenore.

Algunos de estos debates no son más que ajustes de cuentas que reproducen a otra escala lo que se ha estado haciendo por arriba: culpar a los demás de que las cosas vayan mal

Hay muchos más cambios sobre los que reflexionar, pero no es la dirección que han elegido: prefieren discutir de nuevo entre ellos, aunque en esta ocasión lo hagan a través de personas interpuestas. En realidad, algunos de estos debates lanzados en la izquierda no son más que ajustes de cuentas que reproducen a otra escala lo que se ha estado haciendo por arriba: culpar a los demás de que las cosas vayan mal.

Posibilidades interesantes

Se pueden hacer muchas lecturas sobre por qué la izquierda está fracasando, pero sin duda esta es una de ellas, y no de las menores: esa ruptura de las posiciones comunes en circulitos privados, en pequeñas escuelas, que alejan a quienes no piensan como ellos, es un problema grave. Y con una derivada sustancial: que no les permite salirse del marco teórico en el que habitan. Discuten entre ellos, se entienden porque hablan una lengua común, que a menudo no es comprendida por el resto de la sociedad, se vuelven contra los de fuera, pero no son capaces de añadir nuevas ideas, de tomar en cuenta otras perspectivas o de replantearse sus ideas incluso cuando los hechos ofrecen motivos de duda.

¿Son estos los únicos debates que están produciéndose en la izquierda? Desde luego que no. Hay otros en los que participa gente con talento, que entiende que la situación no es la mejor y que es prioritario comenzar a pensar en el futuro. Que tienen vocación de encontrarse con los demás, de aprender de otros puntos de vista, de pensar fuera de su tradición, que prefieren lo común a las parcelas (las ideológicas y las territoriales). Algunas de estas aportaciones ya se han producido (y, por suerte, desde fuera de Madrid). Si estas voces son mayoritarias en el debate, y no las de las capillitas que creen tener la fórmula para salvar el mundo, se abrirán posibilidades mucho más interesantes para el futuro.

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