La prueba de fuego del PSOE

Desde Solana hasta Garrigues, parte de las élites insisten en que es necesario un nuevo contrato social para la UE. El problema es que, hasta ahora, han preferido romperlo

Foto: Macron y Sánchez, en la cumbre de la OTAN. (EFE)
Macron y Sánchez, en la cumbre de la OTAN. (EFE)

La necesidad de establecer un nuevo contrato social que garantice la estabilidad de las poblaciones está cada vez más presente en los discursos de las élites liberales occidentales. Parte del europeísmo defendido por Macron está conectado a la intención de dar forma a un nuevo Estado del bienestar para el siglo XXI. Javier Solana ha señalado algo similar en una entrevista en 'Ethic' realizada por Eduardo Madina, en la que afirma que “Europa necesita un nuevo contrato social”, e incluso parte de la élite española lo ha explicitado a través de las palabras de Garrigues Walker, que acaba de asegurar algo muy sensato: “Los no populistas tenemos la obligación de renovar el contrato social vigente durante decenios. De lo contrario, cada día habrá más Brexits, más Le Pen y más Trump”.

Garrigues tiene toda la razón. Si el mundo global quiere perdurar, la opción más pragmática es poner en marcha un nuevo contrato social que inmunice contra las tentaciones de la derecha populista, más autoritaria, que busca el refugio en las fronteras y que conviene especialmente a los EEUU de Trump, sin el impulso del cual no se podría entender el dextropopulismo. Hay un nuevo mapa geopolítico que esa derecha conservadora está ayudando a construir, y si las élites globales quieren seguir perdurando, deberían combatir al movimiento de resistencia principal en Occidente. Y nada mejor que hacerlo a partir de su origen: la debilidad material de buena parte de las poblaciones europeas afectadas por la globalización, de la que son las grandes perdedoras. Desde ese punto de vista, ofrecer mayor cohesión y menos desigualdad sería un movimiento estratégico imprescindible.

Acciones y no palabras

A ese mundo de la vieja socialdemocracia reconvertido al socialiberalismo y después al liberalismo, como Solana o Macron, hay que entenderlo en su justa medida; es decir, en función de sus acciones mucho más que de sus palabras. Llevan años diciendo que su objetivo es defender el Estado del bienestar y asegurar la prosperidad mientras toman medidas que van en sentido contrario: son este tipo de dirigentes los que han construido una Europa desigual. Con la cohesión de la UE ha pasado lo mismo: gentes como Felipe González llevan años afirmando que lo prioritario es conseguir una Unión más fuerte y lo que han provocado es un reparto de funciones en el que las clases adineradas del norte de Europa son las que sacan rédito a la situación mientras los países del sur y las capas medias y bajas se empobrecen. Y lo de Macron va en el sentido de repetir los errores del pasado.

Para Macron, hay que cambiar la vieja mentalidad francesa porque lo importante no es la de desigualdad de ingresos sino la de destino

Ante las críticas que han suscitado sus medidas al frente del Gobierno francés, Macron ha anunciado que su objetivo es reducir la desigualdad y que cuenta con un plan. El primer objetivo es “cambiar la vieja mentalidad francesa” de modo que los irreductibles galos entiendan que no hay que gastar más sino menos, ya que el gran problema “no es la desigualdad de ingreso sino la de destino”. No hay que centrarse en salarios y retribuciones sino en la diferencia de oportunidades, de modo que, como si estuviéramos en una versión política de 'Ratatouille', cualquier persona, sea cual sea su procedencia, tenga opciones de formarse adecuadamente y de progresar en su carrera profesional, incluso hasta lo más alto. El segundo gran aspecto de su política económica para reducir la desigualdad es recortar impuestos a las clases sociales con más recursos, porque “para poder compartir el pastel, primero necesitas un pastel".

El pastel crece

La historia de los últimos años: dicen que el objetivo es disminuir la desigualdad pero sus acciones van en el sentido de incrementarla

Esta peculiar ceguera, que es la de nuestro sistema, y en especial la de su izquierda, olvida dos cosas, a pesar de ser muy recientes. El BCE ha hecho crecer el pastel de las empresas vía 'quantitative easing', y nada de él ha ido a parar a la sociedad: se ha utilizado para fusiones y adquisiciones, para generar más concentración, para asentar balances o para retribuir a los accionistas. Nada para los demás. La segunda es que, precisamente por el efecto de este tipo de políticas, los trabajos decentes se están concentrando en aquellas capas sociales que, por gozar de recursos, pueden asegurar una formación y un red relacional a sus descendientes a través de las cuales acceder a los lugares clave.

Gracias por insistir

Frente a estos hechos, la política ha respondido identificando los problemas sociales y prometiendo ponerles solución. Pero una vez que los partidos llegan al Gobierno, la correspondencia entre lo que dicen que pretenden resolver y las medidas que toman es nula. En el campo material es evidente: aseguran que su objetivo será disminuir la desigualdad pero sus acciones van en el sentido de incrementarla. En esto han consistido las últimas décadas de Occidente. No es un mal exclusivo de la izquierda socialista, ha ocurrido igual con la derecha, pero al menos los liberales aznaristas afirmaban que la desigualdad no era un problema y que mientras las clases adineradas consiguieran recursos, toda la sociedad acabaría beneficiándose, un poco por arte de magia. En fin, lo mismo que asegura Macron.

En definitiva, incluso ahora que el enemigo está a las puertas, siguen haciendo lo mismo que en tiempos recientes, y toman decisiones muy similares a las que nos condujeron a la crisis económica, a la desigualdad y al populismo de derechas. Felicidades por insistir.

La prueba del algodón del PSOE no tiene que ver con si sacan a Franco de la tumba sino con saber a quién le van a cobrar la factura

Ahora le toca a la socialdemocracia de Pedro Sánchez demostrar en qué lado de la barrera se ha situado. La prueba del algodón es sencilla, y no tiene que ver con si sacan a Franco de la tumba, si prohíben los toros o si van a impulsar la igualdad de género, que en eso no van a enfrentarse a las élites globales, sino con el estrato social al que van a exigir los recursos necesarios para que nuestra sociedad funcione. Hay dos opciones: seguir cobrando impuestos indirectos a las clases trabajadoras y directos a las medias, y con lo conseguido pagar a los acreedores de la deuda y lo que quede repartirlo en el Estado del bienestar, o exigir a ese 10% de la sociedad que cada vez paga menos impuestos que cumpla con sus responsabilidades.

Cuando ha hecho falta dinero, se han recortado las prestaciones y se han subido los impuestos a las clases medias y a las de abajo

Tendremos que ver si hay un impuesto a la banca y a las grandes tecnológicas y en qué condiciones, si van a gravar las grandes herencias, si van a subir los salarios, si van a eliminar el impuesto al sol, si van a facilitar la subsistencia de las pequeñas empresas o si por el contrario seguimos con las inercias económicas de los últimos años y las clases medias y trabajadoras volveremos a pagar la factura. Hasta ahora, esta ha sido la dinámica principal: cuando ha hecho falta dinero, se han recortado las prestaciones del Estado del bienestar y se han subido los impuestos, por una vía u otra, a las capas intermedias y a las de abajo, como sucedió con el rescate bancario. Es probable que se quiera persistir en la idea, pero convendría tener en cuenta una advertencia: el Obamacare consistió en proveer de recursos sanitarios a parte de las capas bajas de la población con recursos detraídos de las medias bajas y medias que iban a parar a las empresas de salud, que podían ganar dinero incluso con quienes no lo tenían. El resultado de ese tipo de políticas se llama Trump.

En fin, estamos en un momento político clave, tanto para la UE como para Occidente. El deseo de Trump de romper las alianzas con sus aliados tradicionales y de convertirlos en meros subordinados añadirá más incertidumbre. Es el instante de tomar decisiones diferentes y la antigua socialdemocracia ha señalado un camino necesario. Ahora toca comprobar si harán como siempre, prometer una cosa y hacer la contraria, o si tendrán el valor suficiente como para afrontar de cara los grandes problemas de nuestra sociedad.

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