La pelea entre las élites de Madrid y Barcelona

Solemos analizar los problemas desde los aspectos coyunturales y personales, pero en las tensiones territoriales españoles hay factores de mayor importancia

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el 'president' de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el 'president' de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)
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Demasiado a menudo, analizamos los problemas y las fortalezas de un país fijándonos exclusivamente en la coyuntura y en sus detalles (o aún peor, en las características personales de sus actores) y olvidamos lo estructural, incluidas las dinámicas y tendencias históricas que atraviesan las naciones concretas.

En el caso español, es demasiado evidente. Llevamos muchos años entrampados con el problema territorial. La pelea constante entre regiones periféricas como País Vasco y Cataluña con Madrid ha gastado mucha energía y muchos recursos de la política nacional, así como de nuestro día a día. El 'procés' es el penúltimo coletazo de esa tendencia. Y esta semana hemos visto crecer otro foco de tensión, el grito de la España vacía, esas regiones interiores que protestan por su pérdida de presente y futuro, una reclamación que es probable que sea importante en un futuro cercano.

Ciudad de primera, país de segunda

Pero alejémonos un poco de las peleas diarias y tratemos ver el mapa general, que es habitualmente borrado de las discusiones. Lo definió bien hace más de seis años Boris Johnson, entonces alcalde de Londres, cuando exigía condiciones especiales para la capital británica. Es curioso leer hoy sus peticiones: Londres era una ciudad de primera en un país de segunda y por tanto debía funcionar con otras reglas, ya fuera en lo económico, porque otro régimen fiscal era preciso para mantener y atraer a las empresas, o en la mano de obra, porque necesitaba trabajadores cualificados para los sectores financiero, tecnológico, publicitario y de la moda, mientras que sobraban empleados poco preparados. Quizás esto sea similar a lo que vaya a poner en marcha en el Reino Unido: las paradojas del destino han llevado a un político que minusvaloraba su país a convertirse en su primer ministro. Hay más paradojas, pero las dejaremos para otro día, como la que ha convertido a un trotskista en líder de un partido independentista y más tarde en el líder de la ultraderecha italiana, que quiere salirse de la UE.

Así ocurrió en España: dos grandes ciudades absorbieron los recursos y los empleos mientras que muchos territorios iniciaron su declive

Lo que Johnson afirmaba con palabras un tanto gruesas es producto de una constante: en las últimas décadas, una serie de ciudades globales (Nueva York, Tokio, París, Fráncfort, Zúrich, Ámsterdam, Los Ángeles, Sídney o Hong Kong) han salido extraordinariamente beneficiadas, ya que se han convertido en los principales centros comerciales y financieros del mundo y han recogido para sí gran parte del capital, del talento y de las ventajas que traen las interconexiones veloces. Por eso reclamaban condiciones especiales. Según los expertos, esta tendencia se hará más profunda en los años próximos.

Al mismo tiempo, el resto de ciudades y las regiones de las periferias europeas perdían posibilidades de subsistencia. Las fábricas se marchaban, la agricultura y ganadería se contraían, las tiendas y pequeñas empresas iban desapareciendo y los asalariados con un nivel de vida aceptable disminuían.

Cuando los tiempos empeoraron, especialmente tras la crisis, la competencia entre Madrid y Barcelona se desató y creció el independentismo

Así ocurrió en España: dos grandes ciudades absorbieron los recursos, los empleos y la pujanza económica, mientras que muchos territorios iniciaron su declive; salvo las inversiones para reconvertirse en centros turísticos o los fondos para paliar los efectos de la desindustrialización, poca cosa les quedó.

Cooperación y enfrentamiento

Mientras que en otros países ese efecto de concentración se produjo en una sola urbe, en España las grandes beneficiadas fueron dos. Este es un hecho esencial porque, como suele ocurrir cuando dos rivales confluyen en el mismo espacio, pronto hubo un enfrentamiento por los recursos. En tiempos económicos mejores, ambas ciudades encontraron líneas de cooperación, a lo que ayudaron las sumas parlamentarias y los equilibrios de poder estatales, que permitieron a la segunda urbe obtener transferencias de la primera (algo de lo que también sacó mucho partido, y continúa haciéndolo, el País Vasco, otro de los territorios afortunados de España). En aquella época, las élites barcelonesas conformaban una suerte de nacionalismo responsable que ayudaba en el gobierno del Estado. Pero cuando los tiempos empeoraron y los recursos disminuyeron, especialmente tras la crisis, la competencia se desató y surgió un movimiento político cuyo objetivo era la separación de la segunda ciudad, Barcelona, de la primera ciudad, Madrid, y del país del que era capital.

En el independentismo hay sentimientos arraigados y empuje histórico, pero a menudo olvidamos que lo estructural tiene gran relevancia

Existen elementos identitarios que confluyen en estas reclamaciones, hay sentimientos arraigados y un empuje histórico, pero a menudo olvidamos que los movimientos estructurales suelen tener gran relevancia. Cuando dos grandes ciudades compiten por los recursos en una misma área de influencia, y más si se trata de un territorio que está perdiendo peso y relevancia internacional como es el nuestro, lo normal es que el enfrentamiento entre ambas se produzca.

Las ideas de las élites urbanas

El balance de fuerzas electoral también puede interpretarse en esa clave. Buena parte de las élites madrileñas quiso conservar el poder y los recursos apoyándose en el respaldo que le brindaban los territorios interiores, que estaban perdiendo pie y se sentían molestos con el exceso de transferencias de que gozaban los territorios más afortunados. El malestar con Cataluña en la España interior proviene principalmente de esa situación. Otra parte de las élites centrales se mostraba más proclive a compartir el poder y apostaba por ser más abierta y tolerante con las exigencias de los territorios afortunados, como Cataluña o País Vasco, que veían a Madrid como abrumadoramente acaparadora. Ese es el reparto actual de fuerzas que ha dado el gobierno al PSOE.

Se forjaron ideas políticas diseñadas para las clases medias altas de una y otra ciudad, que se enfrentaban manejando argumentos similares

Esta pelea también ha tenido derivas ideológicas. Los principales elementos discursivos que se han manejado en los últimos tiempos han sido producto de la mentalidad de las clases altas y medias altas de las dos grandes ciudades, y por eso abogaban por la modernidad, la innovación, la adaptación al cambio, la apertura y el crecimiento. Una variable insistía en el aspecto económico, y exigía a los perdedores (trabajadores o territorios) que se actualizasen, ya que el mercado exigía otro tipo de mentalidad y de oferta: tenían que reinventarse o asumir las consecuencias. La otra variable conservaba el marco, pero subrayaba los elementos culturales. Se forjaron así posturas políticas diseñadas para las clases medias altas urbanas de unos y otros lugares, que se enfrentaban manejando argumentos similares: ambas se acusaban de ser una rémora para el crecimiento y de suponer un obstáculo difícilmente salvable para conseguir una vida (y un país) mejor.

Los cambios ideológicos

En estos marcos de clases medias altas urbanas nos hemos movido, tanto en lo geográfico como en lo electoral o en lo cultural. Ese balance puede romperse si la España en declive comienza a tomar otras posiciones políticas, y lo que hemos visto esta semana es solo un apunte de lo posible. Puede girar a izquierda o derecha, puede conformar un movimiento que vaya en contra de Madrid, que afecte al Gobierno o que se vuelva contra los territorios periféricos más afortunados. Y desde luego, puede arrastrar a cambios ideológicos, como ya se ha apuntado.

Hay una tendencia global que privilegia unas pocas ciudades, y la forma de resolver el problema ha sido empujar los territorios a pelear entre ellos

Lo malo de todo esto es que se aprovechará instrumentalmente, a favor o en contra del Gobierno, a favor o en contra de nacionalismos diversos, a favor o en contra de unos partidos u otros, en lugar de repensarlo de manera unitaria. Las luchas territoriales han sido la manera falsa de salir de los dilemas que plantea esta tendencia general que conduce a la desorganización social, a la falta de cohesión y a las grandes diferencias entre lugares. Esto, que es evidente entre clases, también lo es en las regiones. El camino de salida, obvio, requiere de una visión integral, comprehensiva, que no se limite a enfrentar a un territorio con otro, sino que combata los problemas estructurales de manera efectiva. Hace falta una mirada profunda, que perciba lo que nos está sobrevolando, a partir de la cual se aporten soluciones concretas que piensen en el todo en lugar de en la parte.

La cuestión es que hay una tendencia global que privilegia unas cuantas ciudades y sus zonas de influencia en detrimento del resto, y la forma de resolver el problema, inaugurada por Trump y el Brexit, es no tocar lo estructural y empujar los territorios a pelear entre sí. Estas son las dos opciones políticas, en realidad, que están dominando el mundo. España es un microcosmos.

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