Que cada cual se busque la vida: la encrucijada económica del coronavirus

El más sincero, pero no el único, ha sido Boris Johnson: entre la economía y la salud, eligió la primera. Puede ser de otra forma, y la crisis debería ser el momento de inflexión

Foto: Cierre de los comercios. (EFE)
Cierre de los comercios. (EFE)
Adelantado en

Hay dos emergencias en esta crisis, una sanitaria y otra económica, y Boris Johnson ha sido crudamente sincero sobre cuál es la prioritaria. La rueda de prensa del pasado jueves, cuando afirmó desde el Número 10 que “muchas familias van a perder a sus seres queridos antes de tiempo”, subrayó cuál será la principal acción política de su país frente al Covid-19: todos los negocios abiertos, que los ciudadanos se laven las manos y que haya suerte.

Esta perspectiva no es inusual en las crisis. Boris Johnson la argumenta desde una posición técnica, pero tiene una lógica bien conocida: es una guerra y en las guerras lo importante es ganarlas, las bajas son secundarias. En ellas hay muertos, sacrificios, dramas personales, pero lo que importa es que el país emerja tras ella vencedor. Además, en este caso, Johnson sabe que no le va a afectar, ni a él ni a los de su clase: si sufren la enfermedad, tendrán remedios a su disposición para curarla y todo quedará en un par de semanas de reposo. Para mucha otra gente no, pero así son las guerras.

España se rompe

Podemos calificar como queramos la postura de Johnson, pero está claro que es sincera: salvar la economía es lo que importa. Johnson, el populista de derechas, ha apostado por decirlo a voz en grito. Sin embargo, también el resto de Occidente ha priorizado la economía, aunque por caminos distintos, y en esa lógica de ganadores y perdedores pueden encajarse los sacrificios que tuvieron que hacer los griegos, y buena parte de las poblaciones europeas, especialmente las del sur, en la crisis de 2008.

Habrá mucha gente que, cuando esto pase, se encontrará con la realidad de los negocios cerrados y del paro; y eso es lo que se debe evitar

En lo que respecta a España y a este momento concreto, hay bastante discusión sobre qué hacer económicamente. La demora en la declaración del estado de alarma, instigada por Nadia Calviño, fue una muestra de esta tensión. Calviño sabía de los perjuicios para la economía y pretendía retrasarlo al máximo. No olvidemos que España está viviendo ya momentos económicos muy complicados. A gran escala, las empresas del Ibex están enormemente fragilizadas y a tiro de opa después de la guerra de las bolsas en estos días, y con los fondos bajistas estadounidenses, como Bridgewater (el de Ray Dalio, el de esos principios tan bonitos), hundiendo los dientes en la presa débil. Pero será peor para la mediana y la pequeña empresa, muchas de ellas ya presionadas, que tendrán que sufrir las consecuencias de esta cuarentena y además tendrán complicado recobrarse tras ella, y para muchos trabajadores, que sufrirán despidos de ajuste y tiempos difíciles. La situación española exige una acción decidida.

El equilibrio imposible

En este escenario, hay que tomar dos decisiones. La primera, la más importante y urgente, cómo parar esta crisis sanitaria, exige medios, criterios técnicos, colaboración ciudadana y liderazgo político; la segunda, qué hacer para que no se hunda económicamente el país, implica mucho de lo anterior y altura de miras. Hasta ahora, se está haciendo un equilibrio para gastar lo necesario para atajar la pandemia y ayudar a la economía y a la población sin provocar un endeudamiento excesivo de España; se trata de invertir lo suficiente, pero sin dañar mucho la senda del ajuste presupuestario y sin incrementar demasiado el déficit. Y se hace desde una perspectiva peculiar, la de pensar que, como hacen Calviño y el BCE, como todo se recuperará pronto, si mantenemos la cabeza fría ahora con el gasto, en unos meses todo se habrá estabilizado. Lo malo es que es difícil que sea así, esa perspectiva tiene más de deseo que de certeza, y habrá mucha gente que, cuando esto pase, se encontrará con la realidad de los negocios cerrados y del paro.

Los países más grandes protegen sus fronteras y sus intereses, y el mensaje que trasladan es fácil de entender: que cada cual se busque la vida

Hay otra opción, al margen de esta y de la de Johnson. Alemania ha optado por gastar, por desplegar muchas y amplias medidas para evitar que el sufrimiento económico sea grande, y para conseguir que, una vez que el coronavirus se controle, su economía despegue rápido. Pero, avisa, eso lo pueden hacer ellos porque cuentan con remanente, mientras que Italia y España no están en esa situación.

La ruptura por arriba

Por decirlo con otras palabras, en una situación de crisis europea, Alemania ha dado un paso adelante más: en la crisis de 2008 pensó únicamente en la estabilidad de una eurozona cuya arquitectura le convenía; ahora ha pensado solo en sí misma, como lo han hecho el Reino Unido o EEUU. El virus está acelerando la quiebra de la globalización a través de una ruptura articulada por arriba. Los países más grandes están protegiendo sus fronteras y sus intereses, y el mensaje que trasladan es fácil de entender: que cada uno se busque la vida.

Si gastamos es peligroso y si no lo hacemos, catastrófico: parece que España está en una situación sin salida. No es así

España está en mala situación, se mire por donde se mire: si invierte mucho dinero público ahora, los efectos podrían ser similares a los de solicitar un rescate; si cruzamos la línea, estaríamos moviéndonos en terreno muy peligroso. Y si no gastamos, las consecuencias pueden ser catastróficas. Parece una situación sin salida, y algo de eso se discutió en el último Consejo de Ministros.

Un momento excepcional

Pero hay una vía de solución que no puede pasarse por alto: bastaría con que la UE y el BCE hicieran con España lo mismo que Alemania ha hecho para sí y adoptasen otras políticas económicas que nos permitan salir de la crisis, reactivar la economía y mejorar la situación de las pequeñas empresas y de los trabajadores. Hay espacio y recorrido para otras políticas económicas y, en momentos excepcionales, como lo es este para Europa, y no solo para España, jugar las cartas de una manera diferente resulta indispensable.

El descontento en Italia es enorme y cuando acabe la cuarentena nos encontraremos con un país políticamente transformado

Alemania y los países del norte parecen pensar que quizá los españoles tengamos crisis, pero a ellos les irá bien. No es cierto. Esto es acumulativo. Tenemos ya la experiencia de la crisis de 2008. El problema de estas decisiones es que van a generar mucha tensión entre las poblaciones, pero también en el sistema mismo. El riesgo de que Italia quiera romper con la UE se ha multiplicado, y el descontento es enorme en un país en cuarentena; cuando todo esto acabe, saldrá transformado políticamente. Y en Francia ocurrirá algo muy similar, máxime cuando hay una animadversión fuerte contra Europa. El deseo de tener un país mucho más fuerte, más sólido, estratégicamente mejor preparado y más pendiente de sus nacionales va a aumentar en todas partes. Una acción europea decidida en lo económico convertiría el problema en una solución, y la legitimidad del sistema actual aumentaría. Si no es así, el 'statu quo' actual se fragilizará enormemente, China será la vencedora de esta confrontación larvada y Europa empezará a fragmentarse insistentemente: Italia es solo el comienzo.

Cada uno a lo suyo

Pero para que eso ocurra, para que todo comience a solucionarse, necesitamos opciones políticas a la altura. En Europa no lo están, con una mentalidad perdida en el pasado, y en España menos. Nuestra derecha es tremendamente pobre, y lo único que ha hecho, en lugar de arrimar el hombro, es hablar de comunistas y de bolivarianos y tratar de minar a Sánchez. El PSOE de Calviño ha adoptado la ortodoxia existente, que es inoperativa y dañina en momentos como este. Podemos es una fuerza subordinada, sin capacidad estratégica alguna, y por eso se pierde en momentos tácticos. Y, de fondo, los nacionalistas enredados en absurdas lógicas identitarias, con partidos independentistas mostrando un egoísmo cruel.

Cabe concluir que un sistema que no funciona en los malos momentos, que es cuando hace falta, no funciona en absoluto

El sistema económico, tal y como está planteado, necesita soluciones integrales. No valen parches que mitiguen paliativamente, porque los tendremos que pagar en el futuro. Por explicarlo más claramente: las situaciones de necesidad suelen ser fuente de negocio, y por eso existen prestamistas que entregan capital a cambio de intereses elevados y fondos que compran bienes y acciones a precios muy baratos tras las crisis. España está en uno de esos momentos, de modo que la solución no es pedir más dinero, sino cambiar las cosas para que las situaciones de debilidad no sean la fuente de riqueza de otros. Lo que necesitamos son soluciones integrales, cambiar las lógicas con las que opera este sistema económico, al que estamos sujetos con Europa; esta crisis es el momento para reconstruir las bases de este sistema y que funcione para todos. No es tan difícil ni tan drástico: sin ir más lejos, el capitalismo se reinventó con Roosevelt hace 90 años para que los ciudadanos tuvieran una existencia digna y un nivel de vida mayor. Es posible, basta con voluntad política y altura de miras, y la UE tiene instrumentos en sus manos para llevarlo a cabo. Es una necesidad, porque cabe concluir que un sistema que no funciona en los malos momentos, que es cuando hace falta, no funciona en absoluto.

Se puede optar por seguir el mismo camino, pero en la época del virus, si eso es lo que se va a hacer, resultaría mucho más honesto explicitarlo, estilo Johnson: buena suerte y que sobreviva económicamente quien pueda.

Postpolítica
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
22 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios