De dónde viene este enfrentamiento entre Podemos y el PSOE

No hay grandes conflictos ideológicos entre los socialistas y sus socios de gobierno. En UP, no hacen más que repetir la táctica que mejor conocen y que tan bien les funcionó

Foto: La ministra de Igualdad, Irene Montero, este martes en el Senado. (EFE)
La ministra de Igualdad, Irene Montero, este martes en el Senado. (EFE)

Los últimos problemas de Podemos con el PSOE son más una cuestión de ADN que de ideología. Los de Iglesias siempre han sido así, crecieron y se mantuvieron gracias a esos genes políticos, y, lo que es peor, les han resultado útiles, con lo que es difícil que renuncien ahora a ellos.

Un tuit redactado a raíz del escrache a Iglesias en el acto universitario con García Linera sintetiza el lugar del que provienen. Encima de la foto de un joven gritando al vicepresidente, aparece este texto: “Dos meses más tarde, uno de estos jóvenes comienza a ir de tertuliano a teles fachas. Dos años después, funda un partido y acusa: algunos están muy cómodos en el 15% y siendo subalternos del PSOE”.

Llegar lejos

La ironía es pertinente en este caso, porque Podemos siempre ha jugado un papel reactivo, aunque desde una perspectiva peculiar. Cuando emergió, su superioridad no era moral, no estábamos ante guardianes de una verdad revelada que afearan a los demás haberse separado de las esencias; lo que les reprochaban era haberse convertido en fuerzas irrelevantes. Algo así como “estáis en la esquina del tablero político y os habéis conformado con eso; nosotros tenemos la voluntad y el conocimiento para llegar mucho más lejos”.

Su superioridad no provenía de la sensación de que sus ideas fueran mejores, sino de que tendrían éxito

Podemos creció gracias a que transmitió la sensación a su espectro político de que ellos eran el futuro, que tenían la juventud y el talento precisos para ser una fuerza relevante e incluso para llegar a gobernar. Su superioridad no provenía de la sensación de que sus ideas fueran mejores que las de sus antecesores, sino de que estos habían agotado el recorrido de su proyecto. Los de Iglesias eran una formación permanentemente táctica en una época que ya era puro tacticismo, y por tanto su elemento de convicción funcionaba mejor cuanto más viejos y limitados retrataba a sus competidores. Ambas cosas se transmitían a la vez; por una parte, se subrayaba el éxito que esperaba al final del camino; por otra, se afeaba sistemáticamente a las otras fuerzas lo atrasadas que se habían quedado. Podemos mezclaba superioridad y recriminación a partes iguales.

La nueva clase obrera

Esto era claro en el lado de la izquierda: eran gente que seguía manejando los estereotipos de la época fordista, de las familias en las que el hombre acudía a la fábrica y la mujer se quedaba en casa. Esa clase obrera de la que tanto hablaban había desaparecido, la sociedad era ahora feminista, ecologista, proinmigración y proLGTBI, y el trabajo ya no era el centro de la vida; por tanto, las nuevas fuerzas sociales, las que les iban a apoyar, eran los jóvenes y las mujeres.

Había gente en dificultades que no merecía ninguna defensa, ya que eran clase media aspiracional y, por tanto, fascistas potenciales

Esto generaba bastantes problemas de encaje con la sociedad. No solo porque las discusiones teóricas a las que tan dados eran resultasen difícilmente comprensibles para una gran mayoría, sino porque no sabían en qué sociedad vivían, y ni siquiera conocían bien el capitalismo que tanto les molestaba. Una vez más, el ejemplo de la clase obrera es representativo, ya que no eliminaron el concepto, sino que lo redefinieron: y pasó a ser una capa social conformada por los inmigrantes, las personas excluidas por su opción sexual o por su raza, las mujeres precarias y, por supuesto, ellos mismos, los jóvenes universitarios. Incluso hubo un tiempo en que los 'ninis', después llamados 'chavs', se convirtieron en la esperanza de esa izquierda.

El clasemedianismo

En eso consistía la clase obrera real, todo lo demás era clasemedianismo y nostalgia obrerista un tanto machista. Es verdad que el mundo iba por otro lado, pero no afectaba a su discurso. Trabajadores del sector servicios, autónomos, empleados y pequeños empresarios del campo, obreros de la construcción, dueños de pequeñas tiendas, trabajadores titulados con salarios escasos, entre otros colectivos, lo estaban pasando bastante mal, y más tras la crisis, pero esos no eran gente que mereciese una defensa, ya que en el fondo no eran más que clase media aspiracional, y por tanto potenciales fascistas. Como todos aquellos que no estaban de acuerdo con su definición, por otra parte.

Si alguien les criticaba, siempre estaban disponibles calificativos como machista, señoro, franquista, xenófobo o negacionista

Después llegó esa lenta caída en la que están inmersos, cuando empezaron a perder aceptación electoral y a tener cifras cada vez más bajas en las encuestas. Una formación táctica modifica su ideología en función del escenario, y así ocurrió con Podemos. Ya no era momento de ganar, sino de sobrevivir: cambiaron de confrontación (ya no peleaban contra el sistema sino contra el fascismo, especialmente contra Vox), redujeron el partido a los fieles y establecieron nuevos lazos con aquella IU a la que criticaban, ahora convertida en izquierda multicolor. No era cuestión de ideología sino de pragmatismo, y las alianzas entre Iglesias y Enrique Santiago están marcadas a fuego por esta visión: del mismo modo que antes la única opción era Podemos si se quería llegar lejos, ahora lo es para subsistir. De modo que se convirtieron en una formación antifascista y abrazaron el poder de lo juvenil, del feminismo y del ecologismo como la propuesta reformista de futuro. Y si alguien les criticaba, siempre estaban disponibles calificativos como machista, señoro, franquista, xenófobo o negacionista. De nuevo la superioridad pragmática y el ataque personal como aspectos tácticos.

En el Gobierno, lo mismo

Ahora están en el Gobierno, pero no ha cambiado nada en ese sentido, y de ahí surgen los problemas. El enfrentamiento sobre el proyecto de ley de libertad sexual es exactamente esto: un aire de superioridad, de ser más feminista que nadie, exhibido por la ministra y sus colaboradoras, y las habituales alusiones a lo personal en las críticas: “Discrepar duro es bien. Tratar a mujeres adultas como menores de edad es mal. De ese machismo también se sale, tú puedes”, como decía Amanda Meyer, o Pablo Iglesias tildando de machista al ministro de Justicia o Echenique recordándonos que “cuando las mujeres redactan una ley, viene un machote a decir: 'Yo te explico cómo hay que hacer las cosas”. En fin, el tipo de tácticas que han utilizado a lo largo de su vida y de las que también se han beneficiado algunas figuras públicas (tuiteros incluidos) que han crecido a su alrededor.

Quizá sea el signo de los tiempos y no haya espacio para fuerzas políticas que tengan una visión clara y estratégica, que sepan leer las contradicciones de la época, que sean conscientes de la forma en que se están articulando las clases, que conozcan la sociedad en la que viven, cuáles son sus problemas y dónde pulsar para transformarla. Cuando se renuncia a todo esto y se sustituye por el tacticismo y la confrontación permanente, la política deja de tener sentido, por más que se saque provecho de ella. Quizá sea así, pero creo que los tiempos ideológicos están cambiando y que toda esta política carente de sustancia lo va a tener bastante difícil para sobrevivir.

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